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Museo de familia

Una visita a la casa de Alberto Mendoza, el coleccionista de Coca-Cola.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández / La Paz

01:51 / 20 de diciembre de 2017

El domingo es muy especial para Alberto Mendoza, no solo porque es un día de descanso, sino porque le toca subir al último piso de su casa para limpiar los objetos que le hacen sentir como un niño. Él es el mayor coleccionista de objetos relacionados con la bebida Coca-Cola en Bolivia, quien inició su afición en una tienda popular y ahora abre su pequeño museo familiar.

“Coca-Cola… ¡Deliciosa! ¡Refrescante! ¡Estimulante! ¡Vigorizante!”, era la primera publicidad de la gaseosa, que fue publicada unas semanas después de su salida a los mercados, el 8 de mayo de 1886.

Estos anuncios fueron acompañados en poco tiempo por calendarios, bandejas, carteles y otros objetos para incentivar el consumo de la bebida. De ese modo, estas promociones se convirtieron en motivo para que varias personas en el mundo se vuelvan coleccionistas.

Uno de ellos es Alberto, quien, sin quererlo, desde 1992 comenzó a recopilar los souvenirs de la multinacional. Esta historia familiar se remonta a cuando él conoció a Bethzabé Loayza en la Caja Nacional de Seguridad Social (ahora, Caja Nacional de Salud), con quien años después se casó. Tras el nacimiento de sus hijos, ella decidió no dejarlos sin su cobijo, por lo que se retiró del trabajo y junto con su marido abrió una tienda en la calle Isaac Tamayo, casi esquina Tumusla, en la zona Rosario.

“Conseguía las tapas (que servían para canjear los recuerdos), en especial para Navidad, época cuando había más objetos”, recuerda Bethzabé, quien aclara  que esta “afición es de los cuatro miembros de la familia”; es decir, también de sus hijos Alberto Javier y Luis Fernando, quienes, cuando eran niños, estaban ansiosos por conseguir todo lo que sacaba Coca-Cola.

Autos. Los camiones de Coca-Cola que sirvieron para distribuir el producto están en una compilación en miniatura.

En contrapartida con el ajetreo de afuera, la vivienda es tranquila, como un verdadero repositorio, donde algunas botellas vacías de plástico se han convertido en floreros que adornan las gradas.

Alberto cayó en cuenta de que era coleccionista en 2002, “cuando mis hijos me dijeron que la sala parecía una tienda y sugirieron que los objetos pasaran a la parte de arriba, para que sea un espacio exclusivo de Coca-Cola”.

Acomodados en orden en varios mostradores de madera, las botellas, latas y vasos muestran un ambiente multicolor, con preeminencia del rojo y blanco, al igual que la polera que luce Alberto. “No hay duplicados”, aclara el padre en cuanto el recorrido ha comenzado, pues cada compartimento tiene la colección completa de las promociones que salieron con el refresco, como por ejemplo los vasos que tienen el sello de Coca-Cola en varios idiomas. Luego continúan las copas de diferente tamaño, color, diseño y material. “Estos vasos han desaparecido porque los utilizan y no les han dado el valor que se merecen”, reflexiona.

El trayecto continúa con las latas de colores y sabores distintos al clásico, como limón, fresa, la light y la Diet Coke. Ahí, el compilador levanta su “trofeo”, un envase que le trajeron desde China. “Lo malo es que, con el tiempo, las latas se agujerean y filtra el líquido”, señala el anfitrión.

Hacerse conocido como coleccionista de Coca-Cola le ha servido sobremanera en su afán de seguir recopilando recuerdos, ya que amigos o familiares que viajan al exterior suelen llevarle algún souvenir, como un llavero metálico de España o botellas y latas que le trajeron de Perú, Chile, Argentina, Ecuador e incluso Inglaterra.

Gorras, estuches y muñecos llenan los rincones de la habitación convertida en repositorio, que deja de serlo exclusivamente de Coca-Cola, pues está la otra pasión del coleccionista: su gramófono, su tres en uno de los años 80, casetes y discos de vinilo de su música preferida.

Fútbol. Diez jugadores de la selección boliviana de fútbol y el técnico Xabier Azkargorta, que jugaron el Mundial 94.

Cada 15 días llega el domingo en que Alberto se convierte en niño, cuando sube a la habitación del último piso, enciende el aparato estereofónico y luego pone algún disco de su agrado —en especial Vicente Fernández— antes de iniciar el ritual de limpieza de toda su colección. “Yo nomás subo, ni mi esposa ni mis hijos vienen a tocar para que nadie se haga responsable si rompen algo”, sonríe. Por eso, como si se tratara de un curador de arte, toma cada uno de sus recuerdos y los limpia mientras tararea o canta las canciones que salen de su equipo de sonido.

En un rincón se encuentran los objetos más pequeños, pero los que más llaman la atención de los visitantes, ya que encima de las repisas están compilaciones completas de yoyós, llaveros, relojes, aparatos telefónicos, posavasos, recuerdos de Navidad, discos compactos, perfumes, algún libro y el recuerdo más querido de la familia: 11 figuras de los futbolistas y del director técnico que participaron en el Mundial Estados Unidos 1994.

“Tengo hasta billetes de Coca-Cola”, dice. Se trata de bonos por valor de tres, cinco y diez bolivianos con los que se podía adquirir algún objeto de colección.

Además de la tienda con la que comenzó a juntar recuerdos de la gaseosa, recalca que agradece los regalos que le traen sus amigos y familiares. “Es como Navidad para mí, porque estoy como niño con juguete nuevo”, comenta el hombre de 68 años que ocupa gran parte de sus días a buscar y agrandar su colección.

“A veces uno no es feliz teniendo cosas grandes, es feliz con cosas pequeñitas que sean de su agrado”, afirma cuando concluye el recorrido, no sin antes ofrecerle al visitante un vaso de Coca-Cola.

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