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La Esposa

El sueco Björn Runge dirigió para la pantalla grande la novela de Meg Wolitzer. La brillante actuación de Glen Close destaca en el filme.

La Esposa. Foto: bf distribution

La Esposa. Foto: bf distribution

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. / Crítico de cine

00:00 / 12 de septiembre de 2018

No deja de ser grata noticia el arribo, cada vez menos frecuente, de una película europea a la cartelera local. Máxime si se trata de una producción sueca dado que el cine nórdico, al igual que muchos otros, desapareció hace buen rato del circuito merced a la casi extinción de las distribuidoras independientes, responsables en su tiempo de mantener abiertos algunos resquicios en una programación entregada de lleno a la oferta comercial de las filiales de las distribuidoras norteamericanas. Claro está, la buena nueva se explica por la participación de algunos capitales de dicho origen en el financiamiento del vigésimo primer largo de Björn Runge (Lysekil/ 1961).

Sin embargo, la alegría de poder apreciar algo distinto a las reiterativas versiones de las andanzas de los superhéroes y otras no menos machaconas variantes de géneros que nutren el grueso de la exhibición puesta aquí en pantalla se va disipando muy pronto en La esposa, un emprendimiento plagado de buenas ideas trituradas por el modo elegido para abordarlas en el relato construido sobre libreto de Jane Anderson, adaptando la novela del mismo título de Meg Wolitzer.  

El sesgo crítico feminista de la narración, las alusiones al sexismo como obstáculo casi infranqueable para las mujeres en el ámbito de la industria literaria, la, en apariencia, inexplicable sumisión consentida de la protagonista a los devaneos de celebridad y narcisismo desbocado de su esposo probablemente se deban en buena medida al hecho de esa doble intervención femenina en la factura de la materia prima del asunto. Aun cuando este no deje de exhalar un cierto tufillo oportunista en la manera, poco incisiva, de acomodarse a la corrección política acorde a la consigna en boga del “#MeToo”.    

1992, Connecticut, Joe Castleman el escritor estadounidense de mayor suceso de su generación acaba de recibir por teléfono la novedad que anhela desde siempre: ha sido distinguido por la Real Academia Sueca para recibir el Premio Nobel de Literatura. Durante la fiesta organizada en celebración de la noticia comienzan a aflorar algunos entretelones propios de la intimidad de la familia Castleman. La trabada relación con David, el hijo afanado en convencer a papá de echarle una mirada a su último escrito, con el cual espera equiparar pronto la celebridad de aquel, pretensión que no cuenta por cierto con el agrado del flamante galardonado. Pero se insinúan sobre todo las entreveradas circunstancias de un vínculo conyugal detrás de cuya fachada macera un estallido en germen.

Durante el ágape, y después, Joan, la devota esposa cuida todos los detalles ¿dónde se encuentran los anteojos de Joe?, que este cumpla con el horario establecido para tomar las pastillas recetadas, cuál es el alimento adecuado para su merienda. Todo normal.

La situación comienza a enrarecerse no obstante apenas la pareja aterriza en Estocolmo con el propósito de acudir al acto de entrega del premio. “No me interesa ser mencionada, ni reconocida, como la sacrificada compañera de siempre”, le advierte Joan al marido mientras éste bosqueja su discurso de agradecimiento. Poco antes rechazó acompañar a las esposas de los otros galardonados a una excursión por las tiendas de moda y salones de belleza que los organizadores del evento financian, cuidando la debida sofisticación que, entienden, debe rodear su puesta en escena. Es un malestar latente que comienza a salir a la superficie trizando poco a poco las apariencias de esa relación atenida en principio a los modos socialmente reglados.

De las causas de aquella soterrada indisposición van dando cuenta los flashbacks que alternan con los preparativos para la ceremonia. Así nos enteramos que treinta y pico años atrás Joan, entonces estudiante de literatura en el Smith College, conoció a Joe, carismático preceptor casado y con una hija en camino. Poco demora la alumna en caer rendida a los encantos, y a los indisimulados avances, del maestro. Sin más, éste resuelve dejar a su mujer y embarcarse en un segundo matrimonio. Mujeriego irrefrenable, no pararán empero allí sus galanteos con admiradoras y discípulas.

