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‘Soy leco legítimo’

Los pobladores de San Juan de Kelequelera revalorizan su cultura y ahora quieren mostrársela a los visitantes.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos / La Paz

00:00 / 18 de abril de 2018

Sentado en un costado de la plazoleta, que tiene una pequeña piscina hecha de cemento y un molino de caña como únicos ornamentos, Teodoro Chono afirma: “Soy leco legítimo”. Él es médico naturista y el más sabio de la comunidad paceña San Juan de Kelequelera que, después de varios años de estar escondida, ahora siente orgullo por su cultura y quiere mostrársela a los turistas.

“Tío, sacame foto; tío, sacame foto”, gritan en coro los niños que han aprovechado el recreo con el fin de salir de su unidad educativa —la infraestructura más grande del pueblo, con sus dos plantas—, porque son abiertos y se sienten honrados por su ascendencia.

Antes era diferente, comenta Teodoro, pues hubo un tiempo en que la gente se avergonzaba de pertenecer al pueblo indígena leco. “La gente que llegaba de otros países nos tenía miedo porque no nos entendían, ya que no saludábamos en castellano, sino en leco”, rememora.

El estudio San Juan de Kelequelera, una comunidad leco en el siglo XXI —elaborado por Movimiento Regional por la Tierra—, indica que las familias de Marcelino Chono Apuri, Rigoberto Chono y Eliseo Chono Mamio llegaron a esta región en 1942 a través de balsas y callapos por el río Coroico, procedentes de Apolo. Primero fue lugar de paso y luego construyeron un pueblo.

En aquellos tiempos vivían en chozas hechas de motacú, no utilizaban zapatos y vestían camisas largas hechas de tocuyo blanco. “Era una vida de alegría. Cuando cazaban un chancho todos comían a un pedazo y cuando pescaban nos repartíamos entre nosotros”, relata el anciano y sabio del lugar.

San Juan de Kelequelera es una comunidad leca, una de las 36 naciones reconocidas por el Estado boliviano. Las primeras descripciones de ellos se remontan a 1594, hechas por el sacerdote Miguel Cabello de Balboa, cuando entraron en contacto con los españoles, ya sea para intercambiar productos o para enfrentarse en batallas, describe un estudio de la Biblioteca Virtual de Pueblos Indígenas de Bolivia.

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En la actualidad existen aproximadamente 3.400 lecos, quienes habitan los municipios de Apolo (provincia Franz Tamayo) y Guanay (Larecaja).  Kelequelera es la excepción, ya que forma parte del Macrodistrito Zongo, en el límite de la provincia Murillo.

“La gente tenía todo para comer porque vivía del pescado, de la carne de monte, tenían sus chacos de arroz, plátano, yuca, maní. Todo había. Antes no había ni molino de caña porque nos alimentábamos con chancaca”, rememora. Con un poco de tristeza, el sabio de la comunidad recuerda que hubo un tiempo en que los pobladores se avergonzaban de sus tradiciones y que, incluso, olvidaron su lengua.

Pero “como jóvenes queremos volver al ritmo de antes, revalorizar nuestra cultura”, asevera Mirco Chono, agricultor y guía que integra un movimiento para hacer conocer la comunidad. La profesora Alejandra Capa es una de las que recupera los saberes y conocimientos, ya que enseña a los estudiantes de primaria a hablar en leco. “Es un poco difícil porque la gente se está olvidando”, dice antes de seguir sus clases.

Como parte de este proceso, los niños están retomando su cultura a través del tiri tiri, danza leca que en el pueblo se baila con trajes de bayeta adornados con collares de semillas silvestres, además de piel disecada de animales. Ante la ausencia de pífanos y bombos hechos de corteza de árbol, el anciano interpreta la armónica para que los menores hagan dos filas y comiencen a mostrar la coreografía en la plazoleta.

La comunidad no tiene una calle propiamente dicha, sino senderos irregulares que comunican a las casas, donde pareciera que no hay maldad, ya que no necesitan paredes para delimitar sus propiedades. Ahí, al salir de uno de esos vericuetos, está Paulina Chinari, una persona de la tercera edad que, sentada en el suelo de tierra, agita un bañador con granos de cacao tostados para quitar la cáscara y algunos desechos.

Es época de cacaotales, así es que después de bajar el fruto, “con un machete hay que partirlo a la mitad, se sacan las pepas y hay que hacerlas macerar durante dos o tres días”, explica la mujer, quien lleva a los forasteros a su casa hecha de madera, donde muestra la sartén vieja donde ha tostado el cacao, que después se muele para transformarlo en chocolate.

Luego de dormir en carpas, con el arrullo del río y el garrir de los loros —Kelequelera proviene de kele kele, que significa loros pequeños, y lera, que quiere decir pampa— es menester madrugar para seguir con la visita, por lo que un gallinazo (arroz con chocolate) acompañado por humintas frescas otorgan la energía para atravesar la vegetación y subir otra senda hasta llegar a lo más alto del cerro, donde hay tres cruces de al menos dos metros de alto, lugar en el que cada 3 de mayo se celebra la fiesta de la comunidad, en la que el pasante puede llevar un chiruje (sopa de plátano rallado) acompañado por chicha de yuca.

Desde lo más alto de la comunidad se pueden observar los montes inaccesibles y en apariencia interminables, que convierten al pueblo en una especie de isla a la que solamente se puede acceder por el puente de cables y madera.

Durante el descenso se pasa por un sendero ecológico, a través de plantaciones de arroz, cacao, plátano, yuca, lima y mandarinas maduras, que Mirco —convertido en guía turístico— invita a que el visitante coseche y pruebe.

Al estar rodeado por agua es menester navegar por el río Coroico a bordo de barcazas que suelen llevar los alimentos a Guanay y, principalmente, Caranavi, donde son comercializados por mayoristas. La crecida del río ocurrida hace un par de meses se llevó cuatro balsas, pero es la manera menos difícil de vender su producción, porque la otra alternativa es cargarla en sus espaldas, cruzar el puente colgante de 100 metros de largo y caminar al menos un kilómetro hasta una población grande.

A pesar de ello, los lecos (que es el gentilicio que prefieren llevar en San Juan de Kelequelera) se muestran siempre amistosos y predispuestos a salir a la plazuela para charlar y ayudar en lo que puedan, más aún cuando tienen la esperanza de que mediante su cultura y atractivos naturales se abrirán al turismo.

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