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Sembradores de sal

Jayuma Llallagua es una marka de Corocoro donde la gente trata de subsistir con el mineral cristalino.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 20 de febrero de 2019

Cuando parece que el camino de tierra llega a su final, al cruzar unas lomas aparece un oasis blanco. Ahí se encuentran cuadrículas que los pobladores de la marka Jayuma Llallagua se encargan de cubrir con agua para cosechar su preciada sal.

Ubicado a aproximadamente 20 kilómetros de Corocoro —capital de la provincia Pacajes—, el salar de Jayuma es un lugar mágico y escondido del sur del departamento de La Paz, donde, en verdad, la gente siembra el cloruro de sodio.

Saturnino Huanca no quiere perder ni un minuto. Con la habilidad que le dan sus casi 60 años, alza un costal lleno de arena nívea como si fuese liviano, camina por el tablón de madera y deposita el producto en la parte trasera del camión Scania. De esa forma culmina el largo proceso de producción de sal, que ayuda a sobrevivir a las familias que habitan esta parte del altiplano.

“Esto está desde nuestros abuelos, siempre han trabajado así”, cuenta Saturnino, quien pese a la premura por entregar la carga hace una pausa para contar cómo era el proceso de obtención del mineral.

A inicios del siglo XX, el hacendado que administraba este territorio hacía que los comunarios sacaran sal para luego venderla en los principales pueblos de la región. Esta explotación terminó con la Revolución de 1952, cuando se revirtieron las tierras y los originarios trabajaron, desde entonces, para su propio sustento.

Corocoro era un pueblo próspero gracias a la extracción de cobre y otros minerales, lo que posibilitó que hubiera más de 20.000 habitantes y una alta demanda de alimentos. Es por ello que —recuerda Rubén Yanique, intendente del Gobierno Autónomo Municipal de Corocoro— desde el sur llegaban, cada semana, rebaños de llamas con bloques de sal.

Existen varias formas para obtener la sal: una es a través de la explotación en minas; la otra es mediante salinas, lugares amplios donde se deja evaporar el agua para que quede solo la sal; mientras que en Jayuma proviene de manantiales que constantemente expulsan pequeñas burbujas y partículas del mineral.

Al ser época de lluvias, un riachuelo impide pasar a donde están las cuadrículas de salmuera, que los lugareños han bautizado como cajones. La vista es extraña, ya que algunos espacios están completamente blancos, mientras que otros tienen tonalidad de arcilla. Al llegar ahí, uno se da cuenta de que el oasis blanco es artificial.

De acuerdo con Yanique, el proceso de cosecha es sencillo, pues consiste en extraer agua del manantial, depositarla en los cajones y esperar la evaporación del líquido, que dejará el mineral blanquecino.

“Desde allá arriba teníamos que hacer llegar el agua. Era un trabajo duro porque se cansaba la mano de tanto baldear”. Benedicta Villa (55) —esposa de Saturnino— señala la parte alta del terreno, donde se encontraba un ojo de agua que expulsaba el cloruro de sodio. Entonces, la extracción de líquido se hacía a través de baldes hechos de cuero de llama y había que trabajar desde las 02.00, pese al intenso frío en esta parte de Corocoro.

Después de un tiempo hicieron canales para que el agua fluyera hacia las cuadrículas, aunque igual se necesitaba mano de obra. “He aprendido de changuito, porque mi papá tenía hartos cajones y necesitaba hartos trabajadores”, cuenta Saturnino, quien tiene los ojos rojos como consecuencia de estar tanto tiempo en medio del terreno de un blanco intenso.

Según cuenta, durante varios años comercializaron sal de mesa. “Pero en 1982, los yanquis nos han incrementado los costos (con la inclusión) de yodo, que valía 26 bolivianos el costal. Hemos sufrido”. Para completar las desgracias, después de un tiempo apareció un supuesto dueño del salitral, a quien los comunarios ganaron el proceso judicial luego de 16 años. La victoria fue momentánea, ya que la comercialización bajó de manera ostensible, lo que ocasionó el descenso del precio del costal de sal. “Antes, la bolsa costaba ocho bolivianos, ahora ha rebajado a cuatro bolivianos”. A pesar de ello, Saturnino y Benedicta continúan sembrando sal, esta vez mediante bombas que transportan el líquido directamente a los cajones.

Genaro Chacón —dueño del camión Scania donde los trabajadores están depositando los costales de sal— confirma que ha bajado el precio del mineral de Jayuma debido a que en Bolivia existen salares más grandes, como los de Uyuni (Potosí), Coipasa y Salinas de Garci Mendoza (Oruro), que proveen sal de mesa a casi todo el territorio nacional.

El mejor momento para sembrar la sal está entre septiembre y diciembre, ya que el líquido se evapora con rapidez. Para enero, cuando empieza la época de lluvias, los pobladores reúnen pequeños cerros de sal que Genaro y otros comerciantes se encargan de transportar a otras poblaciones.

Un sombrero de ala ancha, dos chompas, un par de polainas de lana y unos tenis planos son suficientes para que Benedicta comience a demoler su pequeño cerro, mientras que Saturnino utiliza una pala para llenar varios costales con el mineral que han cosechado.

Los esposos están apurados: no porque quieran que se vaya el camión, sino porque se acerca una lluvia intensa que puede “lavar” el mineral que han conseguido con tanto sacrificio.

“Se puede consumir esta sal siempre y cuando esté cristalino”, asegura Genaro, quien vigila que las 400 bolsas estén bien acomodadas en la parte trasera de su camión. Pasado el mediodía, el conductor hace funcionar el motor estentóreo de su Scania porque se irá a la ciudad de El Alto, donde dejará la producción en un depósito y luego la venderá, al por menor, a la gente que necesita la sal para secar cuero o para alimentar a sus animales.

Pese a que se avecina la tormenta, Manuel Apaza sigue armando adobes de sal. “Aquí he nacido y desde chango he trabajado”, dice el artesano de más de 60 años que utiliza dos placas metálicas para armar bloques que tienen una herradura como sello de distinción.

“Queremos comercializar de mejor manera pero necesitamos estudios y ayuda”, afirma Antonio Limari, jiliri mallku de Jayuma Llallagua, el pueblo salitrero que quiere volver al esplendor de antes.

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