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Memorias de Vietnam, perla de oriente

La cronista boliviana Cecilia Saavedra relata su paso por tres ciudades en el país del Sudeste Asiático

La Razón (Edición Impresa) / Texto: Cecilia Saavedra Chávez IG: ceciliasaachz

11:56 / 09 de agosto de 2019

Vietnam es una parada ineludible si se visita el Sudeste Asiático. Es un país maravilloso, rebosante de historia y paisajes tan diversos como su cultura. De norte a sur las posibilidades son infinitas: las terrazas de arroz en las montañas de Sapa, la enigmática Bahía de Halong, las playas de arena blanca, los mercados flotantes, la tradicional Hoi An iluminada por farolitos y las bulliciosas ciudades de Hanoi y Ho Chi Minh.

La República Socialista de Vietnam —conocida como la Perla de Oriente— es el decimosexto país más poblado del mundo, un hecho verificable al poner un pie en Hanoi, su capital. Las motos, motonetas y bici-taxis invaden las calles, donde al parecer las señales de tránsito o educación vial son inexistentes. Los bocinazos, el bullicio y el caos son parte de la experiencia de cualquier viajero que llegue a esta parte del mundo. Incluso si venimos de países latinoamericanos como Bolivia y estamos habituados a cierto desorden vehicular, Vietnam está en otro nivel, tal vez solo comparable con India. Cuesta un tiempo encontrar un semáforo en las calles y la única posibilidad de cruzarlas es calcular los espacios entre las miles de motonetas y autos que van en toda dirección.

Hay un chiste entre los viajeros que llegan a este país de la península de Indochina: todos llegamos a ser millonarios en Vietnam ni bien cambiamos nuestro dinero por dongs vietnamitas, ya que $us 50 equivalen a más de 1 millón de dongs. Vietnam es económico, incluso para nosotros los bolivianos, y si se sabe viajar, las posibilidades de tener una maravillosa estadía con bajo presupuesto son infinitas.

La bienvenida de Hanoi

Ni bien encontré mi hotel en medio del Old Quarter (Barrio Antiguo) de Hanoi, lo primero que quería —básicamente, necesitaba— era que me hicieran un masaje.

Así comencé a caminar por las calles de este famoso lugar atiborrado de turistas, bares, restaurantes y mercados callejeros, muy al estilo de la calle Comercio en La Paz, donde es fácil perderse pero siempre bajo el riesgo de descubrir algo interesante. Por fin encontré un lugar de masajes donde ofrecían uno que todavía no había probado: el tradicional masaje tailandés con una mezcla de Jiu jitsu. Fue una hora bastante particular, en parte por la relajación que produce el que te estiren los músculos y por otra, por lo parecido a una tortura cuando la masajista caminaba sobre mi espalda sin piedad alguna. Lo más interesante de este masaje fue que al final mi masajista me trenzó el cabello con una increíble paciencia y destreza.

Una vez relajada, era hora de comer y en este aspecto Vietnam no decepciona: hay una oferta muy variada de comida deliciosa y con muchas opciones vegetarianas o veganas de donde escoger, a precios excelentes. Algunos de los platos típicos e imperdibles de su cocina son los rollitos primavera (Goi Cuon), envueltos con un delicado papel de arroz y rellenos de verduras, los hay también en versión frita y vienen acompañados de una salsa agridulce. El Banh Mi es un sándwich relleno de vegetales frescos y verduras encurtidas en su versión vegetariana y con carne de todo tipo en la versión carnívora, es el perfecto ejemplo de la influencia de la colonización francesa a este país en el siglo XIX. Los famosos Won Ton, que también se pueden encontrar en chifas de Bolivia, son una especie de empanadas chinas fritas y rellenas en un extremo por verduras o carne, generalmente están bañados por varias salsas. Al igual que en Taiwán y China, uno de los platos estrella y que se come a diario es el Pho, sopa de fideos oriental. La comida callejera en Vietnam es una explosión de sabores y, aunque muchas veces no se vea de lo más sofisticada o limpia, es necesario probarla; a mí no me decepcionó.

El cierre perfecto para cualquier comida es el café y el de Vietnam es una delicia absoluta, con un sabor especial e intenso; se sirve en vasos de cristal acompañado de leche condensada. Para los adictos a la cafeína, probarlo es una obligación.

