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Con Jorge Drexler

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

El papirri con Jorge Drexler

El papirri con Jorge Drexler

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

00:00 / 06 de noviembre de 2019

El compositor uruguayo Jorge Drexler (1964) es una bella caja de sorpresas. Allá por 1990 era salvavidas de la playa La Paloma, así se pagaba los estudios de Medicina. Después le compondría una bella zamba, Camino a la paloma (del disco Frontera, 1999), que ya plantea la sabiduría drexliana en los textos: “Porque solo conozco de veras/ lo que alguna vez tuve que añorar”.

Prontamente se gradúa de médico y, librándose del compromiso académico familiar, toca intensamente en los barziños uruguayos. Un gran músico charrúa, Rubén Olivera, lo convoca para abrir dos shows históricos montevideanos, los conciertos de Caetano Veloso y Joao Bosco. Se anima a grabar un par de discos para el sello local Ayuí, que Jorge considera labrados solo para dejar un testimonio de talento. Entonces llega el milagro merecido. Luego de ser telonero del concierto montevideano de Joaquín Sabina, en 1996, impresiona al español y éste decide apadrinarlo en Madrid presentándole a toda la crema de la canción de autor.

Esta etapa europea de Jorge Drexler podríamos atraparla entre 1996 y 2005. Produce canciones y discos patrimoniales para la canción hispanoamericana. Los discos Vaivén (1996), Llueve (1998), Frontera (1999), Sea (2001), Eco (2004) nos regalan joyas poético musicales como Antes, La edad del cielo, De amor y de casualidad, Todo se transforma y Soledad (de 12 segundos de oscuridad, 2006). Drexler sabe rodearse de músicos y productores inteligentes como Juan Campodónico, que le imprime un sonido renovador a la rutina de los autocantores, con toques electrónicos, loops y scratches enlazados a una guía acústica guitarrística de armonías alteradas siempre en sincopa. Esto, sumado a una voz dulce, precisa, austera (que remite a Joao Gilberto) y a textos sabios e inteligentes: “Cada uno da, lo que recibe/ luego recibe lo que da/ nada es más simple/ no hay otra norma/ nada se pierde/ todo se transforma (Eco, 2004)”.

La calidad de semejante paquetito creativo gana en 2005 el primer Óscar para una canción de habla hispana con Al otro lado del río, compuesta especialmente para el filme Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2004), sobre el Che Guevara jovencito. La canción logra que Drexler pise triunfante la alfombra roja, dejando además una bella estela de rebeldía luego de que Prince le entregara la estatuilla. La producción de la gala del Óscar no había permitido cantar al autor, optando por la pésima versión del bueno de Antonio Banderas con Carlos Santana, una hamburguesa musical digna de olvido. Entonces Drexler agradece con el Óscar en la mano cantando un pedazo de la canción ante la sorpresa del cartonerio de Hollywood.

Recuerdo un concierto inolvidable en el Teatro Sucre quiteño, que celebraba los 125 años de su fundación, era 2012. El show Mundo Abisal —unipersonal drexliano— nos dejó atónitos de emoción, con tres técnicos/músicos apareciendo esporádica y mágicamente en escena. Drexler entra solo a escena con una de sus tres guitarras, la acústica de cuerdas de metal, parece un “10” de la charrúa. Aquel gurí salvavidas ingresa feliz en su rosquera de habilidoso regalándonos: “Antes de mí tú no eras tú/ antes de ti yo no era yo/ antes de ser nosotros dos, no había ninguno de los dos/ no había ninguno de los dos…”. Profundo, simple, lúcido, agarra la de palo y empieza con Soledad.

La de mi lado lanza un chillido, su chico se emputa, silencio súbito para escuchar a este genio de la cancionística latinoamericana que está construyendo toda la banda sonora de The city of your final destination, película de Jamers Ivory con Anthony Hopkins. Hasta esas alturas artísticas llegó el salvavidas médico que viene con su trotecito feliz hacia mí, en realidad hacia su camerino. Le digo que soy de Bolivia, me abraza simple, en fulgores, cuenta que su abuelo se había refugiado en Oruro, no da más detalles, dice que quiere ir al Carnaval. Me cuenta que el bailarín y coreógrafo Julio Bocca lo tiene positivamente atormentando con la música de un ballet que dura 27 minutos. “¡Todo para orquesta, Manuel!”, dice radiante. Luego de semejante concierto de dos horas y media enloqueciendo al público, se va intacto, como llevando el balón por las playas de La paloma, dejándonos en el alma la sensación del amor más puro, la admiración más infantil, mientras suena en la atmósfera: “Esto que estás oyendo ya no soy yo/ es el eco, del eco, del eco de un sentimiento/ su luz fugaz /alumbrando desde otro tiempo/ una hoja lejana que lleva y que trae el viento...”.

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