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Tataquillacas hacedor de milagros

Cada 14 de septiembre, miles de devotos del lugar, del resto del país y de Argentina visitan el santuario para pedir un prodigio o agradecer las bendiciones del Señor.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Cusicanqui

20:47 / 19 de septiembre de 2018

Manda la tradición que aquellos que visiten por primera vez el santuario no ingresen al templo del Señor de Quillacas sin antes haber dado tres vueltas a la cruz situada en el atrio de la iglesia; pero además habrán de hacerlo de rodillas, en señal de arrepentimiento, de penitencia.Llegar a los pies del Tata Quillacas es un acto de fe, esa que explica los milagros que sus devotos le atribuyen. Por eso, cada año, miles de fieles se dan cita en el municipio de Quillacas, provincia Abaroa del departamento de Oruro, para celebrar su fiesta el 14 de septiembre, agradecerle por los prodigios o pedir uno.

Los visitantes llegan desde diversas ciudades capitales e intermedias del país, pero también y en gran número desde Argentina, lo que no es casual: la leyenda en torno a la aparición de la imagen del Señor de Quillacas cuenta que a la feria de Huari, famosa en el Alto Perú, arribaban comerciantes de diferentes lugares con la idea de realizar un buen negocio en lo económico. Uno de ellos, un arriero argentino, había traído desde su pago y con un sacrificado viaje de varios días su ganado caballar. “Lamentablemente lo tentaron a divertirse y olvidarse de sus caballos que dejó abandonados a su suerte. Al siguiente día, al no ver a su recua, buscó en vano por los alrededores y lloró apesadumbrado. Llegó hasta una montaña que se levantaba en el yermo del altiplano con la esperanza de divisar desde lo alto a sus animales perdidos, pero de nada sirvió”, cuenta don Hernán Rada Mollinedo, paceño de 77 años, devoto del Tata.

“Por Dios, ¿qué haré?”, se decía el infortunado hincado de rodillas sobre las rocas y con la vista al cielo. “Abatido, masticaba coca para mitigar su desgracia —prosigue don Hernán con el relato— y mientras cavilaba sentado con la cabeza gacha, levantó la mirada y en esa gran soledad vio a un anciano aproximarse a él: entonces le preguntó: ¿Por ventura, señor anciano, ha visto usted mi ganado? Y el anciano respondió: No se aflija buen hombre, que su ganado ahora mismo está bebiendo agua en el arroyo al pie de esta montaña”.

Y era tal cual; el arriero descendió presuroso el cerro y al dar la vuelta un recodo divisó a sus animales que pastaban la escasa hierba, no faltaba ni uno. Ya tranquilo, bebió un poco de agua del manantial y pensó en regresar para agradecer la información, pero no vio a nadie. “Buscó con la vista por el lugar y, de pronto, entre los breñales del cerro vio pendiente un Cristo crucificado. Hincó sus rodillas y lloró de emoción”, dice don Hernán.

“Tú eres mi bienhechor, tú guardaste mi ganado, te doy las gracias y prometo construirte una capilla en este sitio para que la gente pueda rendirte homenaje y tú puedas seguir favoreciendo a los necesitados”, dijo el hombre. Tiempo después, así lo hizo y años más adelante el templo tomó el nombre de Santuario de Quillacas, como el municipio al que pertenece, en vista del creciente número de feligreses ávidos de un milagro.

Un imponente templo construido íntegramente de piedra es el espacio donde hoy se venera al Señor Jesús Crucificado, cuya imagen —que tiene una altura de 1,90 metros— fue mandada a elaborar en 1860 por una familia de españoles que llevaron al lugar a un orfebre de Potosí con esa única y especial misión.

El largo viaje en tren que cientos de fieles realizaban cada año le acuñó un otro nombre: El Señor de la coca, y es que para combatir el extenuante recorrido que hacían particularmente los devotos que llegaban desde Buenos Aires, Salta, Jujuy, Tucumán y otras poblaciones del norte argentino, así como desde Atocha, centros mineros circundantes y Villazón, la coca era indispensable. En la actualidad, muchas personas todavía se refieren a la deidad con ese apelativo.

Hoy, una moderna carretera conduce a los viajeros hasta el templo, pero en el pasado visitarlo era toda una travesía. “La primera vez que fui al santuario fue en 1979 a invitación de unos amigos agentes aduaneros; para entonces no había camino, sino que recorríamos sendas en medio de los arenales buscando las huellas de los vehículos. Pero luego, en un acto de fe, decidimos iniciar los peregrinajes. Partíamos de Challapata rumbo a Huari en un recorrido de 50 a 60 km en tres horas; lo hacíamos de noche para descansar algo y retomar energías. Al día siguiente, cerca de las siete de la mañana, empezábamos la caminata casi sin descanso, por 10 horas; la idea era llegar a eso de las cinco de la tarde a Quillacas. Pasamos peripecias, cruzamos dunas de arena, pajonales que nos pinchaban las piernas, pero el Señor lo valía”, recuerda don Hernán.

Dos monumentales guardianes daban —y hoy aún lo hacen— la bienvenida a los viajeros. Se trata de los cerros San Juan Mallku (varón) y Santa Bárbara Mama T’alla (mujer). “Están rodeados de una fina arena desértica y paja brava. Vistas de lejos, al mediodía y por efecto del sol, las montañas parecen flotar en el espacio en la unión del cielo y las aguas del lago Poopó, en donde se contemplan patos y flamencos”, afirma don Hernán.

Para él, el paisaje es paradisiaco y con cada festividad vibra de emoción al ver la llegada de cientos de comunarios qaqachacas que vistiendo sus mejores galas danzan al son de las julas julas para adorar al Tata Santiago. Zampoñas y pinquillos ponen el ritmo a las tonadas, las mujeres van por delante ondeando banderas blancas, el ingreso a la iglesia es festivo, pero solemne y muchos pasan la noche dentro del templo velando a la deidad.

“Los peregrinos arriban paso a paso desde Challapata a través del arenal, experimentando el cansancio, la fatiga por el sol quemante y el dolor en los pies al final de la larga jornada, respirando el polvo del camino y el viento que sopla en sus oídos, brisa fría con sabor a sal, siempre con la mirada puesta en el santuario y el ansia de llegar lo antes posible”, narra don Hernán. Él, su difunta esposa y sus tres hijas lo han experimentado y saben el valor de presentarse así ante el Tata. Al fin de cuentas don Hernán le debe la vida: “Iba en una camioneta y el conductor perdió el control del vehículo, la cabina estuvo a centímetros de aplastar mi cabeza; fue cuestión de segundos, yo invoqué el nombre del Señor de Quillacas, sé que él me salvó”.

“Bendicionata churaycuway, wasillayta ripunaypaj”, le cantan los comunarios. “Hasta el más alzado gaucho te saluda con reverencia y humildad”, le honran los visitantes extranjeros. “Milagroso Señor de Quillacas, te prometo que volveré una y otra vez, hasta que las fuerzas me abandonen y te busque en mi eterno peregrinar”, le veneran los romeros.

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