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Nuevo templo revela la vida en Tiwanaku

Los hallazgos son de estructuras públicas y domésticas. Las paredes eran de arcilla y no de andesita.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Quispe / La Paz

23:21 / 06 de junio de 2018

Entre los años 800 y 1000 d.C., Tiwanaku o Taypikala, como se conocía a esta ciudad precolombina, deslumbraba con Kalasasaya, Puma Punku y Akapana a 21 kilómetros del lago Titicaca, pero también con templos semisubterráneos, muchos de los cuales quedaron sepultados por el tiempo y los huaqueos. En las últimas semanas, y gracias a la teledetección por drones e imágenes satelitales, fue descubierto un templete a 150 metros de la Puerta del Sol.

El resplandor tiwanacota duró poco: desde 1580 a.C. hasta 1172 d.C., según el recordado arqueólogo Arturo Posnansky (1874-1946). Primero a manos de los incas y luego de los españoles, estos grandes templos no solo fueron asaltados para llevarse piezas de cerámica y otros utensilios forjados en oro y plata, sino que también sufrieron el hurto de las piedras, que hacían de puntales y muros, que luego fueron utilizadas para la construcción de las iglesias de Tiwanaku y Guaqui.  

“Hace 30 años que no se hacían investigaciones arqueológicas en Tiwanaku”, revela el aymara Julio Condori, director del Centro de Investigaciones Arqueológicas, Antropológicas y Administración de Tiwanaku (CIAAAT) que con el apoyo del Gobierno japonés y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) y el consultor internacional José Ignacio Gallego hicieron el hallazgo de este templete semisubterráneo, además de pistas de otros dos al este de Akapana y otro en afueras del complejo arqueológico, cerca de la Laguna Verde, a metros nada más del periferia urbana de la actual capital.

“El nuevo pueblo está encima de todo el sitio arqueológico del antiguo Tiwanaku que se extendía por lo menos a 650 hectáreas. Nosotros apenas conocemos 71,5 hectáreas y eso es solo el 11% del total”, añade el investigador Condori.

Allí, desde la carretera que pasa a metros del complejo arqueológico tiwanacota, solo se puede apreciar una inmensa planicie de paja brava que circunda a las construcciones de Kalasasaya, Puma Punku y Akapana, pero el panorama cambia si se lo observa desde el aire, desde un dron y a través de un satélite.

Gallego y Condori coinciden en que con el uso de esta tecnología, que permite el análisis de las imágenes, tanto convencionales como multiespectrales, se pueden obtener modelos tridimensionales del terreno con gran precisión. Así se identificaron antiguas estructuras que con el crecimiento de la vegetación eran imperceptibles. Uno de ellos es el templete subterráneo a metros de la Puerta del Sol.

Pública, doméstica y funeraria

La combinación de las imágenes de drones y satélites ha permitido a los dos académicos conocer algo de la vida cotidiana de la gente que vivió en la zona y entender el entorno natural que les rodeaba y que les proporcionaba el sustento.

La fotografía que acompaña el infograma de esta edición devela formas cuadrangulares en alto relieve que no son naturales sino superficiales, donde intervino, según Condori, la mano del tiwanacota. “Estas fotos nos permiten reconstruir la vida de nuestros ancestros a lo largo de diferentes momentos de su historia”.

La combinación de la última tecnología y las técnicas tradicionales de excavación develaron dos esquinas de un templete subterráneo. Aún no hallaron las otras dos. El lugar está al suroeste, a 150 metros de la Puerta del Sol y a pocos metros del Palacio de los Sarcófagos o Putuni (“donde existen huecos”, en aymara).

“Hablamos básicamente de un templo, pero hallamos dentro de él restos funerarios, por lo que creemos que era una estructura pública y a la vez doméstica”, relata Condori, para quien es obvio que los tiwanacotas no vivían en habitaciones con muros de piedra andesita, la roca con la que fueron esculpidos los grandes monumentos. Las habitaciones domésticas tenían efectivamente cimientos de roca, pero los muros eran de arcilla que permitía un cierre hermético de los ambientes ante las bajas temperaturas que en Tiwanaku llegan hasta los 10 grados bajo cero.  

Espere…

La familia que vivía en este templete semisubterráneo habría sido de linaje. Los arqueólogos encontraron restos humanos y utensilios junto a él.

Los tiwanacotas no construían cementerios, sepultaban a sus familiares dentro del mismo complejo habitacional. “Los muertos juegan el rol de protección ancestral, allí en el mismo patio estaba el linaje de la familia”, narra Condori. En las ruinas arqueológicas de Lukurmata, a unos 45 minutos de Tiwanaku y cerca de la población de Tambillo, también se encontraron restos funerarios en celdas domésticas similares.Tomando en cuenta las dos esquinas halladas de este templete, se pudo establecer que el templete podría medir 26 por 28 metros cuadrados. Aquello significa el mismo espacio que ocupa el semisubterráneo, donde se hallan esculpidas las 175 cabezas humanas clavas. En las últimas semanas de abril, el lugar fue limpiado y vuelto a rellenar para que la estructura no se deteriore y erosione.

Tras las fotografías satelitales se pudo evidenciar que existiría otro templo detrás de Akapana y un tercero en las afueras del complejo arqueológico cerca de la Laguna Verde, por eso Condori insiste en que el nuevo pueblo de Tiwanaku está en realidad sobre la antigua ciudad tiwanacota.

Construirán viviendas ecológicas

Al este del complejo arqueológico, más allá de la pirámide de Akapana y el templo de Kantatallita (“luz del amanecer”), en la comunidad de Wancollo, los arqueólogos han encontrado construcciones domésticas hechas en arcilla.

En una de ellas se descubrió una especie de pozo de casi seis metros de profundidad cuyas paredes laterales poseen nueve capas. Al principio se creía que era un pozo, pero al excavar los arqueólogos llegaron a la conclusión de que en realidad se trataba de un relleno sanitario donde se depositaban desechos orgánicos, lo que indica que los tiwanacotas conocían estos sistemas ecológicos. Allí hallaron ceniza, arcilla y piezas arqueológicas. “Ellos iban rellenando por capas las paredes, eso significa que conocían también sobre reciclaje”, cuenta Condori.

Uno de esos utensilios hallados es una vasija tubular decorada con una serpiente. “Es un katari (“serpiente”), eso nos muestra una vez más la gran comunicación con poblaciones de otras regiones que quizás también llegaban a la capital tiwanacota para el intercambio de productos”. El biólogo Fernando Guerra, al ver la imagen, aseguró que puede tratarse de una culebra Tachymenis peruviana, que habita en el altiplano y los valles. El hallazgo revela que en esos tiempos los tiwanacotas llevaban papa, oca, haba y chuño hasta los valles y el trópico, desde donde traían maíz, ají, coca, hierbas, frutas y otros. Aquello permitía una gran interacción cultural con pueblos de otras latitudes.

Los comunarios de Wancollo junto al CIAAAT han declarado al sector como área arqueológica comunal para su protección y preservación. Los estudios van a continuar en el complejo arqueológico, porque queda mucho por revelar: se hallaron habitaciones con paredes de arcilla por Puma Punku, cerca del río Tiwanaku, en cuya ribera, según estas fotos satelitales, existiría una especie de puerto. Ese afluente se comunica con el lago Titicaca y algunas de las canteras de andesita, piedra que era traída desde Copacabana.

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