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Charly Garcia, ese vejete movedizo

La capacidad de reinventarse de este músico-leyenda de Buenos Aires va más allá de su carrera: es el sello de sí mismo.

Leyenda. El músico Charly García (23 de octubre de 1951, Buenos Aires), en un recital en el Teatro Coliseo en febrero de este año. Foto: cypnoticias.com.ar

Leyenda. El músico Charly García (23 de octubre de 1951, Buenos Aires), en un recital en el Teatro Coliseo en febrero de este año. Foto: cypnoticias.com.ar

La Razón (Edición Impresa) / Joaquín Ballesteros / Escritor

02:09 / 04 de abril de 2018

Hace poco leí La pared de Piglia. Un cuento cuyos momentos finales, primero, me dejaron lelo y, después, me hicieron pensar en Charly García. El cuento nos pone en la mente de un anciano que teme  perderse en los recuerdos, puesto que ello significa que ya no le queda más que pasarse el día sin hacer nada, mirando la pared que ya conoce de memoria. Estar demasiado en un solo plano, preguntarse qué hay más allá. ¿Será que todos llegaremos a eso?

Tengo mis dudas de que eso le pase a Charly. Estamos hablando de un tipo que toda su vida ha buscado reconstruirse. Esto lo ha hecho uno de los mejores músicos latinoamericanos, pero también lo llevaron a una vida de escándalos y drogadicción. El rock n’roll que le dicen. Hubo un tiempo que podía hablarse de su ciclo de ser internado, dejar las drogas, componer un disco brutal, volver a las drogas… pareciera que en los últimos años aquel bucle de autodestrucción y genialidades se ha perdido un poco, pero no, solamente es la vejez y su sarta de limitaciones que un día nos suceden. Quién sabe cuándo tendremos a mucha gente posteando canciones de Charly para honrar su muerte. Y más allá de quién es posero y quién no (ya nos encargaremos de eso cuando pase), quiero rescatar algo del tipo mientras su corazón todavía palpita: la capacidad de reinvención.

Poca gente ha tenido los (insertar aquí un apelativo al valor mediante algún órgano sexual del género de su elección) para hacer música tal como la hace Charly. Ya de entrada fue un prodigio. Tres añitos y con oído absoluto; ése que hace, que más que oír, veas con los oídos. Un niño mimado y ricachón entrenado para tocar pura música clásica que se vuelve un pendejo de 12 que ya era profesor de conservatorio, uno que poco después escucha a Los Beatles y su mundo gira, se trastoca, se vuelca y cambia. Funda Sui Géneris, casi se muere y compone Canción para mi muerte, la gente lo aclama, pero no tanto y luego, así como así, le agarran fanatismo a una banda en la que él compone todo (por eso Nito equivale a suertudo). Quiere empezar a decir algo más con Instituciones, la gente lo rechaza, se deprime, disuelve Sui Géneris, funda la Máquina de hacer pájaros, crea rock progresivo muy avanzado para la Argentina de los años 70 y la gente lo odia por esto. Funda Serú Girán, encuentra el balance, la banda se disuelve (gracias Aznar), se vuelve solista, cambia su sonido en EEUU (Clics Modernos) y en los 80 las guerras en las Malvinas impulsan a la industria musical argentina dentro de su propio país. Esto es Charly a muy grandes rasgos, pero ¿qué esperaban? La historia se hace extensa en más de 40 años de trayectoria. Especialmente cuando estamos ante un tipo que eligió experimentar con los sonidos argentinos y los anglosajones.

Su carrera, es decir su vida, ha sido una lucha contra los estancamientos. Los creativos, los de las drogas, los de su país, de sus amigos, de su edad, etcétera, etcétera. Con esto ni por asomo quisiera endiosarlo. Charly, también, es un cretino. Pregúntenle a Calamaro, a todos los que no se tragan su pedantería, su música, su estilo de vida. Tendrán sus razones y, por la misma noción por la que sabemos que la justicia no existe, podemos decir que tienen toda la razón. O aleguemos que su música siempre sonó igual. Quizá alguien escuchó Random (2017) como otro conjunto de melodías conocidas, tal vez un músico lo escucha y nota una que otra sutil reinvención. Al diablo. Ése no es el punto. El punto es que Charly trata. Se mueve, no se rinde ante la inercia, no se queda de pie esperando que sus recuerdos lo conviertan en otro parapléjico más en esta vida. Y ojo que nadie dijo que siempre logre reinventarse. Pero algo logra. No por nada sus fans le perdonan faltarse a conciertos, llegar tarde, romper guitarras, en fin, todo capricho que le pueda venir por el motivo que fuese. Charly ha crecido con más de un adolescente, ha establecido vínculos con gente que nunca conocerá y que lo recuerda como ese tío lejano del que siempre habla la familia en voz baja. Un tipo que representa a un país como Argentina, que será lo que ustedes quieran, pero que en sus entrañas tiene a una ciudad como Buenos Aires.

Charly es ese viejo cabrón al que le pueden decir inmaduro y él responde con el dedo del medio, alegando que está orgulloso de ser alguien que crea arte, que ama la inocencia en sus diferentes manifestaciones y que, todavía, se atreve a imaginar. Me pregunto si el viejo en el cuento de Piglia podría hacer eso, me pregunto si de todas formas Charly terminará como el dichoso viejo éste. No lo sé y tampoco importa. Charly es un gran músico, sí, pero es un genio porque un día puede levantarse con el deseo de sacudir sus certezas, darle alas a sus dudas; deprimirse, sí, estancarse, sí, pero levantarse y transformar todo en música, sabiendo que no será la última vez que lo haga, hasta el día en que se muera.

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