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Cars 3

Un guion saqueado de películas precedentes, plomizo y embaucador, cuyo desenlace está cantado desde el minuto cuatro.

Cars 3. Foto: silvestrelpv.com

Cars 3. Foto: silvestrelpv.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz / Crítico de cine

00:00 / 09 de julio de 2017

Se denomina hominización al tránsito evolutivo a través del cual una raza de primates mutó progresivamente hasta dar lugar a la especie humana. En la época del tardo-capitalismo, podríamos decir que nos encontramos frente al proceso involutivo que, en adhesión a la idolatría tecnológica imperante, ha llevado al disparate extremo el planteo propiciado por Disney atribuyendo a los animales conductas humanas. Disney/Pixar extrema este enfoque imputando esos mismos comportamientos incluso a los automóviles, uno de los fetiches de la modernidad capitalista. ¿Será por eso que en varios de los últimos atentados cometidos en algunas capitales europeas se utilizaron motorizados para arrollar a los peatones?

En todo caso se trata del novísimo contraataque en la contienda entre franquicias por los mercados de la animación digital y sus ramificaciones. El episodio inicial de lo mismo (2006) fue un contundente blockbuster, no obstante las generalizadas malas recensiones críticas, que se volvieron demoledoras frente al segundo episodio (2011). No hicieron mella alguna sobre las taquillas nuevamente hinchadas para regocijo de los productores así como de los fans, que presintieron de ese modo garantizado el alumbramiento de esta tercera entrega, la cual recaudó cerca de 62 millones de dólares en las dos primeras semanas en cartelera.

En su tercera incursión la saga incluye todo cuanto había a mano. Puesto que se trata de un argumento piñata, Frankenstein valdría igualmente como referente del procedimiento aplicado al plomizo guión, cuyo único atractivo se reduce a identificar la mayor cantidad posible de citas a realizaciones precedentes enfocadas sobre el mundo del deporte. Y no se trata de una exhibición de pedantería cinéfila. Es, por el contrario, la fórmula usualmente recurrida cuando la motivación inicial para un emprendimiento cinematográfico no es un relato, una historia, un algo a ser contado, es pura y simplemente la urgencia de pasar al siguiente capítulo de cualquiera de las sagas de moda, cocinando alguna trama con ingredientes saqueados de otras películas y guisándolos como se pueda.

En Cars 3 se identifican de buenas a primeras jirones de los filmes actuados en los lejanos años 60 y 80 del siglo pasado por Paul Newman: personificando a un fanfarrón jugador de billar en El buscavidas (Robert Rossen, 1961), luego campeón del taco ya jubilado, si bien nostálgico de la práctica El color del dinero (Martin Scorsese, 1986) donde confronta a un aspirante a sucesor, interpretado por Tom Cruise, con ínfulas equiparables a las del personaje original.Son detectables pedazos de Días de trueno (Tony Scott, 1970) a cargo del mismo todavía jovencísimo Cruise en el rol protagónico; Rocky III (1982) con Sylvester Stallone detrás y delante de la cámara contando un momento de inflexión en la carrera del inefable campeón de los mamporros, forzado por las circunstancias a re-motivarse; Rocky IV (1985) de nuevo con Stallone en triple función de libretista/director/protagonista, el eslabón más desembozadamente propagandístico de la saga, cuando Rocky Balboa debe sacar cara por su país liándose a golpes la figura emergente del pugilismo soviético; Creed: Corazón de campeón (Ryan Coogler, 2015), una derivación de la fábula, con Balboa en retiro, volviendo para echarle la mano al hijo descarriado de uno de sus antiguos adversarios/amigos.

La enumeración podría extenderse, se me antoja empero suficiente como certificación del método de armado del libreto de Cars 3, al igual que de otros proyectos de parecida catadura. Tal inversión del orden lógico en cualquier proceso creativo en muy contadas ocasiones, si en alguna, consigue escapar de la exigüidad dramática y narrativa. La operación no busca gatillar un relato a partir de alguna idea, es por el contrario un trabajo de collage facilitado por los recursos digitales, que han aligerado sobremanera el laborioso ahínco demandado otrora por el género de la animación.

Me veo en figurillas para entrarle al argumento, ya que hablar de personajes y/o protagonistas sería tanto como meter ambos pies en la trampa cazabobos tendida por esa humanización de los aparejos mecánicos reconvertidos en clones de los hombres. Y de las mujeres también, pues el resbaladizo alcance connotativo del asunto adjunta su mensajillo feminista.

Rayo McQueen, insuperable “campeón” de los dos episodios anteriores, siente desestabilizada su invencibilidad por Jackson Storm, un “petulante” recién llegado a los circuitos, al cual deberá enfrentar en una nueva versión de la Copa Pistón. Los años no pasaron en vano: el inevitable recambio “generacional” asoma implacable a la vuelta de la curva. De camino a Florida, escenario de la inminente carrera, Rayo conoce a Cruz Ramírez, “instructora” que en su fuero íntimo amasa la ilusión de competir ella misma. Entretanto procura regresarle a su “pupilo” las ganas —y las mañas— de los buenos tiempos. Vuelve asimismo, junto a su inseparable “amigo” Mate, al antiguo “mentor” de su “instructor” original, el ya maltrecho Smokey, quien “encarna” al detalle la trajinada sentencia de “más sabe el diablo por viejo...”. Porque tampoco escasean en el insípido potaje tales aforismos reciclados de la sabiduría popular. Me excuso por la sobreabundancia de entrecomillados, única manera que se me ocurrió para gambetear la trampa arriba mencionada.

Por último, el evento, cuyo desenlace está cantado desde el minuto cuatro de los interminables 109, intermitentemente entretenidos, del metraje vuelve a reinstalar el orden establecido, no sin dejar abierta, es justo reconocerlo, la eventual posibilidad del digno retiro a tiempo del todavía campeón invicto.Visualmente todo es impecable, pero ¿para esto? Vuelvo al principio, a los sesgos conceptuales implícitos en la hominización —con distanciamiento irónico—, de los artefactos como operativo, en extremo pueril, de naturalización del consumo y del totemismo tecnológico. Un dispositivo retórico tanto más embaucador cuanto viene revestido de una amable alegación reflexiva a favor del respeto a los adultos mayores, a los otros indistintamente cual sea su apariencia —para el caso a los latinos—, a la equidad de género y un largo etc. Al fin y al cabo, tales aderezos adornan el paquete, pero no matizan un ápice la dogmática del producto mismo, ni su opinable intencionalidad.

Titulo Original: 

Dirección: Brian Fee.

Guion: Kiel Murray, Bob Peterson.

Historia: Brian Fee, Ben Queen.

Fotografía: Jeremy Lasky, Michael Sparber.

Montaje: Jason Hudak. Diseño: William Cone.

Arte: Rejean Bourdages, Edgar Karapetyan.

Música: Randy Newman.

Efectos: Amit Baadkar, Adrian Bell,  Colin Bohrer, Brian Boyd, Pauline Chu.

Producción: John Lasseter, Kevin Reher, Andrea Warren – USA/2017

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