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Recuerdos de la calle y el baile

Los grupos de baile de la década de 1990 dejaron el estigma de pandilleros atrás y se reúnen para ayudar.

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

00:16 / 07 de junio de 2018

En 1998, los productores del programa paceño Sábados Populares recibieron una oferta sorprendente: “Gente de la compañía de televisión Warner Bros. nos contactó porque quería llevar al ganador de nuestro certamen a un concurso en Estados Unidos. Era la semilla de lo que después sería América’s Best Dance Crew”, cuenta Kory Paco, actual presentador del show.

¿Qué frustró aquella oportunidad? Los antecedentes policiales de algunos participantes. Estigma que, generalizado, afectó a toda la generación de bailarines de la década de 1990, en La Paz.

Los sábados en la tarde —cuando se emitía el programa en vivo— podía verse descender decenas de jóvenes en tropel de muchas laderas de la ciudad, sobre todo de la avenida Buenos Aires, Tembladerani y los alrededores de la Landaeta. Ensayaban en El Prado, en los “cuadraditos” cerca del estadio del club Bolívar y en la plaza Alonso de Mendoza. “Había muchos que no tenían un círculo familiar estable, así que todo era la calle, por eso nos consideramos de ahí. Ensayábamos donde podíamos, aunque siempre nos detenían. Venían las patrullas o los vecinos se quejaban. Pensaban que estábamos tomando o algo así”, explica el exbailarín de Ice Cube Milton Castillo.

El centro de la urbe en aquellos años estaba plagado de pandillas y en algún momento los jóvenes se sentían presionados a elegir un nombre para poder diferenciarse y sentir que pertenecerían a algún lugar. El baile fue una forma de canalizar esa fuerza violenta que influenciaba a la juventud, cuentan Leonel Ignacio Fernández, Wilfredo Ticona, Rodrigo de la Riva, Gustavo Solís y Alejandro Angles, quienes fueron miembros del grupo de baile Los Cholos Latinos.

Poco a poco muchas agrupaciones comenzaron a participar en los concursos que diversas discotecas promovían en La Paz y El Alto. Si bien esto les permitía competir de manera sana, no estaban exentas de enfrentamientos y peleas que podían terminar con heridos de gravedad, recuerda el publicista Rodrigo de la Riva.

“Teníamos 15 años, no faltaba algún picante que lanzaba un insulto a la barra del otro, que le respondía y afuera teníamos que ver quién se imponía más. Ahora pensar en eso parece una locura”, complementa Eddy Kenta, de Kris Kross.  

Juan Carlos Huanca,  Marcelo Tejada, Cristian Silva, Edwin Condori, Darwin Apaza y Juan Carlos Fernández —sus compañeros— recuerdan que cada elemento de su ropa, así como sus saludos y silbidos tenían un significado que los distinguía. Cada detalle era importante y podía ser razón de gresca con otro grupo.

Por su parte, integrantes de Escociamanía —Juan Carlos Monroy, Carlos Alarcón, Jorge Hurtado, Jhonny Bellido, Miguel Monroy, Juan Carlos León Arroyo, Mario Tórrez, Hugo Belzu, Henry Quiroga, Freddy Sozza e Iván Uzueta— reniegan de esa historia de violencia.

“No llevábamos barra, solo nuestras familias o enamoradas. A la gente le gustaba mucho cómo bailábamos y por eso nos apoyaba”, cuenta Juan Carlos León.

Este grupo, que comenzó a bailar en 1987, fue el encargado de abrir y cerrar el espectáculo de Sábados Populares, antes de que naciera el certamen. Y con mérito propio lograron tener algunos auspiciadores, como la gaseosa Salvietti.

En su punto más alto de carrera, se presentaban en fiestas de 15 años y eventos de colegios. Allí los vio alguna vez un embajador de Uruguay, que les propuso llevarlos a bailar al extranjero.

“Esa oportunidad se frustró porque somos de Tembladerani, que entonces era considerada zona roja. Quién sabe qué puertas se nos hubieran abierto y cómo hubiera cambiado nuestra vida si nos hacíamos conocer internacionalmente”, se pregunta Miguel Monroy.

