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Mike Krieger: 'Navegar en internet no es perder el tiempo'

Uno de los padres de Instagram, usado por unas 700 millones de personas, dice que las redes pueden ser una aventura para conectar a personas con los mismos intereses en el mundo.

Mike Krieger. Foto: Internet

Mike Krieger. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Fernández de Lis / El País

00:00 / 30 de julio de 2017

Nunca ocho semanas de trabajo fueron tan productivas. Cuando Mike Krieger y Kevin Systrom lanzaron Instagram, la noche del 6 de octubre de 2010, solo sabían que tenían entre manos una bonita aplicación que permitía a sus usuarios conectarse con otros a través de la fotografía. Menos de siete años después, la usan 700 millones de personas, entre ellas actores, deportistas, modelos e influencers, esa extraña palabra que sirve para describir a chicos y chicas que se hacen de oro con los “Me gusta” que reciben sus videos e instantáneas. Los dos jóvenes, por su parte, se hicieron millonarios solo 551 días después de lanzar su app, cuando Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, decidió gastarse mil millones de dólares en comprarla.

Michel Mike Krieger (Sao Paulo, 1986) es un obsesionado por mostrar que el hecho de que los adolescentes estén en internet “no es una pérdida de tiempo; puede ser una aventura y conectarles con gente que tiene intereses similares sin importar el lugar del mundo en el que estén”. El joven dejó Brasil en 2004 para estudiar en la Universidad de Stanford, en el corazón de Silicon Valley (California). “Me llevó más tiempo conseguir mi visado que desarrollar Instagram”, recuerda. Ahora se muestra “preocupado” porque la nueva administración de Trump pueda dañar las posibilidades de jóvenes como él.  

— ¿Cuándo supo que Instagram iba a ser un éxito?

— Si nos hace esa pregunta a mí y a mi cofundador, daremos respuestas diferentes. Yo, durante mucho tiempo, no estuve muy seguro. Había mucha gente usándola (se inscribieron 25.000 personas en las primeras 24 horas) y eso era muy emocionante, pero cada mañana me decía: “Hoy es el día en el que la gente se va a aburrir y va a dejar de usarla” (ríe). Creo que me costó un par de años acostumbrarme. En cambio, Kevin (Systrom) se volvió hacia mí a la semana y me dijo: “Mike, no sé cómo va a salir esto, pero creo que hemos hecho algo grande”.

— Pero ¿por qué ese éxito entre tantas apps y redes sociales?

— Cuando hablábamos con inversores, muchos nos decían: “¿Qué va a pasar cuando Twitter incluya fotos o cuando Facebook lance una app de fotografía?”. Y yo siempre pensaba que lo que nos hace fuertes es la simplicidad, y el hecho de que la experiencia sea totalmente visual. Viajo mucho en autobús, porque creo que es la mejor forma de saber cómo usa la gente tus productos, y veo a nuestros usuarios inmersos en esa experiencia visual. Creo que la clave ha sido la simplicidad. De hecho, la app no ha cambiado demasiado desde que la lanzaron. ¿Por qué? A cada persona que se incorpora a la compañía le hago una presentación, porque quiero que entiendan qué significa trabajar en Instagram. Les enseño un borrador de nuestra primera versión y les digo: “El objetivo de Instagram no es hacer una app con 50 pestañas, sino tomar la idea original y profundizar en ella”. En la primera versión solo había fotos; no había videos, ni historias, ni transmisiones en vivo. Hemos ido profundizando en la experiencia, en lugar de tratar de añadir un millón de cosas.

— Cuando Instagram comenzó a crecer hubo mucho interés de compañías como Twitter o Facebook en comprarla. ¿Cuándo empezaron a pensar en vender?

— Lo gracioso de Silicon Valley es que si una compañía consigue mucha atención en su lanzamiento, recibe infinidad de llamadas. En una semana, todas las empresas quieren hablar contigo. Te dicen: “Ey, qué tal, queremos conoceros”. Tuvimos bastantes encuentros de este tipo, muy informales, en las primeras semanas. Pero Kevin y yo sabíamos que había mucho trabajo que hacer y mucho terreno sobre el que crecer. Después de dos años, de hecho, surgió la oportunidad de cerrar otra ronda de financiación. Una semana después Mark Zuckerberg nos llamó y nos dijo: “Dénme una oportunidad, ustedes tendrán todo el control de la compañía, pueden crecer dentro de nuestro paraguas”. Esa fue la primera vez que escuchamos algo que tenía que ver con lo que habíamos imaginado para… Bueno, creo que puedo llamarlo “nuestro bebé”. Instagram es nuestro bebé, queríamos verlo crecer naturalmente. Y ha ido muy bien. Llevamos en Facebook cinco años y aún tenemos una voz independiente.