El segundo día amaneció lluvioso, pero como no hacía frío decidí ir a la plaza Ba Dinh, lugar donde están el Palacio Presidencial, la Pagoda del Pilar Único y el Mausoleo y Museo de Ho Chi Minh, quien fue el primer presidente de la República Democrática de Vietnam y una figura clave del Ejército Popular durante la guerra contra Estados Unidos. El único problema que encontré al llegar fue que por alguna razón todo el complejo estaba cercado por guardias y era imposible entrar.

Mientras trataba de encontrar un camino alternativo conocí a una pareja de Suecia que tenía el mismo problema que yo. Resultaron ser personas maravillosas que, tras haberse retirado, empleaban su tiempo en viajar. Estaban sorprendidos de cómo yo podía hacerlo por lugares tan alejados de mi país y totalmente sola, por lo que me preguntaron si me podían acompañar durante ese día para saber más sobre Bolivia, porque pensaban visitar este país pronto.

Recorrimos la ciudad a pie, sin un rumbo fijo, simplemente disfrutando de las postales que nos ofrecía Hanoi, perdiéndonos en sus entramadas callejuelas, viviendo ese caos tan particular y distintivo del continente asiático, sintiendo por los poros el olor a comida, mezclado con las alegres conversaciones de los vietnamitas siempre tan cálidos y probando los jugos de frutas exóticas a precios increíbles.

Entramos en el Templo de la Literatura, construido en 1070 y que sirvió como la primera universidad de Vietnam. También fuimos a la Catedral de San José, una pequeña réplica de Notre Dame. Después  logramos dar la vuelta al lago Hoan Kiem en la zona francesa y por último hicimos algo imprescindible en Hanoi, ver el teatro de marionetas acuáticas de Thang Long, un show visual y acústicamente maravilloso.

Irme de Hanoi sin haber visitado alguna de las famosas casas de té me hubiese dejado una sensación de que me perdí de algo, por eso en mi último día en esta ciudad seguí el consejo de mi amigo DJ Paul Jove y me dirigí en moto a Hien Minh Tea, pasando por West Lake para sacar fotos del paisaje que ofrece el lago y el horizonte despejado. Abierta en 2016, esta tradicional casa de té es el refugio que Nguyen Viet Hung y su esposa Hai Yen ofrecen a viajeros, turistas y locales que quieran relajase por un par de horas y disfrutar del aroma, sabor e historia milenaria del té. Apenas entré me recibieron con sonrisas y me preguntaron si me gustaría almorzar con ellos antes de mi ceremonia. Viajar, entre muchas otras cosas, significa compartir la cultura local y aprender sobre la comida, un reflejo de las costumbres. En esta ocasión, tuve la suerte de probar la deliciosa comida vegetariana que mis nuevos amigos me ofrecían con una generosidad que es reconfortante y a veces difícil de encontrar.

Luego del almuerzo, fuimos al segundo piso para comenzar con la ceremonia del té. Hasta ese momento no había asistido a ninguna otra, por lo que todos mis sentidos estaban alertas para dejarme llevar por la experiencia. Lo que sucedió fue sin dudas un viaje espiritual, una parada necesaria para meditar, relajar mi mente, estar consciente de mi alrededor y mi presente. Aprendí que el té sigue un proceso, que el agua debe tener una temperatura adecuada y el resultado fue el mejor té que haya probado y una sensación de paz para poder seguir con mi viaje.

Me quedaba tiempo antes del anochecer y una cosa por hacer: visitar la calle Le Duan, que en apariencia es una más de Hanoi, sin embargo siempre está atiborrada de turistas sentados esperando el paso del tren que atraviesa la ciudad cada día a las 15.30 y 19.30. Este hecho tan normal se vuelve un espectáculo porque las calles por donde transita son tan estrechas que los vendedores o habitantes de las mismas tienen que recoger sus pertenencias y levantar los toldos al momento del paso del tren. Si bien se recomienda cautela, ha habido casos de accidentes con turistas que arriesgan todo por una selfi.