Si bien los bailarines ensayaban en la calle, su escenario principal fueron las discotecas, entre las que resaltan Spaguetti y Boogie Dance. La primera se encontraba en la zona Norte de la ciudad. “El edificio donde estaba la discoteca era parte del mismo Cementerio General”, cuenta Eduardo, de los Cholos Latinos.

“Esa discoteca fue nuestro primer auspiciador, por eso el grupo se llamó Spaguetty. Después, la gente nos reconocía incluso en los micros. Nos comenzaban a molestar y teníamos que bajarnos”, narra Hugo Belzu, integrante de Escociamanía.

Boogie Dance se situaba en Ciudad Satélite, en El Alto, y ganar en ese escenario era muy difícil, porque generalmente se favorecía a los conjuntos locales. Además había que hacer sacrificios porque el dinero no sobraba, así que la travesía desde La Paz se hacía a pie. Por eso, para Escociamanía tener un trofeo de aquel cuadrilátero del baile es una hazaña que aún recuerdan con mucho orgullo.

En 2015, Sábados Populares cumplió 28 años y para festejar reunió a aquellos conjuntos que dejaron su huella en el programa. Kory, que conoció de cerca a muchos de ellos, se llevó una grata sorpresa: “He visto profesionales, comerciantes, gente que se ha superado en la vida, y que triunfó”, comenta el conductor del show que fue la plataforma que permitió que Barrios Unidos (B.U.), Cartel Central, Ice Cube, Darks y otros sean reconocidos en todo el país.

Todo comenzó cuando, en 1989, se organizó un primer concurso de lambada. Al terminar dejó un espacio y se decidió seguir con certámenes similares.

“El movimiento juvenil de moda era el rap, así que fue el iniciador de lo que después se transformó en el concurso de tecno y luego en el de cumbia. No podemos negar que su preparación no volvió a replicarse, y llegaron a ser una familia. Tuvo un impacto muy fuerte”, dice Kory.

Una final que ninguno de los protagonistas puede olvidar es la de 1995. Un joven, que pertenecía a un conjunto que había sido descalificado por tener problemas con la música, detonó dos granadas de gases lacrimógenos en el baño del Cine Teatro México (Av. Montes).

En cosa de minutos, el gas se expandió por todo el recinto, que estaba abarrotado de gente tratando de salir. Milton Castillo recuerda que los bailarines estaban sentados en los pasillos, mientras esperaban su turno para presentarse, cuando a uno de sus amigos le llamó la atención que hubiese humo saliendo de los baños. Milton reconoció que era gas y salió corriendo, arrastrando consigo a su grupo.

Una vez afuera, sin poder entender aún lo que estaba sucediendo, los participantes vieron cómo oleadas humanas desbordaban las puertas del teatro. Dos personas murieron en aquel incidente.

“Nos quedamos mirando, sin poder reaccionar por unos minutos. Después comenzamos a ayudar a todos los que podíamos. Los ganadores de aquel año, los Darks —que estaban vestidos de payasos— se echaron agua en la cabeza y volvieron a entrar. Salían con niños y personas mayores en los brazos, los dejaban afuera y volvían”, rememora.

Lejos de perder popularidad, las competencias crecieron y por precaución se escogieron lugares más grandes para las finales. Después de ocho versiones, el nivel de interés empezó a bajar. Los productores del programa decidieron descontinuarlo cuando aún tenía buen nivel.

“La televisión es un animal vivo que evoluciona y teníamos que buscar otra forma de complacer al público. Con los noventeros se terminó esa mística, que tratamos de retomar con grupos de k-pop o con los Nuevos Reyes del Baile, pero de tecno ya no pudimos”, detalla Kory.

Al acercarse el cambio de milenio, muchos formaron familias y sus responsabilidades crecieron. Además, ya no había plataformas donde presentarse u objetivos hacia los que apuntar. Milton recuerda que tuvo que tomar una decisión drástica: el baile o su carrera universitaria.

“Mientras estudiaba Derecho, escuchaba alguna canción y no podía evitarlo: imaginaba la coreografía, los trajes, hasta cómo ambientar el escenario. Cinco horas después, no había hecho nada”.

Por eso cortó todo contacto con aquel mundo. Dejó de ver a sus amigos, tomó todos sus casetes y videos, los envolvió en cinta adhesiva y los guardó. Durante ocho años relegó aquella parte de su vida por la que había sentido tanta pasión.

