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Juan Peredia Huallpa es el mercader generoso

Porque conoce el frío de la calle, Juan regala mantillas a las personas que mendigan. Gracias a eso se hizo conocido en Facebook.

Juan Peredia Huallpa. Ilustración: Frank Arbelo

Juan Peredia Huallpa. Ilustración: Frank Arbelo

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda / La Paz

00:00 / 28 de febrero de 2018

Al ver a las mujeres que piden limosna en la plaza Abaroa, Juan Peredia Huallpa, que vende mantillas, no puede evitar pensar en su madre y en el sufrimiento de aquellos con bajos recursos. “Yo también he sufrido, sé lo que es estar en la calle y la Biblia dice que la riqueza no dará felicidad. Con poco, pero les ayudo”. Por eso, cuando hace mucho frío, su bondad se desborda y no puede evitar regalar alguno de los tejidos que comercia.

En una de estas ocasiones, Tonny López vio a Juan obsequiando una mantilla a una anciana y escribió una entrada al respecto en su cuenta de Facebook. Ahora a Juan lo reconocen en la calle, lo saludan y lo buscan para comprarle. “Cuando me ven, me reconocen y se quedan a charlar, eso me da mucha alegría. Les cuento un poco de mi historia y me compran”.

El comerciante paceño pasó casi 50 años, de los 62 que tiene, robando y bebiendo. Comenzó en su adolescencia —a los 14 años— pidiendo limosna, pero no tardó en encontrar mala compañía. “La primera vez entré a una casa y descolgué la ropa que estaba secando. Después fui carterista y muchas otras cosas más”.

Ahora, arrepentido, reconoce que el dinero que consiguió de mala manera lo gastó consumiendo alcohol, sin hacer algo productivo para sí mismo, o para sus cuatro hijos. Inevitablemente fue a parar a la cárcel varias veces, tanto en Bolivia como en Argentina, donde llegó sin documentos por tren—que ciertos días solía pasar la frontera sin vigilancia—.

Tras resistirse a cambiar por mucho tiempo, un día se resolvió ir a una iglesia evangélica en Sucre. “Hace tiempo que el Señor me estaba llamando, así que un día me decidí y me reformé”. Fue muy difícil comenzar, la tentación estuvo siempre presente, pero asegura que fue su fe en Jesucristo lo que lo ayudó a salir adelante. Como actualmente no tiene ninguna relación con sus familiares, ya que sus hijos viven en diferentes ciudades, su pastor y la congregación son los que lo apoyan y motivan diariamente para no recaer en la delincuencia o en el alcohol.  

Desde hace ocho años que Juan cambió su forma de vivir y ahora, pese a que vende en la calle, es feliz. No le falta comida o techo y dice que ser generoso lo hace sentir dichoso. “Estoy bendecido y soy feliz, por eso trato de ayudar en lo que puedo”.

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