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Territorio jaguar

Viaje al corazón de la selva maya de Calakmul, donde un grupo de conservacionistas mexicanos trata de salvar al gran felino de América.

Un jaguar. Foto: Internet

Un jaguar. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Javier Lafuente / El País

00:00 / 03 de enero de 2018

La cadencia de los ladridos de Minerva marca la proximidad de la presa. Cuando esta sabuesa percibe que la carnada se ha evaporado, se agita y gruñe pausadamente. Es la señal. Entonces comienza a seguir el rastro de la bestia que ha devorado la pieza, junto a siete perros más y dos hombres a través de la frondosa selva. El sol comienza a dar vida a caminos imposibles por los que se abren paso con un machete. El ritmo es vertiginoso. Los ladridos se aceleran al sentir que cercan al gran felino, que ya no tiene escapatoria. Una vez rodeado el depredador más preciado de los trópicos de América, la intensidad de los aullidos aminora. Ya solo es cuestión de esperar.

Las curtidas manos de don Pancho acarician a Minerva como quien posee un tesoro mientras rememora lo que supone encontrarse con un jaguar. “Llegar, ver al animal y saber que no le vamos a hacer nada. Eso me emociona”. La emoción de don Pancho, si acaso don Panchito, porque ya nadie fuera de los trámites burocráticos le llama Francisco Zabala, no ha llegado por ósmosis. Antes, si buscaba un jaguar era para matarlo. El felino fue durante años su enemigo, el que devoraba el ganado con el que, mal que bien, conseguía salir adelante en Tamaulipas, donde creció, en el norte de México, en la frontera que décadas después se desangra por el crimen organizado. “Era legal”, recuerda don Pancho. El trato de usted se le reconoce por los 76 años de su documento de identidad. También porque pocas personas en México han capturado tantos jaguares como él: “Más de 200 tigres. He llegado a ver 300”.

Don Pancho no mata un jaguar desde hace 30 años. Ahora, en la otra punta del país, acompaña en el terreno al proyecto de preservación del felino del Laboratorio de Ecología y Conservación de Fauna Silvestre del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que ha obtenido el Premio Fundación BBVA en su XII edición, por el trabajo de protección de la biodiversidad en Latinoamérica. Durante más de dos décadas, un equipo dirigido por el investigador Gerardo Ceballos ha desarrollado una estrategia para analizar la ecología del jaguar y contribuir a su conservación.

En México habitan alrededor de 4.000 de estos depredadores, según un censo elaborado entre 2009 y 2011; con la próxima actualización se prevé que pueda aumentarse en unos 500. Del total, 600 se encuentran en la región de Calakmul, en el Estado de Campeche, en la península de Yucatán, muy cerca de las fronteras con Guatemala y Belice. En medio de esa selva, los mayas erigieron en el primer milenio antes de Cristo la ciudad de Calakmul, que compitió en grandeza con Chichén Itzá al norte y con Tikal al sur, y tuvo su esplendor entre los siglos VII y X de nuestra era. Los arqueólogos han localizado unas 6.000 estructuras. Desde lo alto de las ruinas se atisba uno de los pocos océanos verdes del planeta, parte de las 723.000 hectáreas decretadas como reserva de la biosfera por el Gobierno mexicano. El yacimiento y los bosques tropicales han sido declarados por la Unesco patrimonio de la humanidad. Y son el corazón del jaguar en México.

Una variada y rica fauna y flora rodea Calakmul, un yacimiento arqueológico prehispánico maya situado en el sureste del estado mexicano de Campeche, en la región del Petén, en el núcleo de la reserva de la biosfera de Calakmul, de más de 700.000 hectáreas, a pocos kilómetros de la frontera con Guatemala.

El trabajo del equipo dirigido por Ceballos ha facilitado un diagnóstico exhaustivo del comportamiento del felino, animal temido y adorado en la época de los mayas. Los machos abarcan un territorio mucho más grande que el de las hembras y suelen ser solitarios. Apenas se juntan para aparearse, ya que las hembras paren y cuidan a las crías solas; y se separan de ellas al cabo de un año. El jaguar mexicano puede pesar entre 50 y 70 kilos. Es de menor tamaño que el que se encuentra al sur del continente —que alcanza los 100 kilos— y se alimenta de presas más pequeñas. Las más habituales son el venado, el tejón o el armadillo, la misma cacería de subsistencia con la que los pobladores locales dotan de proteína a sus animales. Esa pugna orilla al jaguar a matar al ganado en vez de a sus presas naturales. “Hay una competencia muy fuerte entre el hombre y el jaguar”, admite Ceballos. El conflicto dificulta la conservación del felino. Convencer a los humildes ganaderos de esta zona del sur de México, ya de por sí deprimida, de la necesidad de ­preservar al depredador no es sencillo. A cambio, y en el mejor de los casos, reciben poco. La ayuda del Gobierno no siempre llega y, generalmente, se siente insuficiente. “Muchas veces nos recriminan: ‘Ustedes quieren jaguares gordos y niños flacos”. La subsistencia del animal resulta, no obstante, capital para el investigador. “Su preservación contribuye a conservar centenares de especies. Si el jaguar vive en un ambiente de cobertura forestal y hay presas, es raro que haga ­incursiones hacia las áreas abiertas”.

