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Andrea Riera: Virtudes de una directora invisible

Su trabajo se llevó el premio Raúl Salmón de la Barra 2017 a obra y dirección por ‘Animales domésticos’.

Reconocimiento • Piti Campos Villanueva en la obra premiada ‘Animales domésticos’. Foto: Late

Reconocimiento • Piti Campos Villanueva en la obra premiada ‘Animales domésticos’. Foto: Late

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas

00:00 / 06 de diciembre de 2017

Cuando uno sale de una obra de teatro, muchas veces ni bien sale comenta el acertado uso de luces, el uso práctico que se dio a la escenografía, los matices logrados de una actriz o lo que la dirección quiso decir en un momento determinado. Si estas observaciones son las primeras que se vienen a la cabeza tras la experiencia, es que a la pieza que se acaba de ver —nos haya gustado o no— se le ven las costuras.

La obra Animales domésticos ha conseguido la mayoría de los lauros del Concurso Municipal de Teatro Raúl Salmón de la Barra de 2017: mejor obra, dirección (Andrea Riera), actuación principal (Piti Campos) y escenografía (Gonzalo Callejas y Alice Guimaraes). Si bien hay mucho que apuntar sobre la obra —unipersonal que gira en torno a la violencia doméstica—, hay algo que fue determinante para que se corone como ganadora: al salir uno no alaba la luz o la actuación; la obra te ha golpeado, sorprendido y te ha hecho parte de ella. He ahí el gran valor del teatro: algo sucede en escena frente a ti, te involucra.

Al terminar la función, el aplauso es contundente y sincero; nadie dice: “Qué acertada es la decisión de Riera, qué bueno que lo planteó así” o “claramente es una obra de ella”. Aquí la figura de la directora no responde al juego de los nombres y las carreras; se decanta más bien a favor del público: su trabajo es pulcro, preciso, consciente y emotivo, sin necesidad de hacerse visible. Ella no deja ver el hilo que une todas las piezas, su trabajo es, justamente, dejar al espectador dentro de la obra, preocupado por lo que ahí acontece.

Ya un análisis posterior permite advertir los aciertos: dejar caer la obra en los hombros de una brillante Piti Campos que ofrece transiciones impecables apoyada por un texto que la aleja del estereotipo de la mujer golpeada, pues al tratarse de un tema urgente y de actualidad se corre el peligro de caer en la caricatura y los lugares comunes. Aquí el personaje de Campos es tridimensional, se puede palpar. No solo permite que se le entienda, sino que busca la identificación, pues su planteamiento es universal.

Otro acierto de Riera es el riesgo como una opción. Para que suceda realmente algo en escena es muy importante no solo plantear una obra fríamente ensayada (que ésta obviamente lo está), sino además dejar espacios al peligro, a la intuición del miedo, a la posibilidad del fallo. Esto se ve con los golpes a una caja que contiene dentro cuchillo, tenedor y vajilla rota, entre otros objetos que pueden dañar físicamente a la actriz, o en el desmoronamiento del muro de cajas —cuidadosamente planificado, por algo el premio a Callejas y Guimaraes, que trabajan en el Teatro de los Andes—, pero que está siempre susceptible a fallar, a no salir como se espera. Esto crea tensión, expectativa e introduce al público en escena.

Y esta dirección pulcra y aparentemente invisible de Andrea Riera es la que hace que Animales domésticos no ofrezca distracciones formales, sino que conecte directamente el tema a tratar con efectividad y emoción.

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