Escape

Un nuevo vuelo para Coroico

Mediante la práctica del parapente, la población yungueña espera la llegada de más turistas.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 04 de julio de 2018

En lo más alto de Uchumachi —el cerro protector de Coroico—, la manga de viento luce totalmente extendida, indicativo de que es un buen momento para volar. El paracaídas se encuentra suspendido en el aire, las decenas de cuerdas están tensas y el piloto está atento a que sea el momento para partir, mientras que los espectadores alientan con aplausos y gritos. A 2.534 metros sobre el nivel del mar, Guiovanni Gamarra es el primero en volar en el cielo como parte del Tunkipente, un festival de parapentismo que marca el inicio de las nuevas actividades del municipio ubicado en la provincia Nor Yungas.  

Autoridades ediles, operadores de turismo y parte de la población reconocen que ha descendido la cantidad de visitantes a esta región yungueña. De acuerdo con el alcalde de Coroico, Richard Escóbar, esta baja se debe a la apertura de hostales y hoteles en Yolosa, Santa Bárbara y San Joaquín, adonde las agencias de viaje prefieren llevar a sus clientes con el objetivo de abaratar costos. “Es por eso que los turistas han visto por conveniente quedarse ahí para regresar a La Paz”.

El sacerdote Freddy del Villar, vicario general de la Diócesis de Coroico, señala como responsables a las autoridades —entre las que se incluye— y a todos quienes viven de la llegada y estadía de visitantes. “Hay conciencia de todas estas dificultades. Sabemos que el principal ingreso económico de Coroico es el turismo, por eso se está tratando de incentivar la llegada de gente nuevamente”.

En busca de reposicionarse como uno de los mejores destinos del país, la municipalidad, la Escuela de Parapente Halcones de La Paz y operadores turísticos planearon la diversificación de las ofertas. Una de ellas es la primera versión del Tunkipente, un festival de parapentismo y música que se espera se lleve a cabo de ahora en adelante para la fiesta de San Juan, con el fin de hacer tomar conciencia del medio ambiente y evitar el encendido de fogatas, que dañan sobremanera el Área Protegida de Cotapata-Santa Bárbara.

Así como el viento es favorable para que la manga verde fluorescente esté extendida, todos los actores de la economía del pueblo han unido fuerzas para que el festival sea un éxito. Por ello, con la asistencia de 35 pilotos provenientes de los departamentos de La Paz, Cochabamba, Oruro y Tarija, el cielo coroiqueño se llenó de humanos voladores el sábado 23 y domingo 24 de junio.

El despegue es el momento más emocionante de este deporte extremo, que surgió como tal en los años 80, en Francia, cuando unos paracaidistas saltaron desde pendientes de los Alpes y con unos paracaídas modificados. La ventaja de este deporte es que el aparato para volar cabe en una mochila que pesa hasta 15 kilos, el aprendizaje es relativamente sencillo y existen varios lugares para practicarlo, como Río Abajo, Copacabana, Irupana, Camargo o Coroico.

Con las nubes que cubren el horizonte, viviendas que han sido construidas en lo alto de los cerros y el río Coroico que no cesa de circular cientos de metros abajo, Giovanni —que por ahora está de espaldas al precipicio— espera que el viento llene de aire el paracaídas y que se ubique por encima de él. Cuando ocurre ello ya puede manejar el movimiento de la tela delgada; da media vuelta y corre. Son como cinco segundos en que se desarrolla una pelea con el viento para convertirse en ave, mientras los compañeros de vuelo y los espectadores le alientan.

La corriente no cesa de oponerse al salto, por lo que los pasos tienen que ser más rápidos y con entereza, mientras que el corazón late con fuerza y la vista se enfoca en el espacio que hay entre las nubes y el suelo verde. Contrario a lo que se pueda creer, el parapentista no desciende, sino que se eleva, hasta alcanzar los 60 metros por encima de los observadores. “Una vez que estás arriba sientes que la corriente de aire te estabiliza, empiezas a ganar altura con las térmicas para estar el mayor tiempo posible en el cielo”.

Mayco Méndez, dirigente de la Escuela de Parapente Halcones de La Paz, cuenta que hubo dos intentos anteriores para llevar a cabo el festival en Coroico pero, como manda el enunciado, la tercera fue la vencida, en un territorio que tiene las condiciones termodinámicas que permiten volar incluso un par de horas. “El parapente se pinta muy bien en este lugar, tiene mejores condiciones en comparación con otros sectores”, asegura.

En lo alto de Uchumachi, los gritos dejan de ser percibidos. Solo se escucha el viento que acaricia las mejillas, mientras que las nubes se guarecen a los lejos para impedir observar los cerros de la Cordillera, y los caminos de tierra se convierten en delgados hilos marrones.

“Este deporte ayuda a conocerte mucho porque estás sola ahí arriba, por lo que tienes que controlar la situación y disfrutar”. Hace nueve años, Sandra Espejo ni siquiera conocía la palabra parapente, hasta que conoció a unas personas con mochilas grandes que iban a un lugar alto para desplegar el ala de tela delgada.

Desde aquel momento sintió deseos de volar. Primero lo hizo acompañada en un biplaza, luego quiso hacerlo sola, así es que aprendió a volar con la ayuda de un instructor, ahorró dinero y consiguió el equipo que le permite asistir a ésta y otras actividades, para compartir la pasión de sentir “algo que jamás había experimentado, donde hay armonía, paz y equilibrio”.

En el primer día del Tunkipente se realizó una competencia de precisión, es decir, aterrizar en un punto determinado. Después de volar durante más de media hora y recorrer 3.650 metros desde Uchumachi, Giovanni estaba muy cerca del objetivo, en la comunidad San Joaquín, pero en la última parte la corriente de aire, que era muy fuerte, le dejó varios metros por delante del círculo multicolor.

Al levantar la vista, el espectáculo es inigualable, con varios pilotos suspendidos en paracaídas multicolores y que descienden poco a poco, como aves rapaces que planean para cazar a su presa. Debido a la corriente fuerte, la mayoría no consigue acercarse al círculo, algunos incluso caen cerca del río, pero el apoyo y las risas continúan. Así como Giovanni fue el primero en aterrizar, María Mollo —una mujer de pollera de más de 50 años— fue la primera pasajera en participar en el Tunkipente.

“Yo no quería volar”, dice. Pero su hijo insistió para que aceptara que le pusieran el arnés, el casco y sostuviera el palo selfi. “Es un poco difícil partir”. Tiene razón, porque cuando recibe la orden de correr debe hacerlo con todas sus fuerzas, hasta alcanzar la velocidad que le permita confundirse en el cielo con los demás parapentistas. Cuando le preguntan si lo va a repetir, responde con un rotundo “no”.

Para distender más los ánimos, los pilotos se disfrazaron el segundo día de competencia, así es que no era raro ver a Iron Man, Yoda, un pulpo lila o un bañista que descendió con una tina de papel.

Paco —comunidad donde partieron los pilotos— debe su nombre a paca, una especie de águila que desciende de las montañas para cazar conejillos, serpientes y algunos animales nocivos. “En este lugar abundan también las suchas y tunkis. Junto a ellos está volando por primera vez un ser humano”, dice Luis Pocoma, poblador de Paco, quien está esperanzado en que el parapente atraiga más visitantes.

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