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Villa Albina, el día a día de los Patiño

La hacienda del Barón del Estaño se halla en el valle de Pairumani, a 17 kilómetros de la ciudad de Cochabamba

La Razón (Edición Impresa) / María Angélica Melgarejo

00:00 / 05 de junio de 2019

Arropado por un grupo de olivos que todavía persisten a pesar del tiempo, en la campiña de Pairumani del municipio de Vinto, en Cochabamba, Simón I. Patiño prometió a su esposa Albina comprar un terreno y construirle una casa en aquel sitio que tanto había deslumbrado a la dama. Años después, se erigió una imponente infraestructura que muestra, en cada detalle, el gran amor que el empresario sentía por su compañera de vida.

Villa Albina es el nombre del pequeño paraíso que Patiño mandó a edificar para Albina Rodríguez Ocampo en 1917. Se ubica a 17 kilómetros de la capital valluna, en las faldas del majestuoso Tunari.

Cuentan que poco tiempo después de la boda de Simón y Albina, en 1889, fueron invitados a pasar un tiempo en el valle de Vinto y ella quedó maravillada con el sitio. Su esposo prometió comprar un terreno y erigir una casa de campo allí, el compromiso fue honrado años después, cuando logró acumular fortuna. La obra fue encargada, en Europa, al arquitecto José Turigas y al constructor Francisco Nardin, ambos franceses. En Bolivia, el arquitecto Max Franz hizo algunas modificaciones al diseño de la casa principal, ubicada al centro de las 16 hectáreas de terreno que don Simón compró en la campiña.

En el sitio se levantó una granja lechera, viviendas para obreros y una escuela para los hijos de éstos. Cerca del Tunari se montó un generador de energía eléctrica que funcionó con el agua de una laguna y así dieron lumbre a toda la hacienda.

En 1947, la casa estuvo lista para ser habitada y la familia Patiño Rodríguez, que permaneció en Europa un tiempo, decidió ocuparla. De camino a Bolivia, al valle cochabambino, Simón enfermó y tuvieron que quedarse en Buenos Aires, Argentina, donde él falleció un 20 de abril. Los restos llegaron a Villa Albina, la hacienda que Simón construyó con mucho amor, y allí la familia vivió el luto.

La casa principal cuenta con un patio central y un pequeño patio auxiliar en el ala izquierda, donde se ubicaba la cocina, la bodega de alimentos, el lavado y los cuartos de la servidumbre, que ahora sirven de oficinas al Centro de Investigaciones Fitoecogenéticas Pairumani.

Profundo esplendor. Pasillos de frondosos árboles y jardines conducen a la estructura. Antes, se llegaba a caballo o en carruajes y una vez entrando a la casa, las visitas o la familia tenían el paso obligado por la “sala bastonera”, ubicada a la mano derecha y donde existe un guardarropas, repisas para dejar los sombreros y colgadores para sombrillas, además de un lavamanos para el aseo y espejos.

“Entraban a la casa y, además de asearse y sacarse el polvo del camino, dejaban sus cosas acá”, describe Eduardo Rojas, el guía de la Villa que acompaña a las actuales visitas en un recorrido que fue inaugurado en semanas pasadas, luego de la revitalización de la morada y apertura de nuevos ambientes que muestran la cotidianidad de la vida en la hacienda, ahora convertida en museo.

El sonido del agua inunda la casa: proviene de una fuente en el patio central, cuyos chorros hacen apacible la estadía. La sala contigua a la bastonera, que antes sirvió para conferencias y reuniones de negocios, hoy sirve a la exhibición denominada Don Simón y Doña Albina, horizontes compartido, que muestra la labor filantrópica que emprendió la pareja.

Fotografías de la época, documentos y un video de 10 minutos relatan el trabajo de los Patiño Rodríguez que no solo favoreció económicamente a la familia, sino también a regiones de Oruro y Cochabamba donde erigieron infraestructuras destinadas a la salud, educación y sistema bancario, entre otras, que hoy son utilizadas por universidades o como museos.

“Al recorrer la muestra, el visitante se acercará así a la sensibilidad, al pensamiento y a las acciones de los esposos Patiño, unidos por un proyecto de vida”, aseguran Michela Pentimalli y Jacqueline Calatayud, curadoras de la exposición que estará abierta hasta diciembre.

En el sitio es imposible no apreciar los detalles en muebles, paredes, pisos e iluminación. Una muestra son las figuras talladas en madera de hombres en diferentes situaciones, que yacen en el espaldar de sillones ubicados en la parte alta de la sala y donde se sentaban quienes dirigían las reuniones. “Había 80 sillas que fueron retiradas para la exposición”, dice Rojas, que recuerda que el sitio fue usado para una reunión de presidentes durante la gestión de Gonzalo Sánchez de Lozada.

