Escape

El príncipe cubano de la danza

Carlos Acosta creció bailando break en las calles de La Habana y soñando con ser futbolista. Pero gracias al ballet escapó de una infancia conflictiva. Hoy es referente de la disciplina en su país; una nueva película aborda su vida, marcada por la incesante búsqueda de la belleza.

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Vicent, de El País

00:00 / 09 de mayo de 2018

La mochila que Carlos Acosta lleva consigo a los ensayos no es la de un bailarín normal. Además de zapatillas, camiseta y mallas de rigor, en el morral este artista cubano de 44 años carga una infancia dura y repleta de piedras. También una trayectoria que deslumbra por sus éxitos, el último: la compañía y la escuela de danza que fundó y dirige hace dos años en su Habana natal.

Hijo de un camionero de escasa cultura, criado en un barrio marginal de la capital llamado Los Pinos, desde muy pequeño sufrió la violencia y la división racial en su propia familia. Por parte materna estaban los blancos, que podían ir a la playa de Varadero y tenían pasaporte para emigrar. Él y su hermana Marilín eran los negros, hijos de Pedro Acosta, un hombre de carácter rudo, descendiente de esclavos —pero orgulloso de sus orígenes—, que desde pequeño trató de inculcarles que por ser negros y pobres tenían que esforzarse y luchar el triple que los demás.

Desde su nacimiento, Carlos lo tuvo todo en contra. Con sus amigos bailaba breakdance callejero y quería ser futbolista. Pero su padre, que intuyó que en aquel medio hostil la danza podía ser su salvación, le obligó a comenzar la escuela elemental de ballet a los nueve años. “Aquello era tremendo. Tenía que levantarme a las cinco de la madrugada y coger yo solito dos guaguas para ir a clase, y en el barrio solía andar enredado en peleas porque mis amigos me llamaban maricón. Lo normal es que en aquel ambiente machista en que vivíamos mi padre se hubiera opuesto al ballet porque eso era cosa de homosexuales. Pero no. Él me empujo a hacerme bailarín”.

Tras ser expulsado del colegio por sus continuas faltas e indisciplinas, después de que su padre le diera una paliza bestial cuando se enteró, fue enviado interno a una escuela de artes en la provincia de Pinar del Río. Allí se sintió abandonado. Pero su refugio ante la soledad y la frustración fue el trabajo duro. “Cada miércoles había visita familiar, venían todos los padres a ver a sus hijos y les traían comida y compartían ese rato, pero a mí no venía a verme nadie”. Toda su rabia y su dolor los volcó en su arte. “La danza era mi salvación y esa salvación nadie me la iba a quitar”.

Dice Carlos Acosta que uno viene a este mundo con el don, pero la fuerza y todo lo demás viene del dolor. “Sí, el dolor: dolor del alma y dolores físicos, porque el ballet es dolor físico para amoldar el cuerpo a que haga tu deseo. Es una paradoja, porque del dolor sale el genio. El castillo no te enseña nada, pero el desierto sí, y a mí me tocó el desierto. Yo no le deseo a nadie ese sufrimiento, esa sensación de soledad, pero es que ese sufrimiento al mismo tiempo es lo que me dio la rabia y la pasión”.

Con 16 años, ganó la medalla de oro en el Grand Prix de Lausanne y ese niño pobre empezó a romper moldes. En un mundo donde los príncipes y los Romeos eran blancos, donde todo era elitismo y el color de la piel importaba, fue el primero en imponerse y demostrar que la danza era cosa de capacidades, no de razas, abriendo el camino a otros bailarines negros.

“Nadie puede imaginarse lo que se siente cuando estás parado en un salón de ensayo y hay 80 bailarines blancos y solo dos negros, y viene alguien y te mira así, de arriba abajo, y sigue caminando. Es muy intimidante. Esa mirada puede decir millones de cosas, o nada, tú no sabes, pero como ya estás predispuesto piensas de todo, y te dices, ‘esto va a ser muy duro, esto me va a costar mucho más que a los demás’”.

Lo contrataron a los 18 años como primer bailarín del English National Ballet. Pasó después una breve etapa en el Ballet Nacional de Cuba, donde se sintió menospreciado y se marchó. “Yo ya era primer bailarín, había bailado con grandes figuras, y al venir para acá me pusieron como tres categorías por debajo”. Y luego, cinco años más como figura principal del Houston Ballet. En 1998, Anthony Dowell lo llamó para entrar como primer bailarín del Royal Ballet de Londres. Allí desarrolló una carrera deslumbrante, convirtiéndose también en coreógrafo.

En 2006, “como una terapia y para aprender a perdonar”, escribió No Way Home, donde relata los avatares de su impresionante carrera. El libro sirvió de inspiración al cineasta Paul Laverty para elaborar el guion de Yuli —el apodo de Acosta en su niñez—, que Iciar Bollain acaba de filmar en La Habana, Londres y Madrid, y en la que Carlos se interpreta a sí mismo. La ficción, ahora en proceso de montaje, transcurre en la actualidad, cuando el bailarín regresa a La Habana a montar una coreografía sobre su vida, alrededor de la cual se teje la historia. “Revivir mi pasado, actuarlo, bailarlo durante el rodaje ha sido una experiencia intensa y dolorosa”, confiesa en la sede de Acosta Danza, la compañía que fundó en septiembre de 2015 tras despedirse del ballet clásico y regresar a vivir a La Habana.

