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Moradores del Teatro Municipal

El legendario teatro paceño cumplió 174 años lleno de magia, en palabras de quienes lo transitaron diariamente

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

13:00 / 05 de diciembre de 2019

El tiempo en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez (Jenaro Sanjinés e Indaburo) salta entre lo efímero de un espectáculo y la memoria que se gesta en ese instaste.

Con sus 174 años —cumplidos el 18 de noviembre, al igual que el Himno Nacional, que se estrenó justo allí—, es uno de los teatros latinoamericanos más antiguos que aún se mantiene activo. La frase “un privilegio” sintetiza la experiencia de trabajar en él de Antonio Caba (luminotécnico), Mabel Franco (directora) y Willy Pozadas (músico y exadministrador), quienes comparten sus singulares percepciones e historias desde sus lugares favoritos dentro de este espacio dedicado al arte.

El foso de la orquesta

Si bien la cabina de luces es casi su casa, el foso es el lugar al que Antonio Caba llega cuando quiere estar tranquilo. “Es un espacio para meditar”, dice. El luminotécnico —que aprendió a contar con la antigua consola de luces del teatro, que tenía más de 80 canales— está acostumbrado al ajetreo y al ruido que implica montar una obra, pero a ratos necesita de la oscuridad y la quietud que pocos recovecos del teatro pueden ofrecer.

Mario Caba, su padre, fue su predecesor en ese cargo. Juntos pasaron innumerables noches trabajando hasta muy tarde, todo para que los espectáculos se llevaran a cabo con la mayor calidad posible.  “Me siento muy cómodo aquí. Vengo desde que tengo seis años, he crecido aquí. También seguí la carrera de mi papá y ya me acostumbré a los escalofríos y a la sensación de que hay alguien detrás de uno, que todos sentimos de vez en cuando”.

Esos inexplicables momentos, que todos reconocen como evidencia de la existencia de fantasmas, ya no le generan miedo. Eso porque se ha dado cuenta de que los espectros solo castigan a quienes llegan con soberbia a estas instalaciones.

El imponente Salón de Honor

Todas las mañanas desde 2016, Mabel Franco toma su lugar en el  Municipal, desde donde coordina las actividades de por lo menos seis escenarios más. Tras tanto tiempo, conoce el corazón del teatro y sus ramas periféricas; su lugar favorito es el Salón de Honor, sin duda alguna. 

“Es hermoso. Por fin, pronto, tendremos todos sus muebles completamente restaurados. Son —nos enteramos hace poco— una donación de la poeta Yolanda Bedregal.

¡Cómo no tenerlos en el mejor lugar del teatro! Allí está también el retrato de José Ballivián (Presidente que lo mandó construir y lo inauguró) y varios cuadros de la batalla de Ingavi. Pero lo que más me gusta de esta sala del teatro es su nombre: ‘Tío Ubico’ (el fantasma del teatro), que no es una sola persona, sino la suma de los muchos artistas que pasaron grandes alegrías y fracasos en este escenario”.

La rutina no es parte de la cotidianidad de quienes trabajan con Mabel. Cada propuesta artística que se presenta tiene requerimientos diferentes. Las horas de entrada y salida cambian constantemente y todos aceptan esta condición con un objetivo particular: que la experiencia, inmaterial, que los espectáculos generan tenga magia, lo que solo se logra con trabajo en equipo.

“No solo somos porteros que abrimos y cerramos las puertas a las propuestas que llegan. Además, queremos proponer cada vez más actividades y aportar a las creaciones de los artistas. Por ejemplo, celebramos los 75 años de La calle del pecado con una exposición fotográfica que acompañó la puesta en escena de esta histórica obra de Raúl Salmón”.

El escenario

El reconocido percusionista Willy Pozadas también admite que los fantasmas son parte del encanto del lugar. “Pero no asustan a quienes de verdad aman el teatro”, afirma, con seguridad. Pozadas trabajó en el teatro de1978 a 1990. En la década de 1980, época en la que la inflación redujo mucho el valor de los billetes, pasó muchas noches contando el dinero de las entradas. “Cuando se presentaba David Santalla, siempre se llenaba. Y era tal la cantidad de billetes que ya no entraban en la caja fuerte, así que tenía que guardarlos en saquillos, en la oficina, para entregárselo después”.

Fuera de ser su administrador, el teatro le permitió ampliar su experiencia como docente. En él creó una orquesta de percusión para niños, que luego se convirtió en juvenil. Y entre aquellas cosas inesperadas, este escenario lo convirtió también en afinador de pianos, en concreto del Stanley del teatro, uno de los pocos de La Paz.

“Llegó un experto español que me enseñó como manipular las cuerdas de ese piano. Y hasta ahora tengo la responsabilidad de dejarlo en perfectas condiciones. Incluso han llegado a sacarme de casa, enfermo, para que reemplace una cuerda durante un espectáculo ya en curso”.

Si bien ha tenido muchas obligaciones sobre ese escenario, lo ha pisado innumerables veces como artista. Y por eso es su parte favorita. Poco se compara con el encantamiento de estar bajo las luces, de ser parte de la ceremonia que implica presentarse ante el público. “Y, sobre todo, experimentar esa sensación única que implica ver la apertura del telón”.

Ninguno de los tres se atreve a cuestionar la cultura y las creencias que se han ido creando con el tiempo en este teatro. Por el contrario, abrazan con cariño todo lo que implica. Aprecian las posibilidades que les ha ofrecido y concuerdan en que los encuentros que se han gestado allí han cambiado sus vidas para siempre.

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