Cuando sintió que su vida era estable decidió averiguar qué había sucedido con sus compañeros. La mayoría de los que compartieron escenario con él tenían ya un buen trabajo, pero le sorprendió que todo el movimiento hubiera desaparecido. Pocos fueron los que mantuvieron alguna conexión con la música y el baile.

Ahí, lo golpeó el peso y la fuerza del estigma que caía sobre ellos: “Ya mayores, muchos negaron estar involucrados porque de pronto uno se convertía en el centro de los comentarios o incluso risas de la oficina. Además, nadie quería ser tachado de pandillero o criminal”.

Si bien los antiguos seguidores del rap ya no estaban activos, el hip hop tomó su lugar. Milton comenzó a buscar qué nuevos lugares de la ciudad habían sido tomados por bailarines y se acercó a ellos para preguntarles si conocían algo de lo que su generación había hecho. En muchos casos no sabían que esos movimientos habían llegado a Bolivia décadas antes y si conocían algo, solo querían desvincularse de ellos. “Nosotros no somos delincuentes ni pandilleros, solo bailamos”, le dijeron en varias oportunidades.

De pronto encontró que, a pesar de que ya no bailaban, algunos grupos mantuvieron contacto o se reencontraron a través de las redes sociales. Los miembros que se fueron al exterior del país se pusieron en contacto con sus amigos en Bolivia y juntos velaban por el bienestar de aquéllos en problemas. Ese es el caso del técnico mecánico Vladimir Álvarez, de Blood in Blood out, que sintió el cariño de su grupo después de sufrir un accidente.

Si bien se encontraba en Cochabamba, sus amigos, a quienes considera parte de su familia, fueron a visitarlo. Hicieron varias actividades para ayudarlo con los gastos médicos y estuvieron pendientes de su recuperación, a cada paso.

Experiencias similares activaron los lazos de amistad que el tiempo había adormecido. La hermandad pudo más y, después de casi 20 años, los bailarines dejaros atrás viejas rencillas para unificarse. A través del grupo de Facebook “Back to Old Skool”, creado por Milton, los conjuntos se pusieron en contacto para organizar diferentes actividades.

Primero fueron los reencuentros, donde unos pocos se animaron a volver a bailar. Después llegó la oportunidad de volver al escenario de Sábados Populares, donde retomaron sus viejas coreografías, aunque tuvieron que diseñar trajes que se adecuaran a su físico actual. Después llegaron invitaciones a eventos benéficos para colaborar con cualquier miembro de la “comunidad noventera”, que es como se denominan.

Rolando Ibáñez —quien sufre de cáncer— reunió a dos generaciones, 1980 y 1990, en un evento que mostró que el break dance llegó a Bolivia mucho antes de lo que podría suponerse.

“Ya en 1983 bailábamos en El Prado, frente al cine Monje Campero. Como no disponíamos de la tecnología que hay ahora, aprendíamos de algunos videos, películas o de alguien que había llegado de Estados Unidos”.

El baile fue para ellos una forma de expresar lo que sucedía en la calle y en la sociedad. Sin embargo, los miembros de Kris Kross encuentran que la sociedad ha cambiado mucho. “Cuando éramos jóvenes no podíamos ni agarrarle la mano a nuestras enamoradas si nuestros padres estaban cerca. Nuestra música hablaba de defender el barrio, mientras el reguetón solo habla de sexo. Por eso seguimos con el hip hop, eso no lo vamos a cambiar”.

De aquellas decenas, unos cuantos lograron combinar su vida profesional con su amor por la música. Cristhiam Valerio Zambrana, de Blood in Blood Out, se convirtió en coreógrafo y director de arte urbano en la Universidad Mayor de San Andrés.  Rodrigo de la Riva, de los Cholos Latinos, canta y tiene un sello discográfico en Madrid. También organiza eventos desde la plataforma Pachamama Familia Bolivia, que funciona en España y La Paz, con la que ganó un premio Eduardo Abaroa. Milton, por su lado, se especializó como jurado de concursos de hip hop en Santa Cruz. Y planea incentivar a los jóvenes artistas que quieran dedicarse a bailar en nuestra ciudad.

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