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Carlos Medinaceli, lector

Publicamos un extracto de la introducción del libro de Fernando Molina dedicado al creador de la crítica literaria nacional.

El libro 'Carlos Medinaceli' de Fernando Molina

El libro 'Carlos Medinaceli' de Fernando Molina

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina - periodista

11:09 / 12 de diciembre de 2019

Carlos Medinaceli es reconocido como uno de los grandes escritores de ficción bolivianos por su única novela, La Chaskañawi. También es uno de los mayores ensayistas del país en el campo estético y educativo. En el momento de su muerte, acaecida en 1949, su obra en este género estaba dispersa en periódicos y revistas de diversas ciudades y épocas. Posteriormente, fue reunida en varios volúmenes, aunque esta tarea todavía no ha concluido.

Sin embargo, Medinaceli no fue, propiamente hablando, un pensador, si entendemos por “pensador” a alguien dedicado a la teoría, la investigación, el estudio sistemático de la realidad social y de la bibliografía. Medinaceli no estaba profundamente interesado por la política, aunque, siendo boliviano, no pudo evitar “incursionar” en ella; tampoco tenía las habilidades y talentos que se requieren para la investigación académica: él mismo reconoce, en una carta a su amigo José Enrique Viaña, que no sabe cómo concentrarse en una sola cuestión; que la única vez que logró hacerlo, llegando a un estado psicológico en el que casi que podía conversar con sus personajes, fue cuando se encerró a concluir La Chaskañawi. El resto de su producción está compuesto de breves artículos, crónicas, sátiras y comentarios bibliográficos, siendo estos últimos la inmensa mayoría.

Medinaceli vivía para los libros. Eran, estos, su último recurso para mantener la dignidad frente a los embates de la pobreza, la marginalidad social —a medias buscada mediante constantes viajes al campo, la bebida y “amores prohibidos”, y a medias soportada como una imposición del destino— y la falta de horizontes más amplios.

Con los libros podía viajar a otros sitios e incorporarse a otras culturas —es llamativo por ejemplo que hubiera aprendido francés exclusivamente por medio de ellos—, y en ellos podía encontrar su propia autoestima. Resulta revelador que en sus cartas —salvadas para la posteridad por Mariano Baptista Gumucio, a quien está dedicado este libro— nunca dejara de contar, tanto a los amigos íntimos como a los corresponsales menos próximos, qué estaba leyendo en ese momento; y, en general, resulta interesante que en todos sus escritos se adornara —¿protegiera?— con una capa de erudición bibliográfica.

Esta tendencia era tan intensa que terminó resultando abrumadora para Viaña, quien llegó a considerar, como el cura y el barbero del Quijote, que la excesiva entrega de su amigo Carlos a los libros era la causa del desequilibrio, la sordidez y la soledad de su vida. Las cartas de Medinaceli a Viaña —que, de las conservadas por Baptista, son las más importantes desde el punto de vista biográfico— combinan sintéticas descripciones del ambiente, abundante maledicencia, crudas confesiones personales y, en efecto, una erudición tan vasta que debe de haber superado las posibilidades de su destinatario.

¿Fue, entonces, Medinaceli, un erudito, del tipo de Marcelino Menéndez Pelayo? No, ciertamente, por las razones anotadas. Fue, sobre todo, un lector, un gran lector. Quizá el mayor lector que, en el siglo XX, haya dado nuestro poco ilustrado país. Un lector desordenado, asistemático, intuitivo, en una palabra, artístico… Sus referencias a las obras literarias de su época, tanto las europeas como las latinoamericanas, son innumerables. Conocía la literatura nacional profundamente, en prosa y en verso.

También leía obras de filosofía —le interesaban sobre todo las opiniones sobre cultura y arte, antes que las vertidas sobre ontología o epistemología—. Leía libros de sociología, de geografía, de divulgación científica (de psicología, por ejemplo), de historia nacional, de viajes. Una época se dedicó a consumir numerosos libros de marxismo. Vivía buscando, encontrando y devorando las publicaciones periódicas de las sociedades geográficas, la Revista de la Universidad de Sucre, dirigida por Gunnar Mendoza; Kollasuyo, de Roberto Prudencio, etc.  

Quiero enfatizar esto: Creo que debemos ver a Medinaceli como un gran lector, un lector que va dejando —dispersos en diarios y revistas de todo el país y de todas las épocas de su tiempo de vida, y también en su correspondencia— las fichas y los comentarios de sus lecturas. Su obra escrita, empero, no es puramente estética, como tampoco sus lecturas fueron puramente artísticas. Su condición precursora se aplica tanto en el terreno de la crítica literaria como en el campo de la formulación de una ideología nacional. Sin embargo, esto no nos debe llevar a olvidar que tratamos con un artista antes que con un académico o un intelectual político y social.

El trabajo de Medinaceli se aproxima más a la crítica como medio de expresión, tal como señala Carlos Castañón Barrientos en el prólogo de Estudios críticos, que a su propia aspiración —que Medinaceli toma del crítico francés Saint Beuve— de “enseñar a leer” o —como menta el título de su folleto sobre la enseñanza de la literatura— de “educar el gusto estético” de la nación.

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