Da Nang: la ciudad mística

Camino a la parada del bus que me llevaría hasta el aeropuerto de Hanoi, mi maleta se rompió en medio de la calle, los pedazos se iban cayendo mientras caminaba; a pesar de esto logré llegar a tiempo para tomar mi vuelo. Antes de aterrizar en Da Nang, me asomé por la ventanilla y lo primero que pude ver fue el hermoso mar de Indochina iluminado por los edificios de la ciudad. Dejé los restos de mi maleta en el hotel y corrí a la playa que estaba a dos cuadras. El océano tiene un poder indescriptible sobre mí: me quedé allí un par de horas, observando y sintiéndome agradecida por lo que estaba viviendo.

Da Nang es una pujante ciudad al centro de Vietnam, generalmente es un lugar de paso para muchos viajeros que se dirigen a Hoi An o esperan tomar algún vuelo al sur del país, pero a mí me recordó en cierta manera a Hong Kong, por las luces y la cantidad de edificios. Hay muchas actividades y playas en plena ciudad, uno de los lugares que vale la pena visitar de noche es el Dragon Bridge, un hermoso dragón que se ilumina con diferentes tonos y que cruza el río Han.

Cerca está el Love Lock Bridge, lleno de corazones y candados grabados con nombres de parejas que todavía creen en el amor y quieren perpetuarlo con un símbolo.

Midiendo 67 metros, Lady Buddha es la figura de Buda más grande del país. Se llega preferiblemente en moto o auto porque está sobre la península de Son Tra y, una vez allí, la vista de toda la bahía de Da Nang es espectacular. Independientemente de la religión que profese cualquiera de los visitantes, el simple hecho de estar en ese lugar, recorrer sus jardines y contemplar el extenso mar otorga un momento de serenidad total.

A algunos kilómetros de distancia de la ciudad están las cinco montañas de mármol, las cuales evocan a los cinco elementos de la naturaleza. Por fuera no lucen nada especiales porque es adentro donde se esconden sus misterios: cavernas, laberintos, pagodas y templos, algunos de difícil acceso pero que vale la pena recorrer.  Existe una antigua leyenda Cham que cuenta que las montañas se originaron de un huevo gigante de dragón que fue enterrado por un anciano bendecido por el dios Kim Quy. La mística de estas montañas sigue intacta aunque, no hace muchos años, hayan presenciado silenciosamente un triste hecho en la historia del mundo: el primer desembarco de las tropas norteamericanas en Vietnam, aquel 8 de marzo de 1965.

Hoi An: patrimonial

Definitivamente es una de las ciudades más turísticas de Vietnam, donde los fines de semana es casi imposible caminar por la cantidad de turistas. Hoi An es una joya ubicada al centro del país. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) la declaró Patrimonio de la Humanidad, por ser de las pocas zonas que no fueron bombardeadas durante la guerra y porque su casco antiguo se mantiene anclado en el tiempo sin ser contaminado todavía por una modernidad exagerada. Decorada con faroles por doquier, recorrer Hoi An de noche es una experiencia visual maravillosa, altamente recomendable. El mercado nocturno es el alma del regateo, se puede encontrar de todo y para todos.

Uno de los íconos de Hoi An es el mítico Puente Cubierto Japonés. Al igual que para muchos museos o casas tradicionales, se requiere pagar una entrada para poder ingresar, en este caso, atravesar.

El Santuario My Son es un complejo de templos hindúes dedicados al dios Shiva, está muy cerca de Hoi An pero solo se puede visitar si se alquila una moto o se paga un tour. El día que fui llovía torrencialmente, lo que hacía bastante difícil apreciarlo en toda su proporción, además de que el guía local del tour hablaba un “inglés” imposible de entender, por lo que decidí recorrer las ruinas por mi cuenta.

Desde el siglo IV hasta el XIV, My Son fue un lugar de ceremonias para los reyes y gobernantes de la dinastía Cham; es considerado como el sitio arqueológico que estuvo habitado por más tiempo en Indochina. Por desgracia, fue destruido en un gran porcentaje por los bombardeos estadounidenses. Este santuario también ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad, como la evidencia que queda de una civilización asiática ya extinta.

El budismo es la religión principal desde hace 2.000 años, aunque los vietnamitas han sabido asimilar e integrar conceptos de otros credos orientales basados en el respeto a los antepasados, transmitiendo valores como paciencia, tolerancia, compasión y no violencia. La calidez vietnamita, su capacidad de resiliencia después de la guerra y su espíritu de progreso son un ejemplo de que la fortaleza de los pueblos está en mirar siempre hacia el futuro.

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