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Iaido, el arte de lograr la paz con una katana

El arte marcial poco conocido en el mundo es practicado también en La Paz.

Disciplina. Diego Komori practica el migi kesa giri, corte diagonal de arriba abajo que comienza en la derecha, por la base del cuello. Foto: Wara Vargas

Disciplina. Diego Komori