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Vademécum de las soledades

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

El Arxondo pinta sus soledades

El Arxondo pinta sus soledades

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 24 de abril de 2019

Tengo un amigo muy querido, un hermano del alma, caminamos nuestra La Paz cada quien por su lado y sin embargo nos encontramos siempre en los personajes paceños, en las esquinas, en las caseras, en los adoquines. Es más joven, nació cuando yo salía bachiller; sin embargo, el latido de su espíritu es el mío, nos enredamos en la emoción de tener una ciudad con seres que iluminan, que sorprenden, con paisajes que interpelan. Se llama Alejandro Archondo, es un gran artista de la imagen, de la semántica, del significado. Decidió firmar Arxondo sus ilustres expresiones plásticas, es un paceño fundamental, chukuta hasta los huesos. De pronto veo que pinta una casera de Las velas con sus anticuchos con vehemencia y abajito le pone: anticucho mata pena. De pronto nos encontramos en los ojos de un lustra que desde su pasamontaña de guarida dice: frágil. Es el Canti de la Cabeza de Zepita. Es un Arxondo, con su mirada potente que eterniza el momento. Si ves en serio un Arxondo seguro te dejará riendo en llanto.

El asunto es que me llama en octubre y me dice sobrecogido: “Voy a exponer Papirri, tengo que trabajar 26 obras, 26 horas al día, el Espacio Patiño inaugura su nueva sala con mis decires, hermanito, apóyame pues”. “Qué cosita queres que haga”, le digo. “Nada, solo apóyame, jódeme, dime que no me olvide de mí, de nosotros, de la ciudad, que me siente a pintar, solo a pintar, aunque las deudas agobien, yo sé que estás conmigo en tus canciones, pero vente nomás, chico, no seas tan así, sete más como eres…” Entonces, el Arxondo comienza a pintar sus soledades. De pronto nace un anciano excombatiente de la Guerra del Chaco, con un ojo en blanco, brazo muthu, sentado en el banco de la plaza con su heladito: lo único que no cambió hasta hoy es el sabor del helado de canela, reza la frase cuando prendes el cuadro. Sí… porque prendes el cuadro… Y le salen alitas al guerrero. Y resalta en luz blanca su foto de joven soldado. Este Arxondo es identidad y vanguardia en simultáneo. Idenvanguard. Listo. ¿Y qué pues? Eso es. En realidad el Alecito ha pintado 52 cuadros porque cada cuadro se desdobla, como la obra Chullpa Silente, cuando la prendes se enciende de frío, para mí es el Sevas que decidió chuparse por siempre y sobrevivir la calle acurrucado en un cajero andino. Sin embargo, todos somos esa chullpa silente mirando la noche que nos mira, con la angustia que arropa, con la soledad que congela.

Alecito Arxondo de mis sueños, hermano del alma mía, guagüita de pecho, tú que vives y sueñas con un mundo más tierno y humano hiciste posible una cola de 500 personas esperando entrar a tu expo cuando clausuraste la inaugurashon en este histórico 9 de abril. Y yo que había ido bien alharaco a cantar dos canciones que me pediste que cantara al inicio y no podía entrar al Espacio Patiño. “¡Haga colaaa!”, me gritaban, hasta que me vio mi cuate tigre, el guardia del Patiño, y me hizo entrar apenas. Un fenómeno sociocultural aconteció en pleno corazón de Sopocachi, no es una marcha de la cof, no es un bloqueo del kínder, es la expo de este Arxondo que armó tal revuelo que la gente se bañaba de luna esperando ingresar. Mi amiga Xime esperó una hora para ver un cuadro. La Iris ya no daba más de pis filando hora y media. Y yo con mi guitarrita como cojudo cantando La Soledad es un halagooo, y la gente esperando verte, tocarte, qué pasa pues… me has quemado hermano. “Horaaa”, gritaban. La señora directora del Patiño estaba angustiada de gentío, “nunca pasó algo así en una expo”, decían sus ojos en francés. La serpiente humana llegaba a los cuadros como a un velorio, en realidad parecía el velorio del Palenque, filabas, llegabas, mirabas un ratito, seguías, poray con suerte cazabas un bocadito. Y el Nelson diciéndome: “La soledad del Arxondo, bien poblada, che”.

Tres días después volví a la expo, no había nadies… Ahí me estaba hoooras mirando la soledad tensa de ese niño-viejo olvidado en un preste: ¡era pues el K’encha Terán! Me quedé prendiendo y apagando aquel cuadro de la soledad de las migraciones, sonando en mi alma: entonces decidí partir-me, la razón y sus vetas. Y nos volvimos a encontrar en tu pintura, y nos volvimos a ceñir en mi canción. “Estoy feliz…” llegabas en tu abrazo. “Lo logramos, Papirri, la gente me quiere”, decías en tu pasión, aunque no se vendió ni una obra hasta ahora, che, pero no importa, ¿acaso se trata de eso? Y yo preguntando a lo taxista: “¿y la gente, dónde está, dónde se metió?”. “Está en los cuadros pues, hermano, no te das cuenta?”, decías… “¿Y la fama, se esfumó?”. “Nooo, está en esaaa… en la ñata agarrando su celu y sollozando: ‘Me has bloqueado’”. ¿Y el quibo? está en el Cirilo… Yaaaaa.

Ahicito nos quedamos los dos. Acurrucados, solitos, almas gemelas, pijchando en la sala, había pasado todo el revuelo, callaaaros en nuestro vademécum de soledades junto a la abuela casera que en puesto se ha convertido.

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