Para preservar, primero hay que capturar; solo así se podrán seguir los pasos y el comportamiento del felino. La tecnología es clave. Cuando Ceballos arrancó el proceso con su equipo, apenas tenían detectados 50 puntos en todo el territorio por los que se desplazaba el jaguar. Después se incorporaron unos collares que precisaban sus movimientos. Pero no son eternos y, para cambiarlos, hay que atrapar de nuevo al animal. Desde hace cuatro años, los artefactos tienen un dispositivo que, al acabarse la batería, provoca que se abran y caigan al suelo. Hasta entonces permiten un seguimiento casi milimétrico que ayuda a conocer más la biología del animal.

El trabajo se complementa con un sistema de cámaras trampa que se suelen colocar a unos 50 centímetros del suelo. Por el área de influencia del equipo de Ceballos, unos 117 kilómetros cuadrados, hay distribuidas más de 50. Las baterías suelen durar cinco semanas y, aunque pueden grabar video, generalmente se utilizan para hacer fotos. No siempre se capta a un jaguar. Las cámaras son sensibles a cualquier movimiento, como atestigua Heliot Zarza, mano derecha de Ceballos, mientras muestra algunos ejemplos: armadillos, tejones y, sí, también el deseado felino.

En Laguna Om, cerca de Calakmul, se encuentra el humilde centro de operaciones del proyecto que dirige Ceballos. Bordeado por una charca que estos días ha recobrado el vigor tras la alarmante sequía de semanas anteriores, el campamento está en permanente renovación. Unas barracas cubren las tiendas de campaña mientras se construyen varios habitáculos en los que poder alojar, en un futuro cercano, a estudiantes y visitantes interesados en el trabajo. A la espera de contar con un generador de luz, las linternas y las velas sirven de guía desde que cae el sol hasta el amanecer, hora de partida.

El turismo es una de sus fuentes de subsistencia.

Apenas son las cuatro de la madrugada cuando la calma en el campamento se ve alterada por el ladrido de los perros, inquietos, sabedores de lo que se viene. Los collares y las cámaras han permitido conocer por dónde se desplazan los jaguares y abonar así caminos para facilitar su posible captura. Sin embargo, en época de lluvias, como este noviembre mexicano, los senderos están inundados por el barro. Encontrar un jaguar resulta complejo. Aun así, una camioneta con Heliot Zarza y Pocho, uno de los dos chicos que se abrirán paso con los sabuesos por el bosque en busca del jaguar, se adentra por un camino improvisado. Don Pancho se mantiene en la retaguardia, en el vehículo que transporta a los perros.

No hay luz todavía cuando la camioneta principal encalla en el barrizal. Marcos, uno de los guías de los perros, decide adentrarse en la selva para comprobar si la carnada que dejaron hace un día sigue ahí. Si no está, avisarán a Ceballos y al resto del equipo, entre ellos una veterinaria, que aguarda en el campamento. Es el momento que todos esperan. El de los aullidos de Minerva, la sabuesa. Solo Marcos y Pocho podrán seguir el ritmo de los perros. El resto se demorará hasta llegar al jaguar: 20 minutos, una hora, tres horas…, quién sabe. Aquí no hay GPS que valga. Solo los ladridos sirven de orientación. Por delante, la selva emergerá sin fin.

A los investigadores les resulta imposible de explicar el cúmulo de sensaciones que produce tener un jaguar cara a cara. Hay que actuar con delicadeza. Si el felino permanece en el suelo, puede revolverse. Los perros guardan distancia. Un zarpazo acabará con cualquiera de ellos. Los ladridos fuerzan generalmente a que el animal trepe al árbol. En ese momento, Marcos se subirá a otro para disparar la anestesia. La veterinaria es la encargada de calibrar la dosis necesaria teniendo en cuenta el peso del animal. La caída no es automática, el jaguar suele descender. Ya en el suelo, se desmayará. No hay tiempo que perder: se le protegerán los ojos, se le pesará y se tomarán muestras de sangre para estudiar su evolución. Se le colocará el collar pertinente y se asegurará que, poco a poco, va despertando.

“Me queda claro que lo importante es conservar”, ­resume don Pancho. Preservar, el mantra de Gerardo Ceballos desde que, siendo niño, leyó El último chorlito, el libro que marcó su infancia y modeló su vida profesional: “Decía algo como que las grandes bandadas no llegan ya y solo quedan las leyendas; últimos de una especie agonizante, vuelan solos… Yo imaginaba cómo sería llegar a un lugar y no ver a nadie. Esa enorme soledad”.

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