Escape

De San Pedro a San Pablo

Miedo y adrenalina se sienten en este nuevo reto al vértigo: dos rutas de zipline que atraviesan el estrecho de Tiquina.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 03 de julio de 2019

En medio del lago Titicaca, el aventurero está conectado a la tierra solo con una cuerda extensa de acero. En ese instante, los casi dos minutos de descenso se transforman en mucho más tiempo cuando se experimenta una altura considerable de la que se baja a gran velocidad. No es cualquier deporte: se pone a prueba la valentía de cruzar el zipline más alto del mundo, que une a San Pablo y San Pedro de Tiquina.

Deslizarse por un cable suspendido a gran altura —con los extremos con cierto grado de inclinación— es una sensación extrema, reservada para quienes les gusta retar al vértigo. Así es el zipline, también llamado tirolesa, canopy o dosel, y surgió como una técnica de los cuerpos de rescate del ejército italiano en la región alpina de Tirol. Especialmente en zonas de montaña, esta técnica ha sido empleada como un método sencillo para cruzar ríos, barrancos u otros obstáculos naturales. En Costa Rica, por ejemplo, fue utilizado para estudiar el ecosistema, hasta que, desde hace algunas décadas, se abrieron los primeros parques para la práctica comercial de este deporte.

“Notamos que este atractivo se expandía por todo el mundo, por ello nació la idea de armar un zipline que nos permita disfrutar la belleza natural que tiene nuestro país”. Edwin Canedo, economista especializado en proyectos turísticos, se planteó construir una ruta diferente, así es que junto a sus socios pensó en varias alternativas, pero eligieron el Estrecho de Tiquina porque es uno de los principales atractivos del país y uno de los ingresos  preferidos de los visitantes que llegan desde Perú.

El camino, desde La Paz, concluye después de 105 kilómetros en el cantón San Pablo de Tiquina, mientras que al frente —al otro lado del lago— se encuentra San Pedro de Tiquina. El único medio de transporte para pasar el estrecho son barcazas y lanchas, a través de las que se disfruta el paso por el lago Titicaca. Al llegar al puerto, una pequeña edificación con paredes de madera y techo de paja resguarda los equipos de zipline.

Después de 18 años de experiencia en la construcción de rutas de zipline en su natal Costa Rica, Cuba y Canadá, Edgardo Álvarez sigue siendo exigente en la seguridad de los visitantes, pues revisa que el casco, los arneses y las poleas estén bien sujetos a fin de evitar accidentes. “Éste ha sido uno de mis principales retos, construir el tercer zipline más largo del mundo”, asevera. Según Sputnik Mundo, el zipline más largo del mundo se encuentra en Ras al Jaima (Emiratos Árabes Unidos), con una extensión de 2.830 metros de longitud. Le sigue El Monstruo, en el municipio de Orocovis (Puerto Rico), con 2,5 kilómetros de longitud.

El nuevo recorrido de Tiquina tiene dos cables que cruzan el lago Titicaca: el primero mide casi dos kilómetros, mientras que el segundo tiene 1,2 kilómetros. “A pesar de mis años de experiencia, todavía se siente nerviosismo, porque es una longitud considerable”, comenta Edgardo, mientras conduce a los visitantes hasta el inicio del primer tramo del zipline.

Después de subir por un sendero de tierra aparece un extremo del cable. Ahí, la valentía empieza a desaparecer cuando se escucha el zumbido intenso de la cuerda de acero, ocasionado por los fuertes vientos que cruzan el Titicaca.

El arnés y los mosquetones están sujetos, el casco y los guantes acomodados, así es que después de tratar de observar el final de la ruta y de dar un suspiro profundo, el aventurero recibe los últimos consejos: las dos manos bien sujetas a los extremos de la polea, los pies cruzados, las rodillas encogidas y la cabeza en un costado para no perder la visibilidad.

“¿Estás listo?” es la última pregunta que hace el guía luego de que se percata de que la polea y el anclaje estén ajustados. De repente, el visitante queda libre, con solo una cuerda como sujeción a la tierra. La emoción del descenso viene acompañada por el siseo que produce el contacto de la rueda metálica con el cable, un sonido que se hace cada vez más agudo.

Luego de los primeros segundos, el aventurero se confunde entre los intensos azules del cielo y del lago, mientras los pasajeros de las lanchas cercanas observan con atención y sonríen ante al paso rápido de la persona colgada, quien avanza a casi 90 kilómetros por hora. El tramo dura un poco más del minuto, pero la sensación de estar colgado hace que parezca mucho más tiempo, pues se siente el impacto de estar en medio del Titicaca, de contemplar el sol que está empezando a perderse en el horizonte, mientras que en el otro extremo se intensifican los colores del lago y los cerros.

“La primera vez da miedo, pero a medida que pasas por el cable te consume la adrenalina y quieres hacerlo una y otra vez”. Con la chompa anaranjada que distingue a los guías del zipline, el cubano Roberto Carlos Fuentes cuenta qué sintió en sus primeros descensos. Sabe que la emoción ocasiona que la boca se seque y que el cuerpo quiera experimentar más sensaciones. Por eso invita caramelos, para segregar saliva y calmar las ansias.

El inicio del otro zipline se encuentra a 4.035 msnm en el punto más alto de Tiquina, algo parecido a una terraza desde donde se puede ver gran parte de la región.

Ahí, con los ánimos más calmados, el aventurero espera la confirmación de los guías para el siguiente descenso. Las manos en las poleas, los pies cruzados y las rodillas contraídas. El inicio parece lento, pero a los pocos segundos se alcanzan los 115 kilómetros por hora; el viento choca con fuerza en la cara y parece que se está volando de verdad, sin poleas, cuerdas ni arneses. Al norte, el sol de la tarde se ha hecho más difícil de ver, mientras que al sur se observan los montes lejanos que acompañan el paisaje del lago.

En la mitad del recorrido, 40 metros separan al cable del agua. El miedo natural a caer hace que las manos estén bien sujetas a la polea, en dos minutos que —igual que el primer descenso— parecen durar mucho más.

En la última parte, la velocidad baja y el siseo deja de escucharse, hasta que el visitante se queda detenido a 10 metros del final; es ahí que Gabriel Zamora —el otro guía especializado— ayuda a culminar el tramo. “Sientes miedo, todo el tiempo tienes miedo, pero dar el brinco definitivo es vencer”, comenta.

La emoción de haber volado entre San Pedro y San Pablo de Tiquina y con el rostro caliente luego de soportar el intenso viento hacen que la boca se seque otra vez, por lo que Roberto Carlos nos invita otro caramelo en el lago más alto del mundo.

Dos cables sobre el lago

Tiquina ZipLine Canopy Tour consta de dos cables, uno de aproximadamente dos kilómetros de longitud y otro de casi 1,2 kilómetros.

El costo promocional de este entretenimiento es de Bs 250 para dos bolivianos y $us 30 para extranjeros, que incluye el uso de equipos, guías especializados, traslado a los puntos de inicio y refrigerios. Contactos al teléfono 71560202 o en el muro Titicaca Zipline Canopy Tour en Facebook.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia