Escape

Midori

Midori.

Midori.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta / La Paz

01:22 / 20 de diciembre de 2017

Entonces empezaron a salir más contratos para tocar en diferentes puntos del Japón. Las tocadas en Osaka de los jueves incluían viajar en un barco con piso de tatami con cientos de japuchos durmiendo en el piso como pijama party flotador. Llegaba directo a la prueba de sonido con cuatro nipones y sus camisas caribeñas prestos a tocar full bossa nova. Algunos viernes venían las tocadas en Honshu con Los Ubanqui (nadie sabía el significado del nombre), cinco japuchos inmóviles en sus ponchos de calcha, repertorio Jairas y Kjarkas, para lo cual tenía que cruzar por debajo del mar una hora en el shinkansen (tren bala) a 300 kilómetros por hora. Una vez, de chaqui, me vino claustrofobia marítima, el corazón quería salirse, entonces apareció una amable azafata japonesa perfecta, sumimasen, doozo, y me llevó del brazo al vagón de los desmejorados donde varios gringos y gajines (extranjeros, bárbaros) veían plácidamente en pantalla gigante imágenes de cascadas; te daban un wiskicito con masaje de yapa hasta que la paranoia se fuera.

El que conseguía estas tocadas con esmero era mi alumno de guitarra Tanaka san, melómano del folklore boliviano, líder de Los Ubanqui, técnico en cables telefónicos, comprador de guitarras carísimas, eximio luchador por sacar el ritmo de chacarera.

Su amiga Midori san, mi alumna de charango, había desaparecido un par de meses. Un día abrí la puerta y apareció una japonesa muy churra con el alarido:

— Manueru san, ¡jishashiburi des ne¡ (hace mucho tiempo…).

No la reconocí.

— Midori desu, dijo como gorrión triste.

Casi me desmayo. Aquel sollozo de mujer se había tornado en un minón nipón. Le habían abierto los ojos, colocado parpados y pestañas, insertado tabique, los labios eran carnosos, pulidos los pómulos, senos para una palma, ya no era rosquita y le pusieron unas nalgas marinas. Venía en el uniforme azul de su oficina.

— ¡Sugoy des¡ (¡increíble¡, le dije).

Tomamos té verde, preparar la infusión era un placer, recordé al maestro Cavour que meses antes en un concierto en Nagasaki me había dado la instrucción de averiguar si la tenían horizontal o vertical. Me atoré.

Empezó a contar que decidió aceptar un ofrecimiento de su oficina —era contadora de la oficina de migraciones o algo así—, le descontaban 20% de su salario al mes, durante 10 años, para pagar aquella venerable transformación. Eso sí, había que respetar el último decreto del parlamento nipón que ordenaba las medidas máximas de apertura de ojos pues la ola de cirugías plásticas estaba acabando con la identidad nashonal.

Esta transformación más su performance de charango y su vocecita dulce en el karaoke habían logrado un pequeño ascenso laboral. Estaba feliz. Y yo más. Luego de la clase de charango, festejamos con sake y nos encontramos en un beso breve conmemorando aquellas frotadas por las calles de Fukuoka.

A partir de allí se prolongaron nuestros encuentros, en el ensayo con Los Ubanqui, en desayunos apasionados, en cenas de fideos populares. Una tarde me invitó a su casa para estar con Otoosan (su papá), quien luego de beber tecito salió. Allí le sacamos fuego a los tatamis, los gemidos hicieron que venga el guardia del edificio. En confesión de alcoba susurró que bordeaba los 30, que hacía su maestría en Contabilidad para presentar sus papeles a una agencia matrimonial. La agencia se encargaba de escoger los currículos y elegir al candidato con similar nivel académico y otras analogías. Un máster con una máster. Un enfermero con una enfermera. ¿Y el amor ? casi siempre ausente, sollozaba.

— Manuerua san, aishiteiru, dijo suspirando su amor.

— Cocoro cara, jashimete des (desde el corazón, es la primera vez).

Entonces me asusté y salí corriendo. El problema fue que su declaración de amor entre moqueos la hizo pública noches después en la mesa familiar con Otoosan y Tanaka san lo que causó una hecatombe asiática, un tsunami ecuménico, se rompió for ever aquella armonía de pitufos. Otoosan en tono samurái vociferaba que éramos hermanos, Tanaka en tono karateca clamaba que yo era gajin, los gritos apresuraron mi retorno a Bolivia. Años después supe que Midori se había casado con Tanaka, hoy son una pareja japonesa estándar con hijitos labrados en origami.

  • El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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