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La fortaleza de Santiago de Machaca

Esta explanada sirvió por mucho tiempo para que los incas, primero, y los pacajes, después, se defendieran de sus enemigos.

Excursión. Una llama acompaña la visita al cerro Pukara, la fortaleza que atesoran los pobladores de Santiago de Machaca. Foto: Marco Fernández

Excursión. Una llama acompaña la visita al cerro Pukara, la fortaleza que atesoran los pobladores de Santiago de Machaca. Foto: Marco Fernández

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 15 de octubre de 2017

Esta es la puerta principal por donde se entra toda la vida”, dice Pedro Villalobos, pese a que existen otros 14 ingresos a la pukara de Santiago de Machaca, una fortaleza desde donde los incas y los pacajes se defendieron de sus invasores, y de la que este comunario es su cuidador desde hace tres años.

Las pukaras eran espacios habilitados para la resistencia ante ataques españoles. Ubicadas en un área comprendida entre el centro peruano, Bolivia y el norte argentino y chileno, su utilidad era múltiple, pues además de funcionar como cuartel, también fungía de templo, tambo, observatorio o taller, según su contexto.

En el caso de la pukara de Santiago de Machaca, que está a casi 17 kilómetros del centro de la capital y cerca del límite tripartito compartido por Bolivia, Perú y Chile, se trataba de un lugar estratégico para el ingreso a la región de los Andes.

“Era que me diga más antes, para que la llama sea más mansita”, reclama amigable Vicenta Mamani, pobladora de Tijrata, comunidad donde se encuentra la fortificación. Es que la ruta incluye una excursión al lado de auquénidos amansados, denominada Llama Trek, como parte de un proyecto para la atracción de visitantes que está siendo implementado por el Gobierno Municipal de Santiago de Machaca, capital de la provincia paceña José Manuel Pando.

Promontorios de piedras parecen impedir el ascenso a la fortaleza.

“Nos ha costado trabajo domar a las llamitas. Sinceramente, no es facilito”, asegura Rufino Katunta, uno de los beneficiados con este plan, quien lleva dos animales para acompañar la caminata. Como sostiene, amansar a los auquénidos es complicado. Para ello tienen que alejar a la llama de su tropa, amarrarla y mantenerla aparte durante un tiempo. “El principal truco es darle un aliento profundo en su olfato, entonces, ya conoce a su dueño”, explica el ganadero.

Desde el inicio de la caminata ya se puede notar el cerro, que parece como si hubiese sido aplanado con una placa metálica caliente que deja sus costras en los costados, mientras que al seguir la ruta uno queda embelesado al estar cerca de estas bestias de ojos grandes y lana fina, que transmiten tranquilidad y ternura.

A los pies de la colina, donde cientos de piedras parecen impedir el ascenso, aparece Pedro, quien se diferencia de los demás por la chuspa multicolor colgada en su cuello, su sombrero negro desgastado por el uso, una agenda de la que no se desprende para nada, su qurawa (honda gruesa hecha de lana de llama) y una mochila Wilson que algún día fue violeta.

 Franceses que residen en Santiago de Machaca disfrutan la compañía de los auquénidos.

La fortificación está protegida por piedras sobresalientes, enfiladas como si hubiesen caído desde la cima. Arriba se ve una pared larga a la que cuesta llegar por lo empinado de la ruta. “Ésta es la puerta principal por donde se entra toda la vida”, señala el guía hacia el espacio que hay entre los muros. Unas gradas desechas permiten llegar a ese lugar e ingresar al sitio sagrado de los pobladores.

Al entrar a la pukara uno se da cuenta de por qué los antepasados eligieron este lugar, pues existe una vista panorámica que permite reconocer hoy a comunidades bolivianas y peruanas.

Señalando al lado de Perú, Pedro sostiene: “Todo ese sector es boliviano, son pacajes, son bolivianos que se establecieron en territorio peruano”. De acuerdo con su relato, en la década de 1940 hubo una sequía fuerte que obligó a los pobladores a cruzar la frontera para sobrevivir. Por esa razón —asegura el cuidador—, bolivianos emigraron a Pisacoma, distrito de la provincia peruana de Chucuito. “Pero los pobladores regresan y siguen dejando su wajt’a para Navidad”, que en realidad se celebra el 21 de diciembre, durante el Solsticio de Verano en el hemisferio sur.