Vendieron su empresa por mil millones de dólares, pero dos años después la propia Facebook compraba Whats­App por 19.000. ¿Se arrepienten de haberla vendido tan barata?

— (Ríe) Nos arrepentiríamos si la operación hubiera salido mal, si la compañía no fuera por donde esperábamos. Hemos crecido mucho en Facebook, podemos hacer lo que nos gusta y seguimos viendo cómo crece. Ser accionista ayuda, pero lo más importante es que aún tenemos el control de Instagram y que sigue siendo un éxito. Quizá lo seguiría siendo si nos hubiéramos mantenido independientes, pero sería diferente.

— ¿Podría haber creado su compañía en su país, Brasil?

— Pienso que cuando la creamos, probablemente no. Estuve hace un mes en Brasil y ha cambiado mucho desde que dejé el país. Hay más energía en el emprendimiento, se están generando muchas start-ups locales, y lo bonito de las apps móviles es que no tienen que originarse en un lugar determinado. Así que no, no creo que hubiera podido fundar mi compañía allí en 2010, pero me parece que ahora es posible hacer cosas interesantes sin estar en Silicon Valley.

— Pero ¿por qué es Silicon Valley el lugar en el que hay que estar para crear compañías tecnológicas?

— Los modelos, las referencias, desempeñan un papel muy importante. Recuerdo que al mes de llegar a la Universidad de Stanford, algunos estudiantes fuimos invitados a cenar con emprendedores. Conocí a Jerry Yang, que fundó Yahoo!; al fundador de Skype… Toda esta gente creó grandes compañías, y eso resulta muy inspirador para los estudiantes. Me entusiasmó la posibilidad de ser capaz de seguir ese camino. Por eso intento volver siempre que puedo a Brasil y decir: “Esta es mi historia, y también puede ser la tuya”.

— Usted empezó a trabajar muy joven con ordenadores, a la edad de cuatro años…

— Sí, era un niño muy nerd (ríe al usar esta expresión intraducible que se aplica a los expertos en tecnología). A los niños les gusta desmontar y montar cosas. A mí me gustaba hacer eso, pero con software. Era un buen momento para hacerlo porque los programas eran más simples. El código fuente venía con el programa, así que podías ver cómo estaba hecho, por qué las cosas funcionaban como lo hacían, cuál era el resultado, podías cambiarlo… Pero lo interesante es que solo lo vi como una carrera cuando llegué a California. Hasta entonces lo veía como un hobby; nunca pensé que escribir software podría ser mi forma de ganarme la vida.

— ¿Cómo manejan en Instagram y Facebook el famoso dilema del innovador, es decir, asegurarse de que siguen innovando, pero también de que no pierden la esencia que causó su éxito?

— Es una de las cosas más duras. Creo que tener a los fundadores dentro de la compañía ayuda mucho porque aún somos quienes tomamos las decisiones. Un ejemplo de eso son las fotos cuadradas. Durante mucho tiempo fue una de las señas de identidad de Instagram. Pero hubo un momento en que reflexionamos que si los extraterrestres llegaran un día al planeta y visitaran la oficina de Instagram, pensarían que estamos locos, porque nuestros usuarios estaban usando apps de terceros para que sus fotos tuvieran el tamaño que deseaban. En algún momento no sintonizas con lo que la gente quiere. Y es duro, porque internamente muchos empleados pensaron: “¡Oh, no! Van a cargarse Instagram, la gente se va a ir, el cuadrado es importantísimo”. Y no. Instagram es comunicación visual. El cuadrado es un detalle. Al final lo modificamos y no puedo imaginarme a Instagram solo con fotos cuadradas. Tenemos que hacer todos estos cambios porque, de lo contrario, moriremos. O cambias, o mueres.

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