Escape

El violinista que toca para combatir el ruido

El cronista Álex Ayala retrata la protesta musical de Joseba Olazabal contra el ruido

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 31 de julio de 2019

Frente al dormitorio de Joseba Olazabal —pelo entrecano, camiseta a rayas, ojos marrones, 55 años— pasan todos los días camiones cisterna, coches de alta gama, camiones frigoríficos, furgonetas, camiones ligeros, semipesados y extrapesados, coches compactos, motos, caravanas. Donde antes había caseríos y animales y huertas ahora hay una autopista que conecta dos grandes ciudades del País Vasco en España: Bilbao y San Sebastián. Joseba dice que el ruido de los vehículos que la atraviesan es insoportable y que viene ligado a una serie de efectos colaterales: insomnio, ansiedad, nervios. Algunas noches, por culpa de las luces de los automóviles, la ventana de su cuarto “parece una discoteca”.

En la revista peruana Etiqueta Verde, el periodista Eliezer Budasoff comentaba que el sonido de un grifo que gotea es capaz de mantener en vela a un insomne, y que un sonido constante mayor de 65 decibelios puede generar hipertensión y elevar el ritmo cardíaco. En la casa de Joseba, una de las cosas que quiso saber su madre tras estrenar el audífono fue de dónde venía el ruido que se colaba por el aparato. Para resolver la incógnita, bastaba con abrir la puerta.

Joseba a veces protesta tocando el violín muy cerca, en la curva de Mendaro, su pueblo, en un camino a la vista de los choferes. Y a veces lo hace desde una plataforma que ha improvisado entre dos árboles, donde se mimetiza ligeramente con el paisaje.

Sus quejas comenzaron en 2015 por los accidentes viales. “En 2016, solo entre enero y marzo, conté 38”, recuerda. La empresa que está a cargo de las infraestructuras locales colocó franjas sonoras en los arcenes para tratar de evitarlos. Al poco tiempo, los choques y las salidas de carretera disminuyeron, pero los ruidos se incrementaron.

Joseba, que por aquel entonces estaba desempleado, se animó a enfrentar los problemas relacionados con la autopista mientras escuchaba el Opus 10 Nº 3 de Chopin, más conocido como Tristeza. Aunque todavía no es muy ducho tocando porque está aprendiendo, ha convertido el instrumento en una manera de hacerse oír, en una especie de Twitter; y está convencido de que la música amansa a las fieras. Algunos camioneros le saludan con bocinazos, y más de una vez le han fusilado a fotografías desde los autobuses turísticos. “Me vienen a ver como si fuera el museo Guggenheim. Deberían declararme Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”, bromea y se ríe. La paradoja es que toca para pedir la instalación de unos paneles que se utilizan para absorber los sonidos. O lo que es lo mismo: para reivindicar su derecho al silencio.

Joseba suele levantarse a las 6.30. A las 7.00, dice, ya está cansado del tráfico y pone rumbo a un costado de la autopista. A veces toca de pie y a veces su púlpito es una banqueta de patas largas o una silla de pícnic que coloca al lado de una mesita y una lámpara. Entre las melodías de su repertorio hay folk irlandés y canciones que han sido reproducidas en Youtube miles de veces, como Despacito, que él toca para incitar a los coches y a los camiones a rodar más lento.

Algunos días repite “concierto” al mediodía y a la tarde, y en los ratos libres ayuda a su madre y cultiva tomates, lechugas y puerros.

Una de las señas de identidad del violinista son sus carteles. “Help Trump”, dice en uno de ellos porque el presidente estadounidense es experto en construir muros y eso es justo lo que él necesita. “El ruido no me deja soñar”, “I have a dream”, “Agosto no cerramos”, decían otros que utilizó en el pasado. Entre ellos, había uno que era un reclamo directo a las autoridades: “La vida es bella, a pesar de Bidegi y Diputación”.

Diputación y Bidegi son los organismos que no han resuelto aún las peticiones del violinista y otros vecinos. Según Joseba, le prometieron una medición de los decibelios, pero le han negado una copia de los estudios que supuestamente hicieron en los alrededores. “Además, han retirado varios de mis carteles, me han restringido el acceso a parte de mis terrenos con un enmallado y han amenazado con denunciarme porque dicen que despisto a los conductores”, lamenta mientras un gallo canta a lo lejos.

Como respuesta a lo que considera un amedrentamiento, hay días en que se acerca a la curva y pasea con un paraguas abierto y una cinta aislante en la boca para denunciar que quieren callarle y a veces se protege del sol con un sombrero de paja con el que parece un Quijote de nuestra época.

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