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Eintein: su vida y su universo

El escritor Ignacio Vera destaca el trabajo del periodista estadounidense Walter Isaacson mostrando el lado humano del célebre científico.

Eintein: su vida y su universo.

Eintein: su vida y su universo.

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada / Escritor

01:01 / 12 de julio de 2018

Vimos el universo a través de sus ojos. Solo en su estudio, con un lápiz y su mente, fue capaz de transformar la historia y de hacer ver al mundo que el espacio y el tiempo no eran como parecían ser. Fue tenido como un superhombre, pero fue un mal padre, o por lo menos uno mediocre; trataba de no lastimar a las mujeres a las que cortejaba, pero no podía evitar hacerlo. Era una persona de carne y hueso. Sin embargo, ocurrente y de sencilla apariencia ante todos, su personalidad era tan compleja y difícil como su ecuación E=mc2 (¿cómo podía ser sino el hombre cuya concepción del universo era tan particular?). Sacudió los pilares de la física porque a los 16 años se imaginó cómo sería viajar a la velocidad de un rayo de luz; eso le cambió la vida, y también cambió al mundo entero. Comprender la majestuosidad del universo, ése era el objetivo de su vida.

Amó, sufrió y gozó. Atribuyó su éxito a su perseverancia y dijo que en las personas aflora lo mejor cuando pasan por el dolor.

La editorial Debate ha lanzado una estupenda biografía de Albert Einstein (Buenos Aires, 2014), escrita por el periodista estadounidense Walter Isaacson y publicada ya en 2007. Hace mucho que Isaacson ha dejado de ser solamente periodista para ser también biógrafo (tiene escritas varias semblanzas y hace muy poco publicó una de Leonardo da Vinci, la cual esperamos reseñar). Sus trabajos cumplen con una rigurosidad investigativa y un método de recolección de datos tales que solo el género literario de la biografía puede requerir. En este libro, el biógrafo se empapa de los complejos conceptos de la física y las matemáticas y se mete en la psicología de un personaje cuya vida trascendió el plano meramente científico para llegar a uno humanístico. ¿Dónde está, pues, el mérito de un biógrafo sino en la indagación de los recodos de la personalidad humana, situada más allá de los hechos objetivos? Si no hiciera eso, ¿cómo podría explicar integralmente una existencia? El secreto de la biografía moderna, dice Ludwig, está en contar la vida pública y privada de un hombre, la activa y la inactiva, dando a ambas la misma importancia.

Como Napoleón y Churchill, Einstein ya tiene muchas biografías. Hace un tiempo leí una escrita por el británico Ronald W. Clark (Einstein: The life and times, 1972, Avon). Si Clark es más acucioso en la descripción del trabajo del físico, Isaacson gana en la profusión de los detalles de su vida como ser humano, pues en estas páginas está despejada una incógnita tal vez más enigmática que las de sus complicadas ecuaciones: cómo era el humano detrás del personaje público. E Isaacson tuvo una ventaja en comparación con los otros biógrafos del físico, porque escribió su libro en un tiempo en el que los archivos de Einstein estaban más abiertos a la consulta de los investigadores.

La vida de este hombre estuvo decidida por la contradicción. Rebelde en su juventud, pensó que la física debía ser reformulada desde sus bases; recatado en su adultez, desechó la idea de un principio de incertidumbre propuesto por los más jóvenes científicos. Era un alemán que detestaba a los alemanes; fue un pacifista que pensó que se debía acabar con el nazismo y que dio origen (aunque sin intención) a un arma capaz de destruir el mundo; fue un sionista que creía que se tenía que negociar con los árabes, y un físico que —desde su punto de vista heurístico y unificador— creía que la luz podía ser tanto onda como partícula y que la misma materia podía tener esa característica dual. Idolatró a Newton pero echó por tierra sus ideas.

Desde los años 1920 en Berlín, pero con mucha mayor intensidad desde su residencia definitiva en Princeton, trabajó en su escurridiza teoría del campo unificado, un intento por demostrar todas las fuerzas de la naturaleza en una sola ecuación.

Cuenta Isaacson que pasó sus últimos días internado en un hospital, impasible como debe ser un científico que sabe que el mundo es tan pequeño y tan efímero que nada debe perturbar al hombre que muere en él. Más bien murió garabateando ecuaciones, luchando hasta el último momento por unificar los conceptos de la física y soñando en lo bello que sería cuando eso sucediera, como había luchado en sus años juveniles por hallar una nueva explicación de la gravedad y como había soñado en su niñez con viajar a la velocidad de una onda de luz.

Como él mismo dijera alguna vez, en la mente de un científico siempre debe haber tanta imaginación como tiene el alma de un artista, y mucha poesía. Solamente así él pudo develar los secretos del cosmos y comprender el misterio del átomo, como un Prometeo que roba del cielo algo divino para entregárselo a la humanidad. Quizás los científicos fueran más exitosos en sus hallazgos y revelaciones si se dejasen llevar por la fantasía.

¿Qué tiene todavía que enseñarnos esta figura prometeica?

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