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La Venecia del Titicaca

Un paseo por las islas de los Uros.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 09 de julio de 2017

Parecen mimetizadas entre los promontorios de totora en el azul intenso del lago Titicaca, aunque los botes y sus ‘Mercedes Benz’ varados afuera delatan su presencia. Se trata de viviendas construidas con la misma planta acuática, la que usan también como alimento y materia prima para elaborar artesanías. Son las ínsulas más famosas de Perú, donde viven los uros, los “hombres de agua”, quienes formaron una población que se parece a la Venecia italiana.

Después de que Cristóbal Colón pisara tierras americanas en 1492, los conquistadores invadieron Cusco en 1532 para expandir su régimen hacia lo que ahora es territorio boliviano, explica la antropóloga Virginia Sáenz en el texto Visiones sobre gente uru en Bolivia. Una de las metas de los españoles era la cristianización o civilización de los nativos, por lo que expandieron en la región el uso del aymara y el quechua como medio de comunicación.

En ese proceso, los denominados urus, que hablaban el uru o uruquilla,  habían sobrevivido a las disputas entre aymaras y quechuas, y posteriormente al yugo español. “Tenían su propia lengua no relacionada, sus propias costumbres y creencias, su propia manera de practicar la caza, pesca, recolección y también agricultura”. Se hacían llamar “gente del agua”. Los de la tierra los despreciaban y los consideraban inferiores porque no practicaban la agricultura como subsistencia. Sáenz dice que los urus se establecieron y desarrollaron en el lago Poopó, y que luego habitaron otros pueblos. “Se consideraban los ‘originales’, la raza primigenia del continente americano”.

En el lago Titicaca, el tiempo hizo que perdieran su pureza étnica y que se mezclaran con aymaras y quechuas. En Bolivia subsisten tres grupos de la etnia uru: los muratos, que habitan la ribera noreste del lago Poopó; los chipayas, que viven en la provincia Atahuallpa, y los hiroitos, que moran a orillas del río Desaguadero, cerca de Jesús de Machaca.

En el lado peruano, esta población que modificó su nombre a uros, reside en la bahía de Puno, sobre unas islas flotantes. Giovanni Villanueva —propietario de Confort Tours Travel Agency— y Paula Arias —dueña de Awana Turismo— se unieron con agencias peruanas con el objetivo de brindar a los bolivianos otra vista del Lago Sagrado. Es por ello que cruzar Desaguadero es una agradable invitación para emprender un viaje hacia Puno, ciudad portuaria del sudeste peruano.

Ignacio muestra una pequeña balsa, para explicar cómo fueron creadas las islas de los uros.

Después de descansar un poco, tomar un pisco de quinua negra o una Inca Kola, los visitantes se trasladan en menos de 20 minutos hasta las orillas del lago. El paisaje  es diferente al lado boliviano, pues el lugar se asemeja a un muelle marítimo, donde decenas de lanchas están atracadas como si se encontraran en un estacionamiento amplio de automóviles; allí Yavarí prevalece como amo del lago, se trata de un barco construido en 1861 y transportado por mulas desde el puerto de Arica hasta Puno, lugar en que fue reconstruido para que, años después, funcione como museo.

Las lanchas tienen asientos reclinables, un mirador para contemplar el paisaje y a la vez el sitio en que los capitanes están ataviados con lluch’u y poncho. En aquel contexto la totora crece con fruición, así que los pobladores armaron una suerte de avenida que comunica a las ansiadas islas. “Les pedimos disculpas, señores pasajeros, porque hay demasiado tráfico”, bromea el capitán debido a que las embarcaciones van y vienen a Puno. En la actualidad hay más de 92 islas en el archipiélago, cada una formada entre tres y 10 familias. Hasta hace algún tiempo —relata Giovanni— los uros eran reacios a la visita de extraños. Pero pronto entendieron que el turismo puede darles réditos económicos, así que la mayoría se dedica a esta actividad en esos islotes que llevan por nombre Tupiri, Titinos, Toranipata, Chumi, Negrone y Santa María.

Cuando Ignacio —quien nació en la isla Titinos— le contó a su padre que quería recibir turistas, éste le recomendó que formara su emprendimiento lejos de su comunidad flotante. Así, tras una larga meditación, el descendiente tomó juncos de totora y armó su propia casa sobre el lago que bautizó Mauris, por la presencia masiva de estos peces. De a poco, más familias se unieron a su ínsula, hasta formar uno de los tantos “barrios” de esta Venecia andina. Los visitantes son recibidos en un patio, donde se les brinda información, y con la ayuda de un traductor —ya que Ignacio solo habla aymara— se aclara que en realidad no son islas flotantes, sino construcciones que se asientan en el lecho del lago, para lo cual utilizan palos largos, tierra y una superficie de totora. “Maya, paya, quimsa, uhhhhh”, cuenta Ignacio cómo surgió la primera construcción, que ahora funciona como cocina.

Estas comunidades están organizadas de tal manera que las familias tienen una directiva que ordena el itinerario de los turistas y administra las utilidades. Paula no olvida aquel serrucho de dos metros de altura que sirve para solucionar disputas internas. Sucede que en caso de haber discusiones irreconciliables y uno de los vecinos se quiera ir, un dirigente tiene la potestad de cortar los lazos que unen la vivienda para que vague en el lago y que se una a otra ínsula. La distribución es interesante, pues hay espacio para las viviendas, el “living”, un criadero de truchas y un espacio para sembrar habas.

En el “patio” están los  “Mercedes Benz”, embarcaciones revestidas con totora, donde los turistas pueden dar un paseo a cambio de 10 soles (Bs 20) para ver este lado del Titicaca. Y para quienes deseen sentir vivir en este espacio lacustre, los pobladores dan alojamiento en sus casas. “Gracias por visitar nuestra isla, siempre serán bienvenidos, recibiremos este cariño con mucho amor y muchas gracias por visitarnos”, cantan mujeres y niñas desde el suave piso de sus casas. 

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