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La Luz de César Portillo

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

El compositor César Portillo de la Luz

El compositor César Portillo de la Luz

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 27 de marzo de 2019

1999, estoy en La Habana en un encuentro de “autocantores” y mientras tomamos un helado maravilloso, Santiaguito Feliu me recomienda ir esta noche a escuchar al compositor César Portillo de la Luz, gloria del bolero cubano, quien toca en un pub de La Habana Vieja. Sin hacerme de rogar en la noche cumplo la sugerencia. La Habana está de fiesta, las mulatas circulan, coquetean y caaasi me desvío. Entro al pub, me siento en una mesa cerca del escenario, pido un mojito, veo alrededor: solo hay un mexicano bastante chupado de vecino y una señora de blanco en otra. Esto se suspende, pienso. Pero sale el maestro ochentón, serio y empieza a tocar como si disfrutarían mil personas. Emocionado, escucho los bolerazos que fundaron el feeling de los años 50. Sus acordes son extraños, parecen venir de otra afinación. Su voz rasposa genera melodías atrevidas, modulantes.

De pronto el mexicano pide en desubique total: —“¡Cuando salí de Cuba!”. Insiste, incomoda, dos garzones mulatos de metro noventa sacan a las rastras al chingador mientras Portillo sigue cantando como si nada. Termina la primera parte y la señora de blanco se acerca a mi mesa, agradece que respete al maestro, lo trae, me presento, dice que su guitarra es de Paracho, la toco un poquito, lo invito a que venga a La Paz, sonríe: —“Tengo ochenta y uno, chico, a cuatro mil metros se me acaba el feeling”, dice.

Empieza la segunda parte y la señora se queda en mi mesa, le invito un mojito, agradece y me dice susurrando: —“Este bolero es para la primera mujer, este otro es para la segunda”. —“¿Y usted, quién es?”, le pregunto. —“Soy la tercera, ya llegará mi bolero”, responde riendo a lo caribe. El maestro termina el conciertazo con el hit Contigo en la distancia, su versión es sentida, única, con la señora y los garzones aplaudimos de pie.

Tomamos un par de mojitos los tres en la mesa y la preguntita colla mía: “Maestro, ¿qué versión le gusta más de Contigo en la distancia?”. “Mira, chico, son alrededor de ciento seis, me gusta la de Milanés”, dice, seco, amable.

— “¿Y qué opina de la de Luis Miguel?”, indago saboreando el ron.

— “Quieres saber, boliviano?, ven acá...”, me lleva al balcón, señala un Mercedes Benz morado que está parqueado en la puerta, último modelo, el mejor auto que vi en La Habana.

— “Esto opino de Luis Miguel, chico, son mis derechos de autor. ¿Quieres que te lleve a tu hotel?”, dice, seco, amable.

Y ahí me ves, por el malecón de La Habana, en el Mercedes de César Portillo de la Luz, su mujer al volante, el maestro y su habano, se abre el techo, saco la cabeza, el mar rebalsa a las parejas, las jineteras me saludan a los gritos, soy inmensamente feliz. Llegamos a mi albergue, le doy un abrazo y la consulta final:

—“Maestro, ¿y cuál es la versión que menos le gusta?”. Piensa, dice seco, amable: “La que viene, chico, la de Plácido Domingo: la ópera y el feeling no se llevan bien”.

Se despide con el sombrero blanco palomar, la señora me manda un beso y mientras se van en el auto morado pienso: — “¡Puta, qué suerte la mía! César Portillo de la Luz dio todo un concierto solo para mí en esta noche habanera que deseo no acabe nunca más”.

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