La sala de billar —decorada en tonos burdeo y marfil, con empapelados de estilo “vienés” y lámparas de alabastro— tiene una mesa de billar que fue traída desde Hamburgo, con tan solo tres carambolas. Según las costumbres de la época, ésta servía para distraer a los varones, mientras las damas podían departir en la sala de té. Este último, que tiene una capacidad para 10 personas, posee una peculiar lámpara con bordados en los que resaltan ramos de flores, las iniciales de los nombres de Albina y sus tres hijos, además del escudo nacional.

Si alguna dama requería arreglar su imagen, tenía a disposición el tocador, contiguo al salón de té, acondicionado para tal menester y a continuación está el escritorio de Doña Albina. Resaltan los muebles, tallados y hechos de madera de estilo Luis XV y Luis XVI. Allí Albina atendía los pormenores del manejo de la hacienda. Junto a esta sala está el escritorio de Simón, al fondo se ven fotografías de la pareja, y en el medio un “escritorio estilo Napoleón con cortinas; es decir, abres una cortina y sale un mueble para escribir”, detalla el guía.

No podía faltar una sala de juegos de mesa y de fumadores. Una lámpara hecha en cuerno de alce llama la atención y si se mira con detenimiento, se divisarán las iniciales del nombre de la amada de Patiño, que marcan cada mueble y particularidades del sitio. También está el comedor, con la vajilla puesta en la larga mesa, esperando a los comensales.

El baile también tiene un sitio especial en la casona porque se dispuso un salón para este propósito, donde un tocadiscos de la época parece aguardar a que alguien coloque un vinilo y así empezar la fiesta.

Ambientes y muebles fueron decorados al estilo Art Decó, de principios del siglo XX. Los colores que distinguen a cada sitio siguieron los gustos de cada miembro de la familia, todos transmiten alegría y, como era característico en la época, las paredes están cubiertas por empapelados que combinan colores con el tapiz de pisos y tono de las cortinas.

Lámparas hechas de cristal de roca y en mármol de alabastro ayudan a iluminar las diferentes habitaciones. La conexión de agua en los cuartos que así lo requerían, como los dormitorios, que están ubicados en el primer piso de la residencia, y los baños entre los dormitorios que también cuentan con un calefón para disfrutar de una ducha con agua caliente.

Unas escalinatas conducen al visitante hasta las habitaciones que solo eran concurridas por la familia. La primera habitación es la de René, el hijo mayor de la pareja. Al lado se ubica el dormitorio de Antenor donde llama la atención el color palo de rosa en paredes y pisos y los muebles estilo Imperio. “Parece femenino y es más grande que el de René”, indaga Eduardo, pues cabe la posibilidad de una equivocación en la disposición de las habitaciones porque según las costumbres de la época, las mujeres contaban con dormitorios más grandes, con divanes, espejos, grandes roperos y vestidores en medio de ellas. En la casa, dos cuartos, el de René y Elena, son más pequeños. En el cuarto de ella resalta un guindo sobrio, que parecería destinado a Antenor. A continuación  está el cuarto de Luzmila.

En la habitación de Simón y Albina, la más grande de todas, yace una cama doble, separada por un velador. Un ventilador Siemens se ubica en una de las mesitas de noche, junto al diván. Dos roperos inmensos dan paso al dormitorio de Grazziela, donde resaltan las paredes en tumbo y verde pacay, llenas de flores.

Las prendas y calzados que las niñas se pondrían a diario se lucen en las habitaciones como si esperaran por ellas.

La sala de estar guarda los reconocimientos a la familia; también está la sala de reposo o descanso, amoblada con piezas de mimbre y con balcones con vista a los jardines. Al lado, la sala de lectura.

Cada rincón de la casa transmite paz y, durante el recorrido, uno puede imaginar la vida que la esposa y los hijos de Simón tuvieron durante los años que vivieron en la inmensa infraestructura.

El sitio estuvo cerrado por años, pero mantuvo la vida y presencia intacta de cada habitante. Los miembros de la Fundación Simón I. Patiño, creada en 1931 y guardianes de los bienes desde 1964, lo conservaron en el tiempo. Ahora, estos sitios escondidos a la vista de los visitantes son expuestos de martes a domingo.

De martes a viernes se puede ingresar de 14.00 a 16.00. El sábado, de 09.30 a 12.00 y en domingo, de 10.00 a 12.00. El ingreso cuesta Bs 10 para mayores y Bs 5 para niños. Delegaciones estudiantiles deberán concertar la visita con anterioridad.

Para llegar hasta la Villa se pueden tomar el trufi 211, con bandera roja, cerca de la plaza Bolívar, en Quillacollo, en la parada de vehículos a Vinto. En este punto se puede iniciar una gran aventura por la vida de la célebre familia Patiño.

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