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Cannes: Capital mundial del cine

Con la entrega de la Palma de Oro a Bong Joon-ho (Corea del Sur) se dio fin a la versión 72 del festival francés.

Parásito, del coreano Bong Joan-ho.

Parásito, del coreano Bong Joan-ho.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco - enviado especial a Cannes

00:00 / 05 de junio de 2019

Fueron 12 días de estupendos eventos que terminaron, el 25 de mayo, con la ceremonia de clausura del 72º Festival Internacional del Cine, que instauró a la amable perla de la Costa Azul, por ese lapso, como la capital fílmica del mundo y que mantuvo a millones de aficionados en suspenso por conocer quién se llevaría la codiciada Palma de Oro. Finalmente, un jurado compuesto por nueve ilustres críticos y eruditos del séptimo arte —por boca de su presidente, el mexicano Alejandro González Iñárritu— anunciaba, una a una, a las personalidades galardonadas.

Quienes seguimos paso a paso la muestra de 21 películas en competición y de las otras categorías fuimos —a veces— ingratamente sorprendidos por algunas decisiones. Por ejemplo, la mayor presea se concedió a Parásito, del coreano Bong Joan-ho, en detrimento de Dolor y Gloria, el emotivo recuento autobiográfico de Pedro Almodóvar, quien figuraba de favorito. Mayúsculo fastidio, para mí, que ni el consuelo recibido por Antonio Banderas —el protagonista—, como mejor actor, pudo aliviarme. Luego, en un rosario de gestos “políticamente correctos”, se premiaron filmes de protesta social como Atlántico, reseña del drama migratorio de la afrofrancesa Mati Diop. En seguida se anunciaron distinciones a El joven Ahmed, que relata el tránsito hacia la radicalización, en Bélgica, de un adolescente magrebí. Más adelante, otras dos cintas privilegiadas fueron Los miserables, del francés Ladj Li, y Bacurau, de los brasileños Mendoza y Dornelles.

Como se apreciará, así sea solamente por los títulos, todos ellos se refieren a reclamos cabales o exagerados de las desigualdades sociales imperantes en el planeta, que no escapan a la dicotomía, hartamente denunciada, de explotados y explotadores. ¿Se trataba con esos estímulos de relievar la temática o se consideraba también otros atributos netamente cinematográficos como los guiones, escenarios, fotografía, efectos sonoros y otros?

Por fin, tomamos nota de una calificación merecida como premio al escenario de Retrato de la muchacha en llamas, de la francesa Céline Sciamma, una hermosa evocación de los avatares de un proyectado matrimonio forzado en 1770, que culminan en el amor sulfuroso de la pintora con la novia que, además, era su modelo.

Personalmente me alarmó la indiferencia hacia la cinta italiana El traidor, de Marco Bellocchio, basado en la vida, pasión y muerte de Tomasso Buscetta, famoso gánster de los años 80, quien decide colaborar con el Gobierno para denunciar con pelos y señales los crímenes de la Cosa Nostra y facilitar el apresamiento de 365 de sus excamaradas. Pierre Francesco Favino —que personifica al bandido— es insuperable. El aporte rumano con La Gomera tampoco debería haber pasado desapercibido, como tampoco Sybil, de la francesa Justine Triet, quien nos regala a través de su estrella, Virginie Effira, el coito mejor graficado de la temporada.

Otras muestras como Frankie o el Cuarto 212 son altamente deplorables, en contexto temático y presentación escénica. Lo mismo podría decirse de Había una vez... en Hollywood, del afamado Quentin Tarantino, o de Los muertos no mueren, del conocido Jim Jarmuch.

En la categoría Una Cierta Mirada, el premio del jurado a Albert Serra por su Libertad es francamente inexplicable, por ser una prestación que limita con la pornografía escatológica.

Es habitual que, pasada la ceremonia, el jurado brinde una conferencia de prensa para justificar su veredicto. Esa ocasión me fue propicia para interpelar a Alejandro González Iñárritu y preguntarle si la tendencia actual era fomentar a través del cine la protesta social, por cuanto la mayoría de los filmes recompensados así lo indicaban. El aludido me dio la razón al expresar que retrataban la sociedad actual, pero, añadió, otros elementos netamente técnicos se contaban también en la evaluación.

Entre las actividades paralelas, las más entretenidas son las citas con artistas famosos, como Alain Delon, a quien me referí en anterior crónica, y con Silvester Stallone, quien hizo un ingreso apoteósico al teatro Debussy, repleto de fans; vestido informalmente, con una camisa a cuadros, vaqueros ajustados y botas tamaño 47, que impresionaban por la longitud de sus pies. Sentado frente a mí noté que no aparentaba sus 72 años; su musculatura continuaba vigorosa y el planchado estético de su rostro ponderaba los adelantos tecnológicos que acudieron a su favor. Durante la entrevista, pese a su evidente simpatía, quedó probado que sus músculos eran superiores a su talento. No obstante, nos dejó un cálido mensaje sobre la necesidad del temple optimista para vencer las dificultades de la vida y de la ventaja de tener un rival enemigo (en su caso Arnold Schwarzenegger) a quien ya no odia. Ratificó su propósito de ser la imagen de la América poderosa con Rocky y Rambo como adalides de la fuerza.

En otro nivel es preciso alabar la remarcable organización logística del Festival, que movilizó a cientos de empleados eventuales para cubrir los servicios de guías, azafatas, salas de reuniones, de prensa (a donde acudían 4.000 periodistas acreditados por 90  países), agentes de seguridad que escudriñaban hasta el último envoltorio introducido al Palacio del Festival, soberbio complejo arquitectónico que cobija cinco teatros de gran capacidad, en siete pisos rodeados de terrazas con vista a la bahía mediterránea. Notorio fue el vaivén por los corrillos de productores célebres o aspirantes a serlo, realizadores, actores y actrices, bellas damiselas ávidas de ser descubiertas por el ojo de algún productor explorador de nuevos talentos. También figuraban los mercaderes del cine, en rondas de negocios pactados o puntuales.

Durante el festival, las calles aledañas al Palacio se tornaron peatonales y todos estaban obligados a marchar a pie, hasta sus destinos, venciendo barreras metálicas por doquier. Otra faceta fueron las interminables colas para acceder a los espectáculos, divididas por categorías, detectadas por los distintos colores de los distintivos.

La multiplicidad de nacionalidades convirtió a Cannes en una capital mundial cosmopolita, donde se escuchaban todas las lenguas en alegres grupos de turistas que alternaban con apurados visitantes del Palacio. Cada festival deja pingües beneficios pecuniarios a la ciudad. Propietarios de hoteles, restaurantes y tiendas de artículos lujosos se frotan las manos anualmente en esta época tan especial.

Apenas termina el magno evento comienzan los preparativos para el próximo. Y así empiezan también los sueños de productores y actores deseosos de subir, aplaudidos, por la escalinata de rojas alfombras hasta el podio de la celebridad y el dinero.

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