Pero el fondo último de la cortocircuitada armonía conyugal despunta, como al pasar, durante una secuencia en la habitación del hotel cuando Joe demuestra serias dificultades para recordar el nombre del protagonista de una de sus más aclamadas novelas. ¿Es el síntoma de un principio de demencia senil? Otro flashback desmentirá enseguida tal presunción: al parecer ninguna de las obras del inminente galardonado fue de su autoría, las escribió en realidad ella en el contexto del bizarro contrato de convivencia fácticamente consentido por la pareja.  

Lo dicho, la narración bascula entre los prolegómenos del acto protocolar y las pistas acerca del pasado. Pero es un ida y vuelta rutinario, desnatado, como si el director confundiera la moderación emocional, tan nórdica, con el vacío de todo rastro de vida en la manera de acercarse a un drama, el de la sublevación de Joan contra sus propias vacilaciones y, al mismo tiempo, contra las afrentas de una misoginia convenientemente maquillada más no por ello menos despreciable. Tal debilidad malogra varias vetas que daban para una mayor enjundia narrativa. Entre otras, la mirada detrás de bambalinas sobre las manías e imposturas corporativas en la ya dudosamente prestigiosa Real Academia; o a propósito de la obsesiva búsqueda por muchos intelectuales de fama, éxito y halagos, en reemplazo de la genuina pasión creadora por expresarse e interpelar de alguna manera a su entorno.

Coqueteando a momentos con las claves del género de la comedia negra, sobre todo en las escenas en las cuales Joan confronta a las esposas de las otras celebridades a punto de recibir sus propias distinciones, La esposa no alcanza a levantar vuelo por la ya señalada adhesión de Runge a las formas discursivas más ramplonas y desprovistas de cualquier toque personal.

Esto último lo lleva a malversar incluso las factibilidades implícitas en la inclusión del personaje de Nathaniel Bone, un aparente vivillo ávido de beneficiarse escribiendo la biografía de Castleman, para en realidad sacarle el jugo a las aristas más sensacionalistas de la, sospecha él, tormentosa relación marital. Dramáticamente su presencia podía haber servido para entrarle a la médula del conflicto íntimo de Joan encarada a sus vacilaciones respecto a los motivos por los cuales se resignó a vivir a la sombra de su veleidoso marido, y porque aun en el instante crucial en el cual se halla a punto de salirse del molde finalmente decide dejar las cosas como están. Sin embargo, el director incurre en la misma indefinición, negándose él también a ir un paso más allá de la insinuación de las causas que pesan sobre la subordinación condescendiente de la protagonista a las reglas del juego socialmente estatuidas.          

Si la película no sucumbe en la nada absoluta se debe sobre todo a la poderosa interpretación, llena de matices, de Glenn Close entregando una de las mejores composiciones de su sólida carrera, en la oportunidad afirmada en un solvente contrapunto con el galés Jonathan Pryce. Es, de hecho, al profesionalismo del dúo protagónico al que apostó Runge casi todas las fichas de su chata puesta en imagen. A Close no le hacen falta grandes momentos dramáticos ni explosiones descontroladas de ira. Le alcanza con un contenido registro gestual concentrado sobre su mirada, suficiente para exteriorizar la angustia del tiempo desperdiciado y las dudas que afloran a propósito de ese largo y pasivo acomodo en la inercia de un pasar sin sobresaltos, pero asimismo desvestido de cualquier gratificación existencial.

Pérfil:

- Título original: The Wife

- Dirección: Björn Runge

- Guion: Jane Anderson

– Novela: Meg Wolitzer

- Fotografía: Ulf Brantås

- Montaje: Lena Runge

- Diseño: Mark Leese

- Arte: Caroline Grebbell, Paul Gustavsson, Martin McNee -  Maquillaje: Sophia Criscuolo

- Música: Jocelyn Pook

- Producción: Christine Linnea Andersen, Gero Bauknecht, Georgia Bayliff, Nina Bisgaard, Claudia Bluemhuber, Mark Cooper

- Intérpretes: Christian Slater, Max Irons, Glenn Close, Elizabeth McGovern, Jonathan Pryce, Harry Lloyd, Annie Starke, Alix Wilton Regan, 

– INGLATERRA, SUECIA, DINAMARCA, SUIZA, EEUU/2017

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