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Zongo a través de la luz del tiempo

Un libro auspiciado por la Alcaldía de La Paz y la SIARB muestra pinturas rupestres y relata también cómo fueron los primeros asentamientos para explicar los orígenes de Zongo.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 24 de julio de 2019

Así como es complicado llegar al cerro de Umapalca (3.822 msnm), que resguarda arte rupestre de hasta 5.000 años de antigüedad, también ha sido difícil desvelar el pasado de Zongo, macrodistrito del municipio de La Paz. Grabados en piedra, pintura rupestre, asentamientos de lecos, incas y aymaras; la cosecha de coca y su influencia en la economía de la región y la huida de Pedro Domingo Murillo a través de esos campos... Una compilación de esta información se encuentra en Zongo - Historia, arqueología y arte rupestre del Distrito Rural 23 del municipio de La Paz.

Hace tres años, Wanderson Esquerdo, Matthias Strecker y Freddy Taboada —representantes de la Sociedad de Investigación de Arte Rupestre de Bolivia (SIARB)—  iniciaron un registro de sitios arqueológicos y una revisión de documentos para conocer la compleja historia de Zongo y el pensamiento de la gente que habitó este territorio ubicado a, aproximadamente, 83 kilómetros de La Paz.

“Como sociedad hemos tomado conciencia de la necesidad e importancia de reconstruir y reivindicar ese pasado y advertimos la urgencia de conservar y proteger aquellos vestigios de nuestra memoria”, comenta Andrés Zaratti, secretario municipal de Culturas de La Paz, en la presentación del texto de 122 páginas.

Para hallar los orígenes de Zongo, la investigación intenta explicar la etimología de su nombre. Para ello se recurre a algunos autores que afirman que Zongo deriva del quechua sunqu, que significa “corazón”. “Este sentido perdura entre los actuales comunarios del valle y es defendido por los originarios del pueblo”, asevera Esquerdo, autor de este capítulo. Empero, los investigadores Mauricio Mamani y David Guisbert sostienen que deriva del aymara sunku, que significa “bolsa pequeña de cuero que sirve para llevar lejía”.

En cuanto a los primeros pueblos que habitaron el lugar, el texto muestra petroglifos hallados cerca de la confluencia de los ríos Kellcata y Santa Rosa en 1936, con espirales y círculos concéntricos que demuestran que etnias de tierras bajas fueron sus primeros habitantes y que después llegaron aymaras y quechuas.

“En el valle de Zongo no se realizaron excavaciones arqueológicas en general, solamente prospecciones para la identificación de sitios de interés arqueológico. Por ello no es posible aún determinar la antigüedad del pueblo de Zongo ni de sus inicios durante o después del imperio de Tiwanaku”, explica Esquerdo.

Con respecto a la coca, la investigación señala que se desconoce desde cuándo se la cultiva, ya que si bien los aymaras la producían, no se sabe si lo hicieron desde la cultura tiwanacota o en su ocaso. Lo cierto es que hubo una alianza entre el inca y el curaca de Zongo para expandir los cultivos por todo este valle. En las siguientes páginas se relata cómo se desarrolló la encomienda durante la Colonia y la creación de la primera hacienda, en Coscapa, a través de la compra de terrenos en 1569.

Un acápite especial del libro relata el levantamiento contra la Corona española de 1623. El 11 de diciembre de aquel año, Gabriel Guaynaquile y su cuñado mataron a un rescatista y luego aprisionaron a un cura doctrinero. Cinco días después atacaron a los españoles que vivían en Zongo y tomaron el control del pueblo.

Guaynaquile se autoproclamó inca, con la intención de gobernar todos los ayllus de Zongo, Challana y Chacapa. Con el objetivo de apaciguar el levantamiento, desde La Paz fue enviado fray Bernardino de Cárdenas y Ponce, aunque antes de aceptar la misión puso la condición de que se perdonara la vida de los alzados.

Según crónicas de la época, “fray Cárdenas convenció a los nativos a que depusiesen sus armas ante las autoridades españolas con la promesa de que no serían castigados”.  El 24 de agosto de 1624, Guaynaquile y su gente se rindieron a Diego de Lodeña, justicia mayor y excorregidor de La Paz. Sin embargo, la autoridad incumplió la promesa, ya que el 5 de octubre de ese año ahorcó en la plaza del pueblo a los líderes de la revuelta.

“Sus cuerpos fueron descuartizados y desparramados sobre el camino hasta la cumbre como advertencia de la Corona española para que no volvieran a sublevarse. Este trágico hecho puso fin al levantamiento de Zongo, que había durado cerca de nueve meses”.

En esta azarosa historia está incluido Pedro Domingo Murillo, precursor de la independencia americana. Con base en Revolución del 16 de Julio y Biografía de Don Pedro Domingo Murillo, escrito por Rosendo Gutiérrez, se indica que el prócer paceño fue arrestado en La Paz el 12 de octubre de 1809 y llevado a los Yungas.

Cuando estaba en Zongo se fugó hacia las montañas, pero después de haberse perdido fue detenido otra vez ahí y después ejecutado en la horca. “Estas historias están aún presentes en el conocimiento de los comunarios más antiguos, principalmente originarios del pueblo de Zongo, donde se encuentra (...) una casa de adobe (...), atribuida al compadre de Murillo”.

La segunda parte del libro está enfocada en la incursión de arqueólogos en Chirini Tiquimani, en la comunidad Umapalca (ubicada a 3.500 msnm). En ese lugar se registraron tres sitios de arte rupestre. El principal se encuentra en el paraje Umantiji, un alero de cerro de aproximadamente 130 metros de largo. Ese espacio es muy importante para contar los orígenes, ya que fue usado por varios pueblos remotos, “desde el Arcaico hasta el Formativo y posiblemente el Horizonte Medio (periodo de Tiwanaku)”.

De acuerdo con las pinturas halladas se puede inferir que desde ahí se cazaba animales silvestres y que para ello usaban redes. Las figuras antropomorfas tienen forma de “Y” invertida, con el cuello exageradamente largo y una diminuta cabeza redonda. “Para nosotros es increíble que a esas alturas, 3.000 años antes de Cristo (a.C.), tal vez un poco más, estamos hablando de 5.000 años atrás, la gente era especialista en dibujar sus actividades cotidianas, sus actividades de supervivencia”, afirma Miguel Torrico, responsable de Patrimonio Arqueológico de la Dirección de Patrimonio Cultural.

“No solo es identificar y dejarlos expuestos, se trata de generar acciones para proteger los restos arqueológicos. Por ello vamos a sensibilizar a los pobladores para que los conozcan y luego los preserven”, dice Ximena Pacheco, directora de Patrimonio Cultural del municipio de La Paz. El libro es eso, el inicio para seguir conociendo y proteger las riquezas del valle de Zongo.

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