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Fitaz 2018, final feliz: el teatro es más grande que nosotros

Esta es la segunda parte de la bitácora del Festival Internacional de Teatro de La Paz. Una edición que fue de menos a más, en público y calidad, que vio la buena salud del teatro cruceño.

Fitaz 2018, final feliz.

Fitaz 2018, final feliz.

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

01:00 / 16 de mayo de 2018

Día siete: Un ‘lustra’ encantador y una Evita histérica

El miércoles que parecía lunes (tras el feriado del martes trabajador) fue otro día de ventura. El Teatro Municipal vio cómo una pequeña “lustra” llamada Betún (como la obra del grupo italiano Teatro Strapatto) encantó a todos los espectadores. Al final, los dos geniales protagonistas (la italiana Cecilia Scrittore y el venezolano Vene Vieitez) invitaron a pasar por el escenario y dejar mensajes escritos en el libro que portan con ellos desde el estreno de la obra en el Festival de Avignon (Francia) hace dos años.

Entonces, el “hechizo” hizo que se formara una gran cola de pacientes minutos mientras la pareja recibía afecto, abrazos, cariño y felicitaciones por doquier. ¿Cómo operó el embrujo de Betún? Fue sin palabras, fue con máscaras, fue con una fábula de las mil y una noches. Lo peor de las personas en situación de calle es que nadie las ve, nadie las mira; no las vemos, no las miramos. “¿Por peligro?”, pregunta Vene. “Sí”, responde: “es peligroso saber que existen”.

Betún se pone la careta para quitarnos nuestra máscara hipócrita, calla y grita en silencio para despertar nuestra conciencia silenciada. El trabajo de investigación con niños de la calle en Bolivia, el diseño de luces y sonidos, el laburo corporal de ambos, las poderosas imágenes construidas, la música (un personaje más), la constante interpelación y juego con el público (una espectadora fue llevada hasta el escenario) y la sensibilidad a flor de pie son los ingredientes vitales de esta pócima mágica, en forma de máscaras, que seduce y encanta, que concibe al teatro como una herramienta social de cambio. Betún es honestidad y compromiso.

Tras esa alegría llegó otra: ver el Teatro de Cámara a rebosar. ¿Será que la clave para recuperar público es simplemente ofreciendo buenas obras? Eva Perón de Otero Moreno Teatro, bajo la dirección de Ubaldo Nállar, demostró otra vez que el mejor teatro se hace desde Santa Cruz, que el secreto son elencos fijos, temporadas, escenarios, buena materia prima actoral, textos de calidad, apoyos… y público.

La obra basada en el famoso escrito del argentino Raúl ‘Copi’ Damonte de 1970 rompe barreras (los papeles femeninos son interpretados por hombres) y pone al desnudo la decadencia del poder. Es provocación y acidez pura. Y los actores no decepcionan: el español (de Ponferrada) Marcos Vecín, los bolivianos Alejandro Amores del Río y Jorge Fabián Duabyakosky y especialmente el uruguayo-boliviano Diego Cowks sosteniendo la obra y regalando —en un “tour de force” admirable— una Evita extraña, sacada, antojadiza, despótica, miedosa, triste, histérica, como el mismísimo poder.

Día nueve: Pero algún día el sol brillará

Un niño escribe una lista de cosas maravillosas, como conjuro contra la soledad y la falta de ganas de vivir (de su madre). Quiere llegar a mil y va a llegar a un millón. Cosas maravillosas llegó al Municipal y lo llenó con un unipersonal del actor uruguayo Juan Luis Granato, bajo la dirección de Eduardo Cervieri y texto del inglés Duncan Macmillan. En el escenario, en semicírculo están 17 espectadores, al azar, interpretando diferentes roles (el padre, el veterinario, la maestra de escuela, la novia del narrador…). En la platea, también están atrincherados otros “actores” espontáneos, con sus líneas. Delante, Granato y sus grandes habilidades de comediante de “stand up”. Detrás, la historia más divertida sobre el suicidio más triste.

