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Abuso de sustancias (sobre ‘Aprende a amar el plástico’ de Carlos Velázquez)

La novela del escritor mexicano es el quinto libro de la editorial Sobras Selectas. Se presentará el viernes 10 de agosto a las 21.00 en la FIL La Paz.

Libro ‘Aprende a amar el plástico’ de Carlos Velázquez

Libro ‘Aprende a amar el plástico’ de Carlos Velázquez

La Razón (Edición Impresa) / Julio Durán - escritor peruano

07:00 / 01 de agosto de 2018

Todavía no me repongo de la resaca que me dejaron los textos de Velázquez. Yo, un pobre semiabstemio aburrido y sin aguante, me veo superado por el vértigo de estos relatos y crónicas.

Aunque el malditismo literario suene tentador, aunque siempre estemos buscando situaciones límite que nos demuestren de qué estamos hechos, por lo general, dar el paso inicial a ciertos excesos nos cuesta mucho. Quisiéramos romper el tedio y sumergirnos en ese imaginario mundo de alcohol y drogas donde tenemos el superpoder de soportar días enteros de borrachera con sus respectivas resacas, noches pobladas de riesgos y amenazas que sorteamos al ritmo de nuestras canciones favoritas. Tememos las consecuencias, desconfiamos, nos sentimos frágiles, nos asusta el castigo y perder lo amado. Nos quedamos aquí, de este lado, contemplando esa locura salvaje que llegamos a sentir celestial. A veces, tímidamente, contemplamos ese otro lado de la vida a través de nuestros autores queridos, los antihéroes cuyas historias nos hacen sentir un poco vivos.

A Velázquez no le cuesta nada sumergirse en ese mundo. Es su hábitat, es el mundo en que se funden sus experiencias y sus narraciones. De ahí proviene su voz, el ritmo y la vibración que percibimos en la textura de sus relatos.

En este libro, en el que Velázquez conjuga la narración y el periodismo musical, se filtra el acento generacional necesario para describir las experiencias propias de esta época en la que algunos no podemos reconocernos aún como adultos: los grandes festivales de rock, los locales nocturnos, el contacto con íconos de la cultura popular, moderna o iniciática, el maná soñado; todo aquello que nos hace sentir asombro en este mundo que cada día nos derrota un poco más. Eso es lo que me hace sentir que estoy ante un libro vivo, esa voz necesaria para expresar lo que un no occidental siente al acercarse a la cultura anglosajona que inunda y moldea nuestros gustos, nuestras expectativas e identidades, y que nos arranca de nuestros precarios entornos latinoamericanos.

No estoy seguro de que Velázquez coincida conmigo en esto, en que esa contradictoria identidad nos sitúa no en un punto privilegiado, sino en un nivel en el que las cosas pueden tomar nuevos significados. En su afán de acercarse a sus íconos, no solo no busca la formalidad que haría que un gringo le entienda. No, todo lo contrario, se pierde en un lenguaje auténtico, más latino, diría yo, incluso un lenguaje en clave del norte de México. Velázquez dice: Miren, güeros, así siento yo esta rola anglo, así suena dentro de mí. Su mirada apunta distinto, encuentra matices y conexiones que quizás ni siquiera los creadores de las series estadounidenses, que le fascinan y cuyos escenarios recorre como devoto, tuvieron en cuenta. Velázquez renombra y otorga una vida nueva, pues comprende plenamente los rituales, cada acto que modela al individuo: un concierto significa una conexión con ciertos secretos interiores, observar a una bailarina desnuda realizando acrobacias en un teibol se convierte en un acto contemplativo que nos conecta con el universo, acercarse a un área peligrosa de la ciudad para comprar cocaína no tiene el único objetivo de aplacar el vicio, sino de lanzar la mirada, de situarse ante el mundo.

Ahora que hablo de vicios, pienso que posiblemente el vicio más grande de Velázquez sea escribir, ir narrándose la vida y sus eventos, embelleciéndolos, quitándoles la grasa y la monotonía. Ese sí es un vicio duro, propio de insomnes, una cualidad desconocida para escritores de gabinete. Velázquez inhala la vida, se narcotiza con las substancias que su cerebro genera al ficcionar. Y eso se siente. Un fumón huele, un adicto al crack hiede. Los textos de Velázquez irradian la sustancia, los ojos rojos delatores, los labios secos y la mueca traicionera. Y, como buen pastrulo, Velázquez invita. Nos da un poquito, una ñizca de su bolsa. Pícale, güey, con confianza.

Pero, de ese maremoto interior producido por el desarreglo de los sentidos, es difícil salir ileso. Cuesta mucho y se arriesga demasiado, pues el desequilibrio y la falta de seguridad económica y emocional que a veces arrastran los excesos nos persiguen, y a veces llegan a mordernos. Entonces hay que buscar un ancla, una fortaleza interior en la cual protegernos. Puedo equivocarme, pero creo que Velázquez escribe para protegerse, para que todo ese gran caos en que está inmerso cobre sentido.

Quizás estoy hablando huevadas, tal vez el consumo de estas crónicas me ha despertado un tercer ojo tuerto que tengo por ahí. Pero cada quien hace con su droga lo que quiere. Y a cada uno le pega distinto. A mí me pegan así los libros. Hacen que me quede tieso mirando durante unos segundos un pequeño rincón, reimaginando escenas, posibles diálogos, escenarios y desenlaces. Y en esos segundos de narcotización literaria habitan mundos, en pequeños segundos-universo. El sistema nervioso central se me agudiza, tengo la sensación de que siento y resiento más el mundo. Así que ahora me he quedado un poco así, pensando en las posibles rupturas y abandonos, en las putas mágicas, en las bandas a las que nunca vi ni veré. Desarreglado, pensando que si hubiera visto a Iggy tan cerca quizá no me habría percatado de ciertos detalles, imaginando todas las puertas que sin darme cuenta dejé cerradas y que podían llevarme a los laberintos que describe Velázquez.

Me tomará varios días reponerme, ponerme serio de nuevo. Así pasa cuando la vaina es de calidad.

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