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La resiliencia de los Uru Chipaya

Fue llevada ayuda alimentaria al pueblo milenario, que acaba de sufrir una inundación.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 09 de mayo de 2018

En este momento no hay dinero”. La respuesta de Zacarías Huarachi, lanqsñi paqh mä eph (principal autoridad ejecutiva) de Chipaya, es lacónica. Este municipio tiene muchas necesidades y ha sufrido recientemente una inundación, por lo que ha llegado ayuda internacional. No obstante, los uru chipaya han aprendido que el éxito para seguir perviviendo en este territorio agreste es que se adapta a las vicisitudes.

Es complicado llegar al municipio de Chipaya —tercera sección de la provincia Sabaya, en el departamento de Oruro—, ya que después de transitar por una carretera asfaltada, a partir del desvío de Ancaravi, el camino es de tierra.  

Las leyendas cuentan que cuando los romanos derrotaron a los fenicios en Cartago, entre los años 149 y 146 antes de Cristo (a.C.), los vencedores echaron sal a la tierra para que no creciera nada alrededor. Algo así parece suceder cuando el vehículo avanza rumbo al pueblo orureño, ya que a los costados de la vía se observan capas blancas y brillantes mezcladas con la paja brava del altiplano.

Después de casi tres horas de recorrido, con vegetación casi inexistente y unos cuantos camélidos que se alimentan de lo que encuentran, el vehículo llega a la tierra de la célebre Sebastiana Kespi.

En 1953, el pueblo uru chipaya fue visibilizado a través del cortometraje Vuelve Sebastiana —dirigido por Jorge Ruiz—, que narra la historia de una niña chipaya que se aventura a conocer el territorio aymara y que se da cuenta de las condiciones precarias en las que vive su pueblo.

Han pasado 65 años desde el estreno de aquella docuficción que ganó varios premios internacionales y parece que poco ha cambiado en la situación de los uru chipaya. Con una antigüedad de 2.000 años a.C., se considera que son los primeros pobladores del altiplano, que vivían de la caza y la pesca entre los lagos Titicaca y Poopó, y el río Desaguadero.

Con el transcurrir de los años, su territorio se fue reduciendo como consecuencia de las sequías y la invasión de otras naciones indígenas, en especial la aymara y la quechua, que además los influyeron con su cultura. Los pobladores con quienes se empieza a conversar repiten este panorama poco alentador, a lo que se sumó, hace poco, una inundación, por lo que personeros de la ONG Save The Children han arribado al lugar con el fin de llevar ayuda, aunque antes deben reunirse con autoridades y representantes del municipio.

‘Las casas eran puro redondo’

Entre las autoridades y principales dirigentes está Sebastiana Kespi (76 años) como el personaje que no debe faltar. Vestida con una pollera y enaguas de lana de oveja y de llama, una aymilla (camisa) clara con terminaciones celestes y un thalo (manta) café oscuro, la figura cinematográfica —reconocida en 2017 como Premio Nacional de Gestión Cultural Gunnar Mendoza— escucha atenta todas las exposiciones.

“Las casas, antes, puro redondo eran”, rememora la actriz. Es que antes de la época colonial, los chipayas vivían en putukus, viviendas de forma cónica construidas con adobes y paja. De esas estructuras ahora hay unas cuantas. En cambio, las wayllichas —casas también cónicas que se diferencian porque en la parte superior tienen techos hechos de t’ola y paja— todavía perviven, aunque de a poco están siendo reemplazadas por construcciones rectangulares y techos de calamina.

“No me he trenzado, con trencita sé caminar”, se lamenta mientras sus pasos la llevan por una calle de tierra que aún tiene algunos charcos y que está alfombrada de pedazos de bolsas y botellas plásticas.

De repente se detiene en una casa que no tiene pared y sigue un sendero que la lleva a la habitación donde vivió con su marido, Benigno Alavi. De esos tiempos no queda casi nada, porque el cuarto está vacío debido a que, hace unos meses, el Gobierno le entregó una vivienda. “Antes usábamos cuero de oveja, ahí sabíamos dormir, no dormíamos en catre”, comenta al cerrar su cuarto para dirigirse a su nueva morada, que queda a unas seis cuadras de la plaza principal, prácticamente donde termina el pueblo. Mientras intenta arreglarse el cabello, Sebastiana comenta que, por las sequías e inundaciones, hace varios años viajó a Antofagasta (Chile) para trabajar en plantaciones de lechuga y cebolla, pero retornó al poco tiempo. “Acostumbrada he debido estar”, explica.

Sebastiana intenta vivir de los pocos recuerdos que le quedan. “Me han dicho que debería recibir sueldo (por el filme), me reñían por eso. Creían que gano mucho dinero, pero yo no gano nada”. En su nuevo hogar dejó de usar bosta de llama para preparar sus alimentos, porque ahora tiene una cocina pequeña y una garrafa de gas licuado, que es complicado conseguir por la distancia con los centros más poblados.