Hoy vive con su esposa y sus tres hijas en una hermosa casa de Siboney y allí guarda en un viejo cajón cientos de fotos de su vida: está su primera actuación en el Bolshói (1994), cuando interpretó El corsario —“era la primera vez que allí habían visto bailar a un negro”—; en el Royal Albert Hall, con el príncipe Carlos, después de haber bailado Don Quijote con Tamara Rojo; en una foto amarillenta, a los 17 años, preparándose en La Habana con su profesora Ramona de Saa para un concurso de París. “Ella fue la que me dio la oportunidad de medirme con los más grandes”.

Aparece de pronto una fotografía con su padre, figura vital en su vida y uno de los ejes principales de la película. Estaban las palizas, la dureza en el trato, “pero al mismo tiempo entre ellos hay una increíble historia de amor, y esa relación padre-hijo tan especial está en el corazón de Yuli”, comenta Bollain. “La estrella de mi vida es mi padre, sin él yo hubiera sido un delincuente, o estaría en Miami, o me hubiera convertido en un muchacho ordinario que hubiera ido a la escuela local, que es lo que yo quería. En el mejor de los casos me hubiera decidido a ser ingeniero, o a lo mejor nada. Muchos de mis amigos se fueron en balsa o están presos, y eso iba a ser yo”.

Dicen Bollain y Acosta que Yuli es más que la simple historia de un bailarín, o una historia de superación personal. “Está todo eso, pero Yuli, sobre todo, es una gran historia de amor: amor de un padre a su hijo; amor a la danza, que fue la que me hizo; amor hacia mis hermanas y hacia el pasado que viví. Y también, del amor de este Carlos Acosta que ahora regresa a su país y quiere sembrar en Cuba. La danza está ahí pero no es lo principal…”, opina el creador de Acosta Danza.

“Yo podía haberme dedicado a una vida de ocio y olvidarme de todo, pero no regresé a Cuba para eso”, prosigue, mientras los bailarines ensayan al lado. “Ahora tenemos este espacio y también funciona aquí la escuela, pero mi gran sueño es salvar el fabuloso edificio de la Escuela de Ballet del Instituto Superior de Arte (construido por el arquitecto italiano Vittorio Garatti en los terrenos del antiguo Country Club) y hacer allí la sede del proyecto”.

El objetivo de su escuela es preparar bailarines versátiles y capaces de abrazar la dualidad de técnicas, la clásica y la moderna, y que sirvan de cantera a Acosta Danza. Ahora hay 11 alumnos, seis chicas y cinco chicos. Todos son graduados de nivel elemental de danza cuando entran, con 14 o 15 años. “Los formo para mi compañía, pero cuando se gradúen, con el perfil que salen pueden hacer una carrera clásica o contemporánea. En mayo serán las audiciones para el próximo curso, en el que habrá 10 cubanos y por primera vez 10 extranjeros que hemos seleccionado, gente con talento pero sin recursos, cuya formación será pagada por mi fundación”.

Las coreografías de la película son de la catalana María Rovira. Es este mismo bailarín el que interpreta el papel de Acosta maduro, y durante el rodaje hubo momentos muy difíciles. “Fue una experiencia que me drenó tremendamente. Mi infancia y mi vida han sido duras, y eso de escarbar en los recuerdos siempre me ha resultado doloroso. Ya mis padres fallecieron, mi hermana falleció y yo trato de no mirar atrás. He desarrollado una especie de mecanismo de defensa para bloquear ese pasado. Ahora he vivido de nuevo todo aquello, lo he bailado, lo he actuado, me he explicado una vez más cómo fue…”.

Cuando tuvo que interpretar la coreografía de la paliza brutal que le dio su padre con un cinturón el día que se enteró de que no iba a clase, lo pasó fatal: “Fue una escena tremenda, realmente allí estaba el espíritu de mi padre. Era danza, pero en medio del baile todo cambió…, empecé a hablar, a irle arriba al bailarín que me interpretaba dándole cintazos, se fue la danza pal carajo y aquello se convirtió en otra cosa, yo llorando y todo el equipo llorando… Hubo que repetir, y llegó un momento en que le dije a Iciar: ‘Lo siento, pero no puedo vivir esto de nuevo…’”.

Algunos amigos le aconsejaron no implicarse tanto y dejar la interpretación de su vida en manos de un actor profesional. Él prefirió asumir el reto, pero no por ego, sino por compromiso con su pasado. Del mismo modo, mucha gente en Cuba trató de disuadirle de sus proyectos. “Me dicen que no me desgaste, que no voy a conseguir nada; sin embargo, hasta ahora las autoridades han priorizado mis ideas y mis planes y eso me da esperanza”. En estos momentos la situación de la enseñanza artística es preocupante, asegura. “El rigor que existía cuando yo estudié no es el mismo, todo está muy deprimido y depauperado. Pero resulta que a mí todo esto me importa, tengo ese sentido de la responsabilidad, quiero ayudar. Si no funciona, pues ya está, no funcionó, pero lo intenté”.

Uno habla con Carlos Acosta y se da cuenta de que más allá de sus éxitos sigue siendo ese niño rebelde y sensible que jugaba en las calles de Los Pinos. No ha olvidado su raíz y las enseñanzas de su padre. El desierto, no los castillos, fue lo que le dio la pasión y es por eso que hoy está aquí y sigue adelante.

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