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Una mina de voces

La fonoteca de radio Pío XII es la más grande veta de la historia oral del movimiento sindical minero boliviano. Urge digitalizarla para explotar toda su riqueza.

Pío XII. Roberto Durette, director de la emisora, en el estudio de grabación de la radio. Foto: Guimer M. Zambrana Salas

Pío XII. Roberto Durette, director de la emisora, en el estudio de grabación de la radio. Foto: Guimer M. Zambrana Salas

La Razón (Edición Impresa) / Guimer M. Zambrana Salas

00:00 / 06 de diciembre de 2017

Aquel día, a Domitila Chungara tampoco le permitieron hablar. Peor aún, borraron para siempre ese registro de su voz. Un productor de Radio Pío XII se encontraba escuchando la cinta en la que estaba grabada la palabra de la líder de las amas de casa mineras, cuando irrumpieron dos agentes de la última dictadura militar, decomisaron el registro y lo destruyeron. Felizmente, ni sospecharon que unos metros más allá yacían en silencio las voces de Federico

Escóbar, Irineo Pimentel, César Lora, Juan Lechín, Víctor López, Filemón Escóbar…

Radio Pío XII, de Siglo XX, guarda celosamente la memoria oral del movimiento minero boliviano. Las sotanas de sus propietarios, los Oblatos de María Inmaculada, le han permitido preservar los registros que la emisora ha recogido desde inicios de los 60, aproximadamente. Horas y horas de grabaciones de reuniones, ampliados y congresos mineros, además de entrevistas sobre la siempre agitada agenda de los combativos trabajadores del subsuelo.

Y no es que haya estado exenta de peligro. Las radios mineras —incluida la Pío XII, que pertenece a la Iglesia Católica— siempre han sido el blanco de los permanentes ataques que sufrieron los campamentos. Lo primero que hacían los uniformados era tomar el control de las emisoras del lugar y con la Pío no hubo excepción. Felizmente, los curas oblatos guardaban los registros dentro de su propia casa o lejos de los estudios de emisión.

Archivos que guarda la audioteca y que corren riesgo de perecer.

Pero los milagros también tienen fecha de vencimiento. Gran parte del audio que atesora esa fonoteca se encuentra registrado en cintas magnéticas de bobina abierta. Este soporte fue muy útil y práctico para la radiodifusión, pero, con el paso del tiempo, corre el riesgo de secarse, estirarse, partirse y perder toda la información que guarda.

Entonces, ¿por qué no se digitaliza semejante patrimonio? El director de la emisora, Roberto Durette, sonríe cuando escucha la obvia pregunta. A la gente de la Pío no le faltan ganas, pero son tiempos difíciles para las estaciones de radio, gran parte de lo que generan alcanza para su sostenimiento. El cambio de soporte exige transferir el audio a la computadora en tiempo real, además de escuchar el material para hacer un catálogo de quiénes y sobre qué hablan. Y son días y días de grabaciones…

Hasta los suspiros…

De la tristemente famosa Masacre de San Juan se ha escrito mucho, pero se ha escuchado muy poco. Ernesto Miranda, un histórico de la emisora, recuerda que muchos años después desempolvó los testimonios recogidos cuando ocurrió, 1967, e hizo un reportaje que permitió revivir hasta los detalles de esa fatídica noche.

Por supuesto que la palabra escrita tiene capacidad plena para transmitir emociones, pero es la palabra dicha la que permite contagiarnos de lo que realmente estaban viviendo, en ese momento, las personas que sufrieron en carne propia ese hecho ocurrido en Siglo XX y Catavi. Los sonidos, las palabras y hasta los suspiros de varios de los sucesos de la histórica lucha de los trabajadores del subsuelo están guardados en la fonoteca de la Pío.

Una vista del estudio de la radio Pío XII, desde donde hoy se emite la programación diaria.

La célebre huelga de hambre de las mujeres mineras, en 1977, hizo tambalear a la dictadura de Hugo Banzer, quien se vio obligado a declarar amnistía para los dirigentes detenidos y perseguidos, además de convocar a elecciones. Ese acontecimiento fue transmitido por la emisora en cadena con Radio Cruz del Sur y hasta el clima tenso de aquellas horas es posible advertir en las cintas magnéticas.