Esta fortaleza fue determinante durante dos etapas: cuando los incas resistían el ataque de los españoles y, tiempo después, cuando los pacajes —grupo aymara que habitó el sureste del lago Titicaca— defendían sus tierras de los hacendados.

En medio del muro aparece una de las 14 puertas de la estructura hecha de piedra.

Confundidos con la paja brava alta, dentro de la pukara hay ruinas de lo que parecen habitaciones pequeñas que sirvieron de refugio para los guerreros. Al seguir caminando, Pedro se detiene ante un promontorio, de donde levanta una piedra al azar, pequeña y de forma ovalada.

“Se defendían con piedra y con qurawa”, dice. Para demostrarlo, toma el pedrusco, lo acomoda en la parte más ancha de su lazo, lo hace dar vueltas y, como si hubiera encontrado algún enemigo, lo lanza al horizonte con fuerza y habilidad.

“En cuanto veían que los españoles subían, los incas no dudaban en tumbar las paredes para que las piedras caigan sobre ellos. Por eso los muros están medio deteriorados en todo el contorno”, justifica a la gente que acompaña el Llama Trek.

Si bien hay un pórtico por donde “se entra toda la vida”, existen otras 14 puertas que tenían diferentes objetivos. Por ejemplo, cuando los invasores llegaban por el lado sur, los defensores salían por una puerta del norte y rodeaban a los enemigos. Unas servían para defender, otras eran para atacar y alguna era utilizada para ocultarse en unas cavernas que ahora están escondidas entre rocas.

El cráneo de una persona que al parecer murió defendiendo el cerro Pukara.

En el lado noreste aún se mantienen espacios que parecen haber sido ventanas, donde Pedro levanta piedras más grandes que las que usan con hondas para lanzarlas y exhibir cómo podían herir al invasor.

“No faltan los vivos que aquí nos han saqueado mucho. Seguro se han llevado objetos de plata y oro. Nos han excavado. Han sacado ollas de barro. Seguramente algo había. Por esa razón es que la decisión mía ha sido velar por este lugar desde hace tres años”, asevera.

Pedro cuenta que los jóvenes prefieren emigrar a las ciudades para sobrevivir, por lo que él quiere, a través de esta pukara, que las visitas generen empleos.

Al respecto, la concejala Filomena Mamani informa que se está elaborando una ley de turismo para la protección, conservación y manejo de los sitios arqueológicos de Santiago de Machaca, como las cuevas de Ñuñucollo y esta fortificación.

“Estamos buscando financiamiento para la preservación del cerro Pukara. Por eso queremos hacer una ruta turística y que con eso tengamos más ingresos”, declara el alcalde Lisandro Condori, quien acompaña la ruta hacia la fortaleza de Santiago de Machaca.

Pedro lanza una piedra desde la ventana donde esperaban los vigías.

“Ahora vamos a descubrir los cadáveres”, anuncia Pedro al descender la parte sur de la pukara, donde hay una explanada protegida con un muro bajo.

“Antes no enterraban con tierra, como se dan cuenta; los cubrían con piedra plana”, dice mientras indica una de las cuevas que existen en ese espacio de al menos 10 metros de largo. De acuerdo con sus costumbres, las mujeres eran sepultadas en el lado izquierdo del cerro, los niños al lado derecho y los varones en el centro. Justo ahí, el guía levanta un promontorio de piedra para descubrir un cráneo humano, que solamente está protegido por plantas espinosas y paja brava.

Al mediodía, el sol brilla con intensidad en la colina que parece cortada, mientras la delegación baja por la “puerta principal, por donde se entra toda la vida” y que puede ser una alternativa para que los jóvenes no emigren a las ciudades y se conviertan en guías turísticos de la fortaleza que lucha por sobrevivir al tiempo.

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