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El Papirri con peteco Carabajal

Ch’enko total: El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Peteco Carabajal y el Papirri

Peteco Carabajal y el Papirri

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 05 de diciembre de 2018

Peteco Carabajal pasó por Bolivia con su estampa entrañable de trovador sin concesiones. Nos encontramos en la residencia del embajador argentino, Normando Álvarez, un viernes de amable tarde paceña. Cuando lo vi, llegó como un viento sano mi infancia más querida, aquella de los partidos de fútbol en la siesta de Santiago del Estero, aquella de las guitarreadas en patios familiares donde todos éramos artistas, aquella del humor inteligente, la solidaridad simple, el chipaco, el mate y la sombra de la uva. Peteco llegó intacto en sus 62 años, siempre sereno, con una vitalidad de gitano, hoy es un ídolo del folklore argentino, una referencia sólida de ética y arte. Ganador del Premio Konex al mejor compositor argentino en 1995, 2005 y 2015, esa tardecita paceña nos contaba con toda sencillez que una vez arribó León Gieco a Santiago y Peteco lo invitó a una esquinita del río dulce, el entrañable Misky Mayu, célebre río que separa las ciudades de Santiago y La Banda. Los dos ídolos se metieron nomás al río en una siesta de 50 grados, entonces unos changuitos terribles se llevaron la ropa y todo lo demás, la vuelta fue complicada, dice, y nos reímos todos como en esas tardes santiagueñas cebando mate.

A los 17 años Peteco partió a Buenos Aires en su búsqueda, consiguió trabajo de encuadernador, estuvo un año de obrero cabecita negra, hasta que agarró, para siempre, el rumbo de la música con Santiago Trío (1974) junto a su tío Roberto Carabajal y Shalo Leguizamón, tocando años en la célebre peña El palo borracho. Así pasaron 45 años de fructífera carrera. Ese viernes de noche paceña apareció solo y sin dramas, con su guitarra de fuego emprendió con sus canciones del alma como Memorial de los patios, la hermosa zamba Perfume de Carnaval, la entrañable Como pájaros en el aire, dedicada a su mamá Zita. Mercedes Sosa se enamoró de esta canción invitando a Peteco a acompañarla en giras por Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Suiza y Estados Unidos durante tres años.

Aquella noche paceña nos contó que su abuela María Luisa Paz, del barrio Los Lagos de la Banda, se casó con Remedios Carabajal, abuelo de Peteco, y tuvieron 12 hijos varones, todos músicos y cantores que conquistaron Buenos Aires y Cosquín con el grupo Los Carabajal, hoy patrimonio santiagueño. Don Carlos Carabajal, padre de Peteco y uno de los 12, compuso célebres chacareras, como Entre a mi pago sin golpear, Puente carretero y, en parceria con su hijo, hermosas canciones como A don Ponciano Luna. Entonces me invitó al escenario para cantar juntos La Telesita, música de mi abuelo materno Andrés Chazarreta, letra de su tío Agustín Carabajal. La presentación del tema me hizo lagrimear cuando expresó que sin la obra de don Andrés nosotros no estaríamos aquí cantando, nuestras familias están unidas en esta chacarera, dijo, y le cascamos sin ensayo alguno, como si la hubiéramos tocado siempre, como se hace en los patios de Santiago, así de natural y salvaje, desde el alma.

En la década del 80, Peteco revolucionó el folklore argentino cuando fue convocado por el Chango Farías Gómez para conformar MPA (Músicos Populares Argentinos) junto al Mono Inzaurralde y Verónica Condomi. Luego, con el grupo Santiagueños junto a su amigo Jacinto Piedra y el bailarín Juan Saavedra ganaron la revelación de Cosquín en 1989. Peteco es Premio Gardel a la Música en 2004 por su disco El Baile, premio Atahualpa al Folklore y Personalidad Destacada en 2011.

Cómo decirle no puedo cuando me invita a acompañarlo hasta Cochabamba la noche siguiente: “Vamos chango, nos espera la chacarera”, dice. En la llajta tocamos en el Mesón del Cantor, lugar afectuoso del hermano músico Yuri Ortuño; antes, en el camerino me dio una sorpresa: “Pasame la guitarra”, pidió, cantando una canción con música de mi abuelo y letra de su padre Carlos, se llama El sauce llorón; “Es un remedio”, dijo y yo sin poder hilar palabra alguna. Peteco Carabajal en Cochabamba fue ovacionado de pie por un público expresivo y conocedor de la obra. Terminó la noche con La estrella azul, un carnavalito (huayño en boliviano) compuesto a un hijo ausente cuyo reencuentro se da en Europa 20 años después, la canción hizo vibrar a la gente linda del Mesón. Promete volver a Bolivia con su nuevo proyecto, una formación de trío denominado Riendas Libres, junto a sus hijos Homero y Martina, dos jóvenes músicos paridos en la familia Carabajal, familia que hoy llega a 552 integrantes desde el mismo tronco de la abuela.

Luego del concierto por fin nos fuimos a charlar por la noche cochabambina, nos contamos cosas íntimas, desde el alma; me cantó en complicidad dos canciones nuevas realmente impresionantes por su música potente y su poesía recóndita, una de ellas, Suspiros, la leyó desde un papelito compuesto en el avión. Me cantó una obra dedicada al Antu Puncu, el gran bailarín Antonio Salvatierra, solista de la Compañía de Andrés Chazarreta que a inicios del siglo XX dejaría a los argentinos sin aire por lo virtuoso de su baile, zapateador de la Salamanca. De pronto se hicieron sin darnos cuenta las cinco de la mañana, el productor y amigo Jorge Castel me whatsapeaba desesperado, yo hipnotizado me había salido del tiempo. Como en una noche festivalera nos despedimos con el sol gesticulando nuestro abrazo insondable. Peteco me dejó el mensaje profundo de seguir creando sin importar nada más que eso, sabiduría de profunda libertad en un país algo indiferente con semejante visita.

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