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Sirinu el secreto de la magia de la Poopó

Las bandas que tocan en el Carnaval de Oruro piden al sirinu afinar los instrumentos musicales; es un ritual andino de bendición.

La ch’alla con coca y alcohol a los pies del sirinu, representado en el cerro Vilaque, en el municipio de Pazña. Foto. Pedro Laguna

Los músicos posan en la punta del cerro Vilaque, mientras que al fondo aparece el Siwinkani. Foto. Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

07:05 / 05 de marzo de 2017

Las melodías se escuchan como nunca antes: finas, alegres, hipnotizan los oídos y el alma. Es tal vez por esa razón (o sinrazón) que los espectadores se ponen de pie para bailar y aplaudir cuando pasan los músicos de la banda Fabulosa Gran Poopó, vestidos con sus característicos pantalones y sacos rojos. Las sensaciones que causan la agudeza de las trompetas, de los bajos —que dan el ritmo perfecto— y del bombo —que parece acompañar el latido del corazón— suelen experimentarse solo durante el Carnaval de Oruro. Estas melodías, armonías y ritmos surgen en las nacientes de los ríos o en los cerros, entes que se encargan de afinar los instrumentos musicales, en una tradición que se llama sirinu o sereno.

En la cultura andina, la música y la agricultura están asociadas, pues existen ceremonias para agradecer por las cosechas y el rebaño a través de mesas ceremoniales (waxtas) con el acompañamiento de melodías. Esta íntima asociación se divide en dos etapas —según refiere el investigador argentino Edgardo Civallero en el artículo El Sirinu—: el jallupacha o periodo de lluvias, que suele empezar en noviembre (Todos Santos) y culminar en febrero o marzo (Carnaval); y el awtipacha, el periodo frío y de sequía. De acuerdo con esta concepción, todos los instrumentos tienen un espíritu (ajayu). No obstante, este poder no es innato, sino que se adquiere mediante el encuentro con una entidad sobrenatural. En el país, este ser es conocido como sirinu o sereno, es decir una saxra, un ser del inframundo (manqhapacha), que mora en grietas, quebradas, cascadas, arroyos y manantiales.

Un aguayo multicolor sirve de alfombra para la mesa ritual (waxta) dedicada al sirinu y a la Pachamama en la casa de Alfredo Peñafiel, director de la Fabulosa Gran Poopó. Dulces grandes con forma de billete de 10.000 dólares, herradura, figuras de cerros y edificios llaman la atención por su brillo dorado y plateado. También hay una con forma de vicuña, que en Pazña (provincia Poopó del departamento de Oruro) es considerada de más fuerza y mayor magia que una llama.

Los músicos posan en la punta del cerro Vilaque, mientras que al fondo aparece el Siwinkani.

Hugo Gonzales, el yatiri que se encarga de cumplir el ritual del sirinu, ha llegado temprano para armar la mesa. En esta simbiosis entre la fe andina y la cristiana ha acomodado la imagen de Santa Cecilia (la patrona de los músicos) sobre una mesa, donde familiares y amigos que van llegando encienden velas blancas. Sentados, cada uno parece quedar en trance mientras mastican coca y observan la mesa ritual, en tanto recuerdan a sus antepasados y desean que haya prosperidad.

Milton Eyzaguirre, jefe del Departamento de Extensión y Difusión Cultural del Museo de Etnografía y Folklore (Musef), explica que los sirinus son espíritus de la música. “En el contexto andino, la gente lleva sus quenas u otro instrumento de viento, fundamentalmente, y lo hacen serenar. Lo dejan toda la noche y lo recogen la madrugada siguiente”.

Hay un periodo de tiempo en el que éstos “descansan”, así es que para volver a utilizarlos y que de ellos salga bella música para el Carnaval, se les hace serenar.

Carlos Gutiérrez, director asistente de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN), indica que la saxra se encuentra en nacientes de vertientes o sitios peligrosos. En ese lugar se colocan los instrumentos para dejarlos serenar toda la noche. En el momento en que el viento sopla fuerte, del instrumento salen hermosas melodías. Entonces, una persona designada debe salir de su escondite, espantar a la saxra, recuperar los instrumentos y reproducir lo que ha escuchado. “Se dice que así como el sirinu es capaz de entregar música nueva, su contendiente puede perder la razón, volverse alcohólico o incluso morir. Es un proceso altamente peligroso y solo destinado a gente con formación moral y física”, advierte.

La waxta está armada para solicitar que los instrumentos musicales que se escucharán en Oruro sean bendecidos.

“Para eso son los serenos, para que la banda se escuche bien y que el sonido suene finito”, corrobora el yatiri, quien señala a Torre Jaqi, Siwinkani y Vilaque, los sirinus que en Pazña son representados por los cerros que circundan la población.

En el transcurso de la mañana llegan algunos integrantes de la banda, quienes de manera solemne se sientan y comparten coca mientras hacen la vigilia, que puede llevarse a cabo durante el día o la noche, con la instrucción principal de que la waxta sea quemada al mediodía o a la medianoche. “Siempre hacemos una pequeña mesa, con eso anda la banda, si no, no se puede”, dice Fernanda Checa, esposa de Macario Peñafiel, subdirector de la banda, quien se ausenta de su casa entre tres y cuatro días a la semana debido a los contratos, gracias a los que conoce casi todo el país, además de Perú, Chile y Argentina.

Eyzaguirre indica que la devoción paralela por la Virgen María y el sirinu se debe a que la Iglesia Católica superpuso sus tradiciones a las andinas. “Tiene que ver con la extirpación de idolatrías que llevó adelante la Colonia española, destinada a encubrir las manifestaciones andinas con santos católicos”, como el Año Nuevo Andino, encubierto por la fiesta de San Juan.

Se acerca el mediodía, momento en que se debe quemar la waxta. El yatiri se arrodilla ante la mesa ritual y el cuadro de Santa Cecilia para elevar una plegaria que mezcla el aymara con el castellano. Después, mientras el resto observa en silencio, él se levanta, sale al patio y pide a los cerros tutelares que la Fabulosa Gran Poopó tenga contratos durante todo el año y que no pase ninguna desgracia en sus viajes.

El yatiri sopla la boquilla de la botella del alcohol en su ritual andino.

Juan Guarachi quiso, desde niño, dedicarse a la música y pertenecer a la Poopó. Cuando terminó sus estudios, lo primero que hizo fue decirle a su madre que formaría parte del conjunto de Pazña. Ella fue a hablar con Alfredo, quien le dio la oportunidad de que mostrara sus aptitudes. Bajistas, trombonistas, trompetistas, platilloneros... todos los músicos estaban ahí. Sentía nervios pero se sobrepuso, tomó el mazo y empezó a dar ritmo con el bombo a morenadas y cuecas. “Ahora estoy contento porque voy a estar en mi primer Carnaval”. Por ello, para dar las gracias por la bendición de los espíritus es que ahora acompaña el rito del sirinu.

“Tras recordar a todos los santos vamos a dejar la mesa apartito”, dice Hugo, así es que él y los demás llevan la waxta a Vilaque, el cerro más cercano. Ahí, después de pedir buenaventura a los sirinus, a la Pachamama y a Santa Cecilia, se enciende la mesa ritual, la que arde con fuerza, lo que significa que los pedidos han sido escuchados y que este año será próspero para los músicos de la Poopó. Los que están presentes se sienten bien, ch’allan la preparación con cerveza y entonan la morenada Aromeñita, que se vuelve a escuchar como nunca antes: fina, alegre, una melodía que hipnotiza los oídos y el alma.

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