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La Paz mística y esotérica

Los misterios de wak’as, apachetas y mama qutas son explicados por amautas en una visita por los alrededores de la sede de gobierno. La Curva del Diablo  es —en realidad— el sitio donde está la saxra o el tío, el protector de los minerales.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos / La Paz

00:02 / 17 de octubre de 2018

Los brazos extendidos adelante y las manos abiertas están en dirección a la piedra sagrada, protegida por ladrillos y una cerca de metal. En derredor hay hojas de coca, botellas vacías de alcohol y azúcar, el complemento para liberar las malas energías y continuar por un recorrido que lleva a tres sitios sagrados en los contornos de La Paz.

Según el amauta y teólogo andino David Ticona Balboa, con la colonia se perdió el 80% de los saberes ancestrales, aunque resalta que parte de éstos se ha mantenido a través del lenguaje oral, con mitos y tradiciones que, a pesar de ser prohibidos, continúan siendo practicados.

En esa dirección, el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz —mediante la Agencia Municipal para el Desarrollo Turístico La Paz Maravillosa— creó la ruta La Paz Mística, Esotérica y Vivencial. Diego del Carpio, responsable de Diversificación de Oferta Turística, explica que la urbe tiene más de 30 sitios sagrados, entre wak’as (dioses tutelares que moran en piedras), apachetas (espacios amplios que guardan energías), achachilas (los cerros protectores) y mama qutas (lagos y lagunas que dan vida). “La población paceña está ligada a costumbres milenarias, en especial por las ofrendas de agosto. Por eso ofrecemos esta experiencia para que reencontremos y reconozcamos nuestra cultura”.

El recorrido empieza en la ex Estación Central, donde vagones antiguos y el incesante trajinar de la línea del teleférico entrelazan el pasado y el presente del transporte masivo. Desde ahí, un vehículo lleva al primer sitio sagrado, en medio de la autopista La Paz-El Alto, en una explanada que ha sido denominada la Curva del Diablo, donde, supuestamente, se realizan ritos malignos. Ticona explica que este espacio se llama wak’a Katari, porque la formación geográfica tiene forma de serpiente. Ese lugar era frecuentado por Mama Pharita —recuerda el amauta—, una anciana que llevaba ofrendas a la Pachamama y que antes de morir dejó como legado varias wak’as, entre ellas una piedra con un rostro grabado del “demonio”. “Para el aymara no hay Diablo ni Satanás, no hay muerte, no hay infierno”, aclara.

Según la cosmovisión andina, el mundo está dividido en tres planos: el Alax Pacha (donde están el sol, la luna y las estrellas), el Aka Pacha (donde se encuentran la tierra, los árboles y los ríos) y el Manqha Pacha (el subsuelo, donde moran los seres que cuidan los volcanes y las vertientes).

La wak’a o piedra protegida por ladrillos y rejas es una saxra o tío —sostiene Ticona— que protege los minerales, el sitio donde empieza la experiencia espiritual, cuando los visitantes se quitan las energías negativas. Para ello se debe ch’allar la roca hacia los cuatro puntos cardinales: primero en dirección al Huayna Potosí, luego hacia el lago Titicaca, después hacia el Sajama y, al final, con dirección al Illimani.

Posteriormente, los visitantes cierran los ojos y extienden las palmas de las manos hacia la piedra para sentir las energías y concentrarse en el sonido del viento y en el canto lejano de aves, a pesar de los trabajos de ampliación de la autopista.

Para ese momento, la amauta Elena Martínez ha juntado q’oa (planta que crece en el altiplano), ramas de palo santo, grasa de llama y copal, con los que hace un sahumerio. Mientras el humo rodea los cuerpos de los invitados, el amauta David saca pedazos de lana albinegra que parte frente a la cara, en el pecho y los pies de cada visitante para luego dejar que se quemen en el fuego, como símbolo de que se han consumido las penas y maldiciones.

Después de ello hay que caminar unos metros para recoger los bríos positivos de dos illas que representan al varón y a la mujer, que fueron llevadas al volcán Tunupa y a las ruinas de Tiwanaku para que reciban el ímpetu de los dioses tutelares. En medio de un sol intenso, la caravana se dirige hacia la wak’a Limank’asa, que se encuentra en las faldas del Chacaltaya. Este sitio —a más de 4.000 msnm— se caracteriza porque en la planicie hay dos rocas, una que representa a la warmi (mujer) y la otra al chacha (varón). La primera es para pedidos espirituales —“en especial para dejar descansar el alma de un bebé que no ha nacido”, dice Diego—, mientras que la segunda es para hacer solicitudes de prosperidad.

Con el fondo majestuoso del Chacaltaya —que con el transcurrir de los minutos se cubre de nubes—, Elena levanta el sahumerio al cielo y solicita a las deidades que envíen energías positivas a quienes comparten el ritual. Así como transcurren las horas, así también lo hacen las nubes, que se han apoderado del cielo y dejan caer una lluvia tenue.

Según la cosmovisión andina, para ser amauta hay que ser chimpu o marcado por alguna señal, como ser sojtalla (tener seis dedos en pies o manos), lunarejo o haber nacido con labio leporino. Además de sus cuatro pezones, la amauta se precia de haber sido alcanzada por un rayo cuando tenía seis años. “Soy una mujer antigua que está cumpliendo su tiempo aquí. Mi ajayu es antiguo”, antecede su charla para afirmar que el fin de las religiones en el mundo consiste en vivir en armonía con la naturaleza.

El último sitio por visitar es la apacheta Cumbre, en el camino hacia los Yungas, donde todos los años, en especial agosto, decenas de amautas dejan una wajt’a (pago) a la Pachamama. Por el cambio de temperaturas —de una mañana soleada a una tarde con neblina espesa y ófrica— da la impresión de que en realidad se ha pasado por los tres Pachas o planos del universo. En este caso, la comitiva llega a las orillas de la laguna Estrellani, donde la estatua de un Cristo intenta ocultar la presencia de un sitio sagrado andino.

En lo alto de la colina, Elena se sienta en el suelo y saca de su aguayo semillas, dulces, grasa de llama y q’oa, que llenarán la mesa de agradecimiento. “Pedimos a la Pacha que todos despierten con la sabiduría ancestral, que el mundo nos dé alimento, energía y vida”, dice antes de que la mesa sea depositada en una columna de leña.

A pesar del frío y la neblina que impide ver con claridad, el fuego se apodera de la preparación y de a poco se consume, gracias —sostiene la amauta— a la ayuda del padre viento y la energía positiva de los visitantes de la ruta esotérica.

Una ruta espiritual en la urbe paceña: El paquete cuesta Bs 99, que incluye transporte, alimentación,  amautas, guías y ofrenda a la Pachamama. Contactos:

  • Awana Turismo. Pasaje Pilcomayo N° 66 (3er. Piso) Canónigo Ayllón y Amazonas (San Pedro) Teléfono: 2487450
  • Full Turismo (71938290), Buho’s Tours (2312574), Geo Trek (2379806) y Wiñay Marka (71945214).

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