Es 1987 y ese niño tiene siete años y su madre no quiere vivir más. Entonces el niño comienza a escribir una lista de todas las cosas maravillosas de este mundo, esas cosas por las que vale la pena vivir. La mamá las lee y corrige la ortografía. El niño crece y la lista, también. Conoce a una chica (una de las espectadoras arriba sobre el escenario) y se casan. Llega la rutina, llegan las discusiones. La lista tampoco hace milagros. Y los suicidios (especialmente de gente famosa) comienzan a ser contagiosos. Es el “efecto Werther”. Entonces, el actor repasa las trece reglas (para los medios) para evitar esos contagios y sigue con su lista, que no hace milagros.

A estas alturas, la obra es regocijante, hilarante y estremecedora por igual; con la participación de todo el “elenco”, divierte y te hace pensar (la dupla perfecta del teatro). Con el padre y sus vinilos de “soul”, la lista crece y crece, desde los helados de la infancia y un piano en la cocina hasta dormir con la persona que amas y el sexo (9.999). Otra más en la lista: escuchar discos y apreciar sus tapas, leer las historias de la contra y no saltarte canciones como hacemos ahora.

El hijo de una madre depresiva o en riesgo de suicidio también hereda esa tentación, ese stress, a través de cambios químicos en su cerebro. ¿De dónde sacan entonces las ganas de vivir?, ¿por qué hay tanto genio torturado y suicidado?, ¿es mejor ser mediocre?, ¿somos felices cuando somos niños?, ¿de mayores podemos permitirnos estar siempre felices?

Al niño ya adulto, la lista de cosas maravillosas le hace ver el mundo diferente, le salva. A su madre, no. La línea última de la lista, la número un millón dice así: escuchar un disco por primera vez, bajar la púa, sentarse a escuchar en tu cuarto, leer los comentarios de la contraportada. Entonces suena Into each life some rain must fall (en cada vida debe caer algo de lluvia) de Ella Fitzgerald. Telón. La platea aplaude y festeja, se pone de pie, abraza a Granato (una de sus cosas maravillosas) y la canción sigue: “pero algún día el sol brillará”. Voy a comenzar mi propia lista, parece que funciona. Una: ver los teatros llenos de público, con dos por uno, con lo que sea, con obras lindas que te hagan pensar, repensar, reír, enmudecerte, entristecerte, alegrarte.

Minutos después, en el Teatro de Cámara, otro unipersonal, otra sobre soledades. La obra se llama La mujer del don y la pone en escena, desde el Paraguay, la actriz argentina Carmen Briano, bajo la dirección y texto de Guillermo Hermida. Es el monólogo de una bruja feliz, una vidente que hereda el talento de su madre y de su abuela, una bruja poderosa, magnética. En el escenario, casi nada: un círculo de sal y adentro, una silla y velas encendidas para asustar a doña soledad que jamás te suelta la mano. La bruja crece, vive, goza, viaja, se enamora, se frustra y se da cuenta de que la mayor de las soledades es esa que se siente y se palpa cuando una está rodeada de mucha gente. La condenada soledad sabe esperar, es una buena contrincante. La bruja ha llorado y ha sufrido en lenta agonía, en coreografía piadosa para darse cuenta de que con su don de sanar, curar y aliviar llegó también la bendita y constante soledad, para quedarse, para ser su fiel compañera de vida.

Día diez: Las Kory Warmis y ‘Piti’ Camp os, grandes y nuestras 

La connotada actriz de cine y teatro Erika Andia dirige (también) teatro de mujeres. Va por su segundo grupo. El último se hace llamar las Kory Warmis (mujeres de oro). Estrenaron el año pasado su segunda obra (Deja vu) en la Casa de la Cultura y luego iniciaron un recorrido por los barrios paceños. El “premio” llegó en el Fitaz: subirse al Teatro Municipal en el último sábado del festival (que no es poco).

Las Kory Warmis son una docena de mujeres alteñas y paceñas (algunas, gremialistas de pollera) que hacen teatro por pura afición (algunas, después de cerrar el puestito y escapar a los ensayos); un teatro necesario y cuando éste lo es, no hay nada más necesario.

