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Teatro del charango

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

El papirri y Ernesto Cavour

El papirri y Ernesto Cavour

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 10 de abril de 2019

Era un sábado paceño como para quedarse a regolodear, tal vez full zapping, dar vuelta la página de la tarde, pijchar con el Illimani, hacía solcito nomás, del teleférico saludaban familias felices. Pero Ernesto Cavour estaba rondando en mi cabeza y mi alma, había escrito sobre Domínguez y Cavour recientemente, eran dos años que quería ir a verlo tocar y nunca podía. Puse en el Google “Museo de Instrumentos Musicales de Bolivia”, apareció un teléfono fijo, marqué, eran las 17.00; ¡sorpresa¡ atendió una mujer amable, paceña, pregunté si el maestro tocaba hoy. —“Sí, contestó, siete en punto comenzamos”. —“Por favor una reserva para El Papirri”, le dije y se alegró. —“Solo hay una silla adelante, al lado de un camarógrafo”, precisó. —“Está bien” respondí. —“Don Papirri, el maestro es puntual, venga ya nomás”, acotó entre risas.

Me pegué un duchazo despertador, salí por la avenida Arce y decidí agarrar el teleférico, volando por encima de las canchas del Poeta; la alfombra voladora del teleférico me regaló a mi ciudad absoluta en un atardecer indeleble, volamos encima de la Busch, la muelita del diablo saludaba, llegamos a la plaza Villarroel, allí agarré la otra línea en vuelo más espectacular, por encima de un cementerio con nubes grises que me hizo aterrizar cerca de la plaza Riosinho. Bajé feliz caminando por la Sucre hasta llegar a la Jaén, la callejuela estaba guapa en sus candelabros, me acordé intensamente de doña Rosita Ríos, ingresé al Museo de Instrumentos Musicales de Bolivia, ya estaba lleno el auditorio que llevaba el nombre de Teatro del Charango. Compré la entrada, 20 pesitos, la señora que vendía me trajo el recuerdo más remoto de la Peña Naira y su restaurante, vi que ofertaba, además, un libro: Los Jairas y el Trío Domínguez, Favre, Cavour; —“¡Justo lo que preciso!”, me dije comprando el libro en 50 luquitas. Le pregunté quién era el autor y me dijo yo. ¡Claro!, era ella, María Antonieta Arauco, la querida Negrita, mano derecha del maestro Cavour hace 50 años, la abracé intensamente mientras un japonés decía atrás mío: —“Sumimasen, sumimasen”, queriendo entrar. Le pedí a la Negrita que me dedique el libro y me lo entregue al final, eran las 19.05, el show ya comenzaba, me senté en la primera fila, el camarógrafo de al lado era cara conocida, se trataba del productor de Muy Personal, el programa de ATB de Jimmy Iturri, nos abrazamos con el compañero argentino, simpático, que un día vino a casa a entrevistarme.

Entonces empezó el show, ingresó por el fondo una tropa de quena quenas dirigida nada menos que por el maestro Rolando Encinas, tocaban sublime una melodía añosa en tropa mixta, el rostro del Rolito era solemne, sentido. Ya en el escenario de este teatrito, que debe tener unas 50 butacas, tocaron una tarkeada alegre, Rolito explicó sobre los instrumentos originarios y sus épocas, miré alrededor, la mayoría eran gringuitos, chinitos varios, migrantes con saudade. —“¡Qué hermosa es la música aymara!”, me dije emocionado. Seguidamente, luego de una sicureada diferente (dos guapas, madre e hija tocaban en arca ira), apareció un señor que parecía el maestro de ceremonias, muy simpático, respetuoso; de pronto agarró una guitarra diferente, empezó a tocar: era el maestro Franz Valverde. Primera vez que lo vi tocar la guitarra Muyu Muyu, invención del maestro Ernesto Cavour, nuestro genio popular. Franz deslumbró, mientras tocaba la guitarra normal de seis cuerdas de nailon súbitamente daba la vuelta al instrumento tocando una guitarra de cuerdas dobles de metal, otra vez daba la vuelta y el timbre era diferente. Interpretó unos seis solos de guitarra de manera brillante, lo ovacioné. Además como maestro de ceremonias es de una simpatía única, invitó al escenario a Rolito Encinas; este dúo de la guitarra Muyu Muyu de Franz Valverde y la quena de Rolito Encinas es un dúo mundial, patrimonial, lo que se llama folklore de alto nivel, virtuoso, pulcro, con dinámicas (cosa rara en nuestra música popular). Rolito reconoció el antecedente de Gilbert Favre, interpretaron piezas de Cavour con una perfección y expresividad que me llenó el alma. Y sin sistema de sonido, ni un solo micrófono. Porque el Teatro del Charango no lo tiene, ahí se toca en pelado, como en la vieja Peña Naira de la década del 60. Luego, Rolando Encinas presentó al maestro Ernesto Cavour que tocó unos 20 minutos solito, el maestro entró con su estuche, tuvo la gentileza de saludarme, tocó su charanguito y la emoción me hizo lagrimear. Con 79 años, estaba intacto, nos presentó sus temas clásicos. Compositor, charanguista, inventor, juglar del pueblo, investigador, docente, este genial Ernesto Cavour en vivo y en directo, a tres metros de mí, saca de pronto un minicharanguito de su manga, como un mago mayor, y empieza a tocar al revés —nada menos que una pieza de William Ernesto Centellas— es decir a puntear con la derecha y arpegiar con la izquierda. De pronto hace aparecer un arpita, otro invento suyo, tan bien hecha que con sencillez acústica resolvía pasajes complicados, luego invita a Franz y a Rolito. Aquel trío nos transporta al mejor folklore de nuestra Bolivia, sin artificios ni mañuderías, música de verdad. El concierto de dos horas finalizó en cuarteto con la hija del maestro en la percusión, sumándose la nieta que bailaba encima del palo de escoba que quería ser caballito, un cuento creado y relatado por el propio Cavour de manera magistral. Solo queda agradecer a estos tres grandes artistas, cuya generosidad musical es asombrosa. Gracias por regalarnos el mejor concierto de los últimos 12 meses. Gracias por tanta sencillez y sabiduría; es seguro que en otro país, donde se valora más el talento artístico, estos músicos serían ídolos inalcanzables. Si usted no los vio y gusta de la música popular boliviana, levántese, no sea gil de abril, despierte, a vencer la flojera, a valorar tanta historia y talento boliviano, hay tecito en el intermedio.

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