Escape

El solitario George

El solitario George.

El solitario George.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 28 de febrero de 2018

Decidimos partir a la vecina Isla de Santa Cruz desde nuestra anfitriona Isla de San Cristóbal, donde viven 6.000 vecinos que se conocen todos, puedes dejar olvidado el celular en un bar y te lo devuelven al cachito. Los cristobaleños se referían a Santa Cruz como la isla grande, maleadita, con 15.000 habitantes, boliches, aeropuerto comercial de Baltra y hasta algún robo. Varios nos desanimaban a ir, pero mi compañera quería conocer al solitario George, un tortugo gigante, último de su especie:

—“es como nosotros”, me demandaba desde su rulo. Planeamos ir y volver en el mismo día. Partimos a las 07.00 en una lancha de tres motores. La mañana estaba luminosa, unos 50 viajeros transnacionales apostados en el muelle esperaban con sus mochilas gigantes y tablas de surf. El guía callejero que nos vendió el pasaje se hizo nuestro cuate, nos hizo llamar en primer lugar, decidimos ir en la parte de arriba, junto al piloto de la lancha, en una cabina primorosa de faz al océano. El viaje de dos horas traspasaba un océano sideral, debíamos retornar a las 15.00 pues solo en estos horarios funcionan las lanchas interislas de Galápagos. La nave partió veloz, la visión era soberbia, disfrutamos las dos horas acuáticas, el piloto Carlitos también se hizo nuestro cuate: bolivianos por primera vez, gritaba rebotando en el mar.

El cantautor galapagueño Hugo Idrovo nos había recomendado conocer a Benjamín, quien viajaría en la misma lancha. En medio del brinco le hice un “watsap” náutico, Benjamín contestó con señas, lo vi abajo, sentado al lado del motor. Entonces aprendí que la mejor posición para viajar las dos horas marítimas era abajo y atrás. Cuando llegamos a la Isla de Santa Cruz me presenté a Benjamín diciéndole que era amigo de Hugo, mi afecto lo desarmó. Era un cuarentón guapo, con cara de poeta portugués, expresión dramática y novelera. Desayunamos bolón con huevo en una taberna del puerto, el mar infinito nos escuchaba, contó que era abogado, juez ambientalista, que había decidido dejar su Quito natal para siempre, que estaba bien en Santa Cruz. Entonces nos invitó a pasar a su auto oficial, uno de los pocos habilitados para ir hasta la Estación Científica Charles Darwin de Galápagos, agolpada en la punta de un cerrito, es una excepción, lo hago por Hugo, dijo solemne; decenas de gringos morados cargando sus mochilas gigantes nos miraban con rabia desde su caminata de subida. Nos despedimos de Benjamín jurando vernos pronto.

Entonces caminamos y caminamos por la Estación Darwin buscando al famoso solitario George llegando sudorosos a una terracita: seis metros abajo estaba el corral con piscina del tortugón. Un guía voluntario sesentón belga de nombre André hablaba hasta por los codos con un grupo de turistas plurimulti, indicaba que George tenía 110 años, que era como ver al último león de melena negra, al último oso atlas, hoy extintos. —“Fue traído al centro Darwin desde su isla originaria de Pinta en 1971, pesa unos 100 kilos”, decía en buen español. El solitario estaba metido en su guarida, solo se veía su arcaico trasero. —“Surge de su casita cuando le dan de comer los lunes, miércoles y viernes”, dijo André. Era jueves, puteamos suavito. El guía contó que George no era tan solitario, que le habían traído dos hembras de otra especie, que se las había cascado a las dos, salieron huevitos pero nunca florecieron. Los turistas, agitados por la subida, se aburrieron del parloteo belga y se fueron. Decidimos esperar más abajito, en una sombra de frente al mar, la humedad costera arrasaba, nos derretimos en pelícanos y botes bañándonos en protector solar. Se hizo mediodía, volvimos a despedirnos de George.

Entonces, súbitamente se abrió la puerta del corral, seis metros abajo ingresó el cuidador del solitario, don Fausto Llerena, portaba un balde y una papaya, le acompañaba su joven sobrina quiteña que había demandado la excepción. George sintió el olor de su amigo y empezó a mover lentamente las posaderas, a retroceder como un gran tráiler inmemorial. Don Fausto sacó la manguera y empezó a regar la piscinita, el tortugón se puso feliz, desplegó como grúa jurásica un enorme cuello desde su caparazón impar, sus patotas tamboreaban el polvo, lentamente se aproximó a su querido amigo, metía y sacaba la cabezota expresando su sorpresa de jueves. Cuando apareció la papaya nos regaló una sonrisa imaginada que se materializó al dar el mordisco, sus labios centenarios se tiñeron de naranja, parecía un niño feliz. André dijo que en los 20 años que venía al centro nunca lo había visto así. Mi compañera opinó guiñando: —“Es por nosotros”. Le preguntó a los gritos al cuidador desde cuándo se ocupaba de él… —“Desde el inicio, hace 40 años”, respondió amable don Fausto. André dijo pomposo: —“este lugar se llama Centro de Crianza de Tortugas Fausto Llerena en homenaje al cuidador”. El solitario George aún remachaba los restos de papaya, sentimos que nos miraba, había decidido homenajear a los bolivianos que galoparon miles de leguas marítimas solo para verlo. André quería traer al grupo de turistas aquel pero no pudo, quedó embelesado por George secando al sol su caparazón enlosado con su sonrisa de papayas. El tortugón retornó pesadamente a su guarida regalándonos un último vistazo. Mi compañera se escurría las lágrimas, había soñado con este encuentro. André insistía en ir a un cibercafé para vaciar las imágenes exclusivas de mi vetusta cámara de video, era lejos, en el pueblo: —“por favor”, clamaba en belga, le expliqué que perderíamos la lancha. Retornamos dichosos, sabíamos que el momento había sido único, más aún porque George y su especie morían definitivamente dos meses después.

  • El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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