Deja vu es la respuesta brillante a esa sempiterna polémica entre teatro popular y teatro “contemporáneo”. Erika Andia, colaborada en esta segunda obra por Freddy Chipana, ha resuelto el entuerto: las “mujeres de oro” juegan, van y vienen, entran y salen, se divierten y conciencian, desdramatizan esos absurdos abismos, tejen.

Números musicales, sketches, morenadas, gags visuales, coros griegos, ruecas, un cuidado texto y humor junto a recursos y metáforas “modernas” (marca de la casa Chipana, apelando siempre a las poderosas imágenes) seducen con rigor y corazón. Y emocionan con un mensaje de esperanza frente a la violencia naturalizada (contra el débil, contra el otro), ese ovillo de lana que nos enreda y duele. Larga vida a la familia de las Kory Warmis que tantas veces se cayeron, que tantas veces se levantaron.

A continuación, como en una especie de antiguo programa doble, Mercedes ‘Piti’ Campos (la misma que interpretara a Juana Azurduy en la última película del maestro Jorge Sanjinés (Juana Azurduy) se apoderó del Teatro Municipal de Cámara con Animales domésticos, un monólogo brutal. La obra, estrenada en Sucre, subió en mayo de 2017 al espacio alternativo El Desnivel del barrio paceño de Sopocachi, ganó cuatro premios en los Raúl Salmón y llegó al Fitaz por méritos propios.

Animales domésticos te golpea mientras te hace preguntas: ¿de qué te quejas?, ¿qué más quieres?, ¿vas a llorar otra vez, mierda?, ¿todavía te ríes, idiota? Te cuestiona, con incomodidad, como debe ser el teatro imprescindible: ¿qué soñabas cuando eras niña? Y también te responde: no me acuerdo de lo que soñaba; debí haberme ido hace tiempo, deberíamos dejar de sufrir. Animales domésticos trae palabras que no queremos escuchar: vieja, gorda, “perdón-amor”.

El resfrío es como el amor, se contagia pero también se desvanece, ¿qué hacer cuando desaparece?, ¿cuándo el tanto amor se transforma en tanto miedo? Las cajas se caen; los bonitos recuerdos, también. ‘Piti’ Campos se desdobla, ahora es el perro apaleado, ahora aúlla de dolor, ahora ya es otro “animal doméstico”.

Bajo la dirección de Andrea Riera y Alice Guimarães y el asesoramiento escenográfico de Gonzalo Callejas (el “toque” del Teatro de los Andes se palpa), es un grito contra la violencia machista, contra el silencio que huele mal, contra los idiotas que están por todas partes y se ríen de tanto miedo, de tanto dolor, de tanta cicatriz.

Día once: El teatro es más grande

El Fitaz 2018 terminó en noche de domingo con la entrega de los estañados Kusillos de La Paz: el nacional para Michela Pentimalli del Espacio Patiño y el internacional para el argentino Raúl Sansita (director del Festival Internacional de Teatro del Mercosur). Y se bajó el telón tras el justo y merecido homenaje a Paolo Nalli, el productor del Teatro de los Andes. Alice Guimarães reivindicó la creación colectiva y el teatro político y revolucionario. “Y que el teatro sea siempre más grande que nosotros”, añadió la actriz del elenco de Yotala.

Antes, la última obra en el Teatro Municipal había dejado el mejor sabor de boca posible: Thátch del grupo Armatrux es una tragicomedia musical (piano y violín en vivo) con dos viejos artistas (Rafo y Rufo: los hermanos Rogério y Cristiano Araújo), recordando sus mejores años, recordando quizás que todos estamos muertos, como ellos.

Los brasileños de Belo Horizonte, bajo la dirección de Eid Ribeiro, nos llevaron de viaje por el cine mudo y el mejor circo, por los anhelados espectáculos de variedades, incluida la magnética Siboney, el transformista Eduardo Machado. Cinco bastones, seis sombreros, pañuelos de colores, marionetas, perros, lanzadores de cuchillos, cigarrillos y escatología: Rafo y Rufo son Vladimir y Estragón, son puro teatro, puro absurdo, humor negro del bueno; son Keaton y los hermanos Marx, surrealismo de ayer. ¿Qué nos quisieron decir? Nada. O quizás lo que tú hayas querido imaginarte. Por eso, el teatro es más grande que nosotros.

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