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Fernando Arze: ‘El río’, el machismo desde lo sutil

El actor Fernando Arze, coprotagonista del filme, reflexiona sobre su participación en la cinta.

El actor paceño Fernando Arze. Foto: Miguel Carrasco

El ctor paceño Fernando Arze. Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

00:00 / 04 de julio de 2018

El rancho rural de un hombre poderoso es el espacio perfecto para situarse y ver caer las máscaras que éste debe mantener ante la sociedad en la que vive. Allí su machismo se manifiesta con tanta libertad y fluidez, que la sutileza de su autoridad impacta con más fuerza que un golpe, explica el actor paceño Fernando Arze, quien interpreta a Rafael, en El río —la nueva película del cineasta Juan Pablo Richter— que se estrenará en cines el 2 de agosto.

Su personaje es un empresario que vive en una hacienda cerca de Trinidad, junto a su joven esposa, Julieta, interpretada por la actriz cruceña Valentina Villalpando. La trama inicia cuando su hijo adolescente, Sebastián (Santiago Rozo), con quien no tiene ninguna relación previa, llega desde La Paz a vivir con la pareja y se entabla una suerte de triángulo amoroso entre los tres personajes.

Para el actor, la cinta tiene dos pilares claves: primero, que trata un tema polémico y después, el lenguaje que instaura para narrarlo.

“Ahora se está hablando mucho sobre esto, pero lo que retrata la película es una forma de machismo que no se cuestiona. Muestra lo que se cree que son los roles de la mujer y del hombre, en un contexto social poco conocido, lo que lo hace interesante”.

El poder que ejerce Rafael sobre Julieta nace concretamente de los privilegios que tiene por ser hombre. Esto se transforma en un “derecho” cuya arbitrariedad no se cuestiona, en primera instancia, debido a que no se nombra. Es un orden tan naturalizado que no se percibe como violento.

En esta estructura, la voluntad de Julieta no tiene lugar, sus deseos o preferencias no son un tema de discusión y la sociedad en que están inmersos, e incluso ella misma, avala y mantiene inalterada esta conducta, hasta que llega Sebastián, quien se perturba y extraña ante lo que percibe.  

Para encarnar al personaje —que es un cambacolla—, Arze deambuló por Trinidad, ciudad que acogió muy bien a la producción y donde se realizó un preestreno. Encontró inspiración en el lenguaje de la población y en aspectos cotidianos de su cultura, como la importancia que tiene una comida y cuál es el comportamiento de una familia al momento de sentarse en la mesa diariamente.

Luego comenzó a construir a Rafael. Su preocupación principal, así como la del director, fue tener cuidado en no caer en estereotipos. Por eso eludieron el retrato clásico del ganadero, terrateniente que cabalga por su tierra.

“Lo mismo sucedió con Julieta, el personaje de Valentina, cuando se menciona que es una muchacha que se casa con un hombre mayor para ayudar a su familia. Fue difícil porque en el imaginario colectivo ya existen imágenes de personajes con estas historias”, dice el actor con consolidada experiencia en cine, Tv y teatro.  

Para romper con eso fue necesario buscar emociones y aspiraciones que motivaran al personaje, como ser humano. En este proceso, el principal desafío del actor fue no juzgarlo.  

Comenzó, así, un viaje introspectivo, que resultó en una interpretación que requería de mucha contención. El hecho de que se lo mostrara en su casa les permitió narrar desde el lugar donde se siente más confiado y, al mismo tiempo, está más vulnerable. Allí, donde se puede ver cómo su fachada provista por el poder se va desgastando poco a poco. Luego, identificaron matices más claros para complejizar su interpretación. “Él es un hombre que es dueño de mucho, tiene poder y es machista. El estereotipo de todo esto junto es un hombre agresivo. En este caso no lo es físicamente, pero tenía que dar la impresión de que podría serlo, si lo necesitara”.

Cuando Arze entendió que en realidad el dominio de Rafael está sustentado en un sistema social, que le permite al personaje no hacer nada para  perpetuarlo, encontró lo que buscaba. “Una vez que tuvimos consciencia de eso, pudimos entrar en la delicadeza que el lenguaje de la película requería”. El trabajo que siguió tuvo mucho que ver con la dirección de Richter, quien además escribió el guion, que se comenzó a elaborar hace cinco años. La interacción entre ambos roles le permitió al equipo tener en cuenta las necesidades de la escritura, dentro de un horizonte lo suficientemente flexible, como para incorporarlas, y bastante específico para desecharlas.

Debido a las peculiaridades de la trama, otro de los peligros fue la sobreactuación. “Por cómo estábamos trabajando, cualquier exageración saltaba a la vista, incluso cuando en realidad no lo era. Por eso Juan Pablo nos fue pidiendo regular nuestra energía, que al final dio muy buen resultado”, afirma el también teatrista.

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