Al retornar al centro de Chipaya, Sebastiana no recuerda que en noviembre del año pasado se perdió en la ciudad de Oruro. Lo que rememora es que con su esposo visitó algunas ciudades del país y que, incluso, la llevaron a Francia. De la película que hizo conocer su cultura, ella solo rememora que “las casas eran puro redondo”.

Cruel naturaleza

“Las calles se han vuelto como río”. Santos Paredes, diputado representante de la nación uru chipaya, informa que, a inicios de este año, las lluvias constantes ocasionaron el desborde del río Lauca, que está cerca del pueblo. “Había defensivos en torno a la población, pero no han sido suficientes para evitar el agua”. Como consecuencia de ello murió parte del ganado, algunas viviendas cayeron y, en efecto, las calles se convirtieron en ríos.

Chipaya —ubicado al suroeste de la capital orureña— se encuentra en medio de un territorio árido, por lo que cada año la gente sufre por la sequía; pero entre febrero y marzo se presentaron fuertes precipitaciones pluviales, que dejaron 350 familias damnificadas.

En el ayllu Ayparavi —distante a una hora y media del pueblo— el anegamiento afectó las aulas de la Unidad Educativa Puente Topáter, donde cerca de 90 menores estudian de forma precaria. “En el siglo XXI no se puede pasar clases así”, comenta el profesor Federico Condori. Es que las habitaciones lucen como si hubieran sido víctimas de un ataque militar. Además de las puertas que parecen que están a punto de caer, el piso es inestable con bloques de ladrillos puestos en desorden, mientras que para reemplazar los vidrios rotos han puesto plásticos que difícilmente protegen del frío en un lugar de temperatura gélida. Tres mesas y siete sillas son insuficientes para los alumnos que pasan clases. Para completar el panorama, deben acomodarse a los costados de los huecos que hay en el techo, de donde en cualquier momento puede caer no solo paja, sino restos de estuco y madera. La situación es similar en los centros infantiles de los ayllus Aransaya y Manasaya, que carecen de murallas externas, energía eléctrica y material didáctico.

El 31 de enero de este año, con la presencia del presidente Evo Morales, nueve personas fueron posesionadas como autoridades de la Autonomía Indígena Originaria Campesina Uru Chipaya, en reemplazo del gobierno municipal. Por ello ahora existe el Chawkh Parla como máxima instancia de ejercicio de la democracia, integrado por mänakas (mujeres) y ephnakas (varones). En reemplazo del alcalde fue creado el cargo de lanqsñi paqh mä eph, que recayó en Huarachi.

“Existen proyectos, pero la desventaja es que no hay dinero en el banco”, se lamenta la autoridad originaria. De acuerdo con su explicación, el proceso para el cambio de figura administrativa produjo que el municipio sufra el congelamiento de sus cuentas, lo que imposibilita, entre otras cosas, que los menores de edad reciban alimento en las unidades educativas.

En busca de ayuda

“Si los niños no tienen alimentos no asistirán a las clases”, lamenta Augusto Costas, director de Educación en Bolivia de Save The Children, que arribó a Chipaya como parte del Equipo Humanitario de País —perteneciente al Sistema de las Naciones Unidas (ONU), que coordina la acción humanitaria en una nación—. Mientras el gobierno indígena soluciona sus problemas económicos, la organización ayudará durante dos meses con alimentos para 476 alumnos de las unidades educativas Santa Ana y Urus Andino, la escuela inicial Ayparavi, además de los centros infantiles de los ayllus Aransaya, Manasaya y Ayparavi. El respaldo viene con material de aula para nueve educadoras del nivel inicial y 34 maestros del nivel primario y secundario, mientras que 62 menores del nivel inicial recibieron papel de colores, tijeras y pegamento.

Por otra parte, Save The Children incluyó a Chipaya en un proyecto educativo con el fin de que los niños que asistan a centros infantiles tengan “educación de calidad, inclusiva y con equidad”, explica Adriana Ayala, coordinadora de Educación Inicial de la ONG.

Este plan (que en una primera fase estuvo en los departamentos de Chuquisaca, La Paz, Potosí y Cochabamba) consiste en construir y refaccionar unidades educativas, capacitar a las educadoras, promover que las autoridades destinen parte de su presupuesto a la primera infancia y organizar encuentros que relieven la importancia de la infancia, trabajo que durará dos años gracias al apoyo económico de la empresa automovilística Ferrari.

“Me gusta la cultura chipaya, es bien bonita, me gusta la vestimenta”, asevera Éver López, de 11 años y estudiante del colegio Santa Ana. Es que a pesar de vivir en un territorio difícil y con inclemencias de la naturaleza, los chipayas se mantienen fuertes en su idioma, en sus tradiciones y su orgullo de ser una cultura milenaria.

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