Los congresos de la otrora poderosa Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia eran una verdadera escuela de formación política y el debate en su Comisión Política ha marcado el rumbo de la izquierda boliviana. La estación emitía y registraba cada una de sus maratónicas sesiones.

Las grabaciones de la famosa Marcha por la Vida registran hasta los motores de los aviones militares que sobrevolaban Calamarca cuando el Ejército retuvo a los trabajadores del subsuelo que caminaban hacia la ciudad de La Paz. Ellos se movilizaban para rechazar la denominada relocalización minera, decretada por el gobierno de Víctor Paz Estenssoro, que provocó la partida de miles de trabajadores y el cierre de la mayoría de las minas estatales. La emisora tiene incluso el registro de todo el proceso de discusión anterior a la medida de presión. Ernesto Miranda recuerda las acaloradas asambleas en interior mina, en las que él participaba grabadora en mano.

También en las ojotas campesinas

Pero no todo son guardatojos en la fonoteca. Desde siempre, los Oblatos han estado muy cerca de las comunidades indígenas del Norte de Potosí y la programación de la emisora también hablaba quechua y calzaba las ojotas de los hombres y mujeres del campo.

Es así que en sus archivos existen los audios de reuniones, ampliados y congresos campesinos de las organizaciones comunitarias de la zona, pero también de congresos nacionales de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos, que la emisora acostumbraba hacer cobertura periodística.

Más rico aún es el registro de la música de la región. Dicen que no hay nortepotosino que no sepa tocar charango y la fonoteca está nutrida de las canciones que interpretan a diario los habitantes rurales de la región. Todos los sábados por la noche se emite Piki Chaki, un programa de participación abierta al que todas las personas llegan con su instrumento musical en la mano y dedican sus canciones a sus familiares que emigraron a distintas regiones del país.

¿Un final de radionovela?

Pío XII es una de las emisoras más importantes que tuvo el éter boliviano. Fue fundada el 1 de mayo de 1959, como respuesta de la Iglesia Católica al discurso izquierdista de las emisoras sindicales La Voz del Minero y 21 de Diciembre. Eran épocas de confrontación ideológica, en las que la revolución socialista parecía caerse de madura. El sacerdote oblato Lino Grenier estaba decidido a detener el “fatalismo marxista” y el medio de comunicación era su punta de lanza.

El libro Una mina de coraje, escrito por José Ignacio López Vigil, relata que el religioso se llevó a Siglo XX a las mejores voces del país y, en la parte técnica, adquirió lo último de lo último: transmisores de ondas corta y larga que le permitían llegar a toda Bolivia, micrófonos transistorizados, enlaces para unidades móviles y hasta un teletipo para recibir noticias de la France Press. Muchos de los vestigios de ese extraordinario trabajo radiofónico se guardan en la audioteca.

Eran las épocas en que la radionovela era el formato estelar en la radio y la Pío XII tenía todo un equipo de productores, actores y actrices para producirlas con gran calidad. Ernesto Miranda recuerda que los guionistas Roberto Valderas y Mario Otero fueron contratados por la emisora y produjeron relatos novelados de calidad extraordinaria.

Años más tarde, Jorge Mansilla Torres, el reconocido Coco Manto, fue parte del staff de libretistas de la emisora. Froilán Sánchez y Víctor Fernández incursionaron en el libretaje en quechua, acercando aún más el atractivo formato a la vida de las poblaciones indígenas de la región. Socavones de angustia, Ulala, Inti wawasnin, o Surumi están a la espera del proceso de digitalización que les garantice pervivir en el tiempo y continuar en el éter, en tiempos en los que se producen tan pocas radionovelas.

Una de las radionovelas producidas por la Pío XII también ha sido víctima de las últimas dictaduras militares. Algunos de sus capítulos han sido declarados “desaparecidos”, luego de que los estudios de la emisora fueran tomados por los uniformados. Pero el riesgo actual es más grave aún: pese a que vivimos en democracia, otros capítulos y hasta las historias completas que guarda su fonoteca pueden desaparecer si no se los digitaliza en el tiempo más breve posible. Y ese, definitivamente, no sería un final feliz…

La ciudad. Desde el atrio de un templo católico construido en el que fue el Campamento Minero Siglo XX, el visitante tiene una vista del área urbana.

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