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Instantánea

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La Razón (Edición Impresa) / Manuel Monroy Chazarreta

02:44 / 12 de septiembre de 2018

Esta foto es una de las pocas que tengo junto a mi papá. Estamos en México, en 1981, había llegado mi padre a visitarnos desde Lima, mi primo Ramón y su esposa Yolita tienen la saudade de la Patria en la mirada. Salimos rajando de La Paz, fui testigo del allanamiento de nuestro departamento de inquilinos en la calle Jáuregui 2269, mi antiguo callejón. Por esas cosas de Dios fuimos a festejar el cumpleaños de mi primo a la casa del suegro de mi hermano, que era coronel retirado y un milico piola. García Meza había dado el golpe militar unos días antes, todos instalados en esa casa de San Jorge nos sentíamos seguros, había buen whisky, el Ramón cantaba, mi padre fumaba sus puchitos, mi hermano cargaba a su reciente guagüita, brindábamos por el cumpleañero. Entonces se acabó el whisky y mi viejo ordenó: “Anda a traer uno de la casa, está en el ropero”, y me dio su llave secreta.

Atardecía. Bien chispeadito con mis 19 años trepé casi al trote las 10 cuadras que nos separaban, por la 6 de Agosto de subida, entonces llegué al borde de mi callejón y vi dos tanques de guerra apuntando el ventanal donde cinco años antes mi madre salía a gritar: “¡Manuelitooo!!!, ¡a cenarrr!!!”.Vi cómo sacaban de los pelos nuestras cosas del departamento, los libros de mi padre eran irradiados en el callejón, eran puestos en forma de hoguera, los paramilitares buscaban armas de los rojos. Me di media vuelta aterrado, a correr se dijo. Llegué a la fiesta con el corazón en la boca. “Ahora, qué has hecho, hijo”, preguntó papá Germán; resignado por mis siempre tensas noticias, le conté todo en resuellos. Mandó a que se apague la música. Entonces dio instrucciones. Debíamos llegar lo antes posible a la Embajada de México, fuimos en moto con el cuñado a preguntar hasta Obrajes, eran las 19.30, tocamos el timbre de la residencia, salió un guardia mexicano, preguntamos si había lugar para tres asilados más: “¡No! —respondió—, está lleno, hay 300 personas refugiadas en esta residencia”. Habíamos llegado tarde, volvimos a la casa de la fiesta en angustia, estaba todo en penumbras, entonces mi padre desde la sombra decidió que nos metíamos al Consulado de México que quedaba a dos cuadritas. Cuando llegamos a la puerta no preguntamos nada, empujamos al guardia nacional y nos metimos adentro, mi padre, mi hermano, mi primo y yo.

Así inauguramos una nueva sede de asilo político, el consulado mexicano, a fines de julio del 80. Estuvimos allí unos tres meses, cada vez más hacinados, llegamos a ser 150, yo salía y entraba, me volví courrier y enlace de guerra, no estaba tan chequeado, era cuasi bachiller, solo había ganado un festival de la canción social. Supimos que a las pocas horas de haber ingresado al consulado, un cantante argentino de orquesta tropical comandaba las tropas paramilitares que allanaban la casa del suegro de mi hermano, llevándose preso al cuñado, a la esposa, a los perros, y al propio suegro.  

Esta foto es un año después de lo relatado, mi padre se había quedado en Lima con su soledad crónica; con mi hermano, primo y familias nos refugiamos en México DF, fue duro el destierro, aunque la guitarra siempre me sacó adelante. Esta foto es en el Tenampa, un gran Bar Restaurante donde los mejores mariachis honran la memoria de José Alfredo. Teníamos la luz de nuestros ojos en su mejor lumbre, mi padre contaba sus anécdotas del Chaco, un tequila nos hacía llorar por la Patria lejana e imposible.

  • El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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