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Lucha libre: Crash pelea bajo la bandera LGBT

En un cuadrilátero de tradición homófoba, Cristhian Frías Goytia golpea a la discriminación.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas Saldías

13:42 / 21 de marzo de 2019

Maricón, maricón”, le grita un niño al árbitro malvado cuando golpea al bueno en el piso en pleno combate de lucha libre en un cuadrilátero en El Alto. El aludido responde con un “Ay, sí. Ay, sí” meneando las caderas y con las manos en la cintura, mientras se escucha de fondo la canción Pluma pluma gay. Carcajadas retumban en el coliseo. El grito se repite en cada encuentro: va dirigido al luchador rudo, al que hace trampa, al réferi vendido. “Cállate, maricón”, riñe a este último una mujer del público que le lanza una botella, con refresco incluido. Da en el blanco. Ella ríe y festeja azuzada por otros espectadores. Entretanto, en el vestuario Cristhian Ezequiel Frías Goytia, el luchador Crash, escucha todo esto mientras ajusta su bandana: él sí es gay, maricón.

El domingo es día de lucha libre. Varios cuadriláteros se abren en El Alto ofreciendo espectáculos de combates de cholitas como principal atracción. A ellas les acompañan deportistas de larga carrera, seguidores de la tradición mexicana de Blue Demon. Grupos más jóvenes —como Ultimate Wrestling, del que Crash forma parte— trabajan en la lucha estadounidense, técnica diferente a la tradicional boliviana. Si bien varias canchas les cierran las puertas, organizadores más abiertos les dan espacio como invitados.

Son las 16.00 en la Ceja de El Alto y cerca de la estación del teleférico de la Línea Roja está un cuadrilátero al aire libre, Tiburones del Ring, con el que el equipo de atletas ha coordinado con antelación una lucha en su escenario. Se pide permiso para fotografiar a Crash, cuyo traje de cuero, licra y detalles de la bandera LGBT viste a un entusiasta analista de comunicación corporativa. “No son del grupo, no van a luchar”, justifica el encargado. No hay más explicación.

Los tres deportistas —Crash, Adville y Randy Bravo— tienen que buscar otro cuadrilátero. La vida de luchador libre independiente está llena de incertidumbre.

“Siempre me gustaron los deportes de contacto. Tenía 15 años cuando vi la lucha libre en Villa El Carmen. Al terminar les hablé a los luchadores, quienes me dijeron que se abriría una escuela. Y me metí. La mayoría eran mayores y fisiculturistas; yo era bien flaquito”.

En su primer enfrentamiento no le fue muy bien, pues no tenía técnica y estaba nervioso. Así que buscó opciones y encontró a la New Wrestling Revolution, agrupación que trabajaba en la lucha estadounidense, en el denominado ‘estilo extremo’. Ahí comenzó a practicar y encaminó su carrera inspirado en sus ídolos: Chyna y Eddie Guerrero, a quienes tiene tatuados en las piernas.

Con los palos de kendo a cuestas —se planificó un combate de triple amenaza con reglas extremas, en el que se puede usar objetos para golpearse—, la comitiva se dirige a Villa Dolores, donde está la cancha Líder, de la asociación del mítico luchador Kid Simonini. Allí la respuesta es diferente y, a pesar de no haberse coordinado previamente esta lucha, los organizadores acceden con agrado.

Son las 18.00 y los deportistas se alistan en los vestuarios detrás del escenario mientras el público, entre el que destacan muchos turistas, disfruta del espectáculo. Los Ultimate Wrestling ingresarán al final de la jornada.

Cristhian ha tenido que salir dos veces del closet. La primera, cuando escondía que practicaba esta disciplina. Si llegaba a casa con alguna lesión, siempre le echaba la culpa al fútbol, deporte que no juega. “Debo haber parecido el futbolista más torpe del mundo”, sonríe. Después reveló que era gay. “En mi casa fue complicado. Mi mamá fue la primera que se enteró y le resultó muy difícil al principio, pero con el tiempo fue aceptándolo y me apoya mucho. Para mi hermana fue más fácil entender. A mi papá nunca se lo dije directamente, pero no es que se lo oculte, no; yo siempre hablo de mis cosas en la casa. De lo que sí estoy seguro es de que mi familia es mi principal apoyo en la vida”.

Gabriela Frías es hermana de Cristhian. “Antes de saber que él era gay o luchador, sabía que era mi hermano. Lo único que me importaba y me importa es su felicidad y que cumpla sus sueños. Me siento orgullosa de lo que está haciendo y de que además inspire a otra gente. Sé que su lucha está tanto fuera como dentro del ring, por eso tiene mi apoyo al cien por ciento”.

Hubo más obstáculos en la carrera de Cristhian: En 2016 dejó de entrenar porque sufrió una irritación cerebral que le desencadenó un trastorno ansioso depresivo provocado por vivencias personales. “Actualmente sigo con los síntomas de la ansiedad, pero ya lo sé llevar de mejor manera”.

La pelea tampoco ha sido fácil para sus parejas. “Mi último novio tenía paranoia de que lo descubran y nunca fue a una lucha mía. A otro le daba miedo de que me pase algo, se ponía muy nervioso”. Y no era en vano: en un entrenamiento se le estiró el cuello y la espalda, y en un combate le reventaron un tubo fluorescente en el brazo y le dejaron cicatrices que tuvo que cubrir con un tatuaje.

El traje de Crash es de inspiración motoquera: cuero, negro y morado. Fue en 2017 que se animó a hacerse bordar una bandera LGBT en el chaleco. Luego compró una pañoleta con el arco iris para su ingreso y así, empezó a luchar bajo estos colores. Ahora sin máscara, Crash se muestra de frente. “Nadie me comentó nunca nada directamente. Noto cuando la gente se queda mirando la bandera, pero nada más. No sé si lo relacionan con la homosexualidad. A mucho público le ha gustado, sobre todo a los turistas”.

Sus amigos también le apoyan. Viviana Choque conoce a Cristhian desde los seis años. “Si debo definirlo en una palabra, sería ‘valiente’. A lo largo de los años pude ver cómo iba venciendo miedos, generando otros, pero siempre luchando. La lucha libre fue una herramienta importante para que pudiera enfrentarse a la vida”. Y es que en una sociedad que asigna campos laborales específicos a las personas LGBT, éstas no suelen denunciar discriminación.

La Dirección General de Lucha Contra el Racismo registró en 2017 dos casos de discriminación por orientación sexual entre 210 denuncias en total. La Defensoría del Pueblo registró 4.525 quejas en 2017, de las que solo 33 fueron denuncias de vulneración de derechos a personas LGBT, evidencia el Observatorio de los Derechos LGBT en Bolivia.

¿Por qué tan pocas denuncias? “Desde decir ‘marica’ o ‘maricón’

como insulto es algo normalizado —explica el activista Jonathan Arancibia—. No se sienten protegidos por el Estado y hay desconocimiento de sus derechos. Es una sociedad machista, homofóbica y patriarcal”.

La ‘remanga jetas’, la ‘crashificción’ y la ‘bombástica’ son los ataques especiales que tiene Crash, quien cultiva el estilo Brawler para enfrentar prejuicios de la sociedad. “Ser luchador abiertamente gay es un gran poder de representación y superpoder para hacer algo por los demás”, opina su colega de trabajo Rubén Ortís.

Es hora de salir al ring. La palabra “maricón” todavía retumba. “Lo femenino, sea en un hombre o una mujer, no se debe relacionar con debilidad. Yo soy fuerte y soy maricón. Y visibilizo la bandera LGBT en el ring porque quiero ser el referente que yo no he tenido de chico: un personaje gay fuerte, del que los niños puedan sentirse orgullosos”. El presentador anuncia su nombre. Se abre la cortina azul con dorado. Viene una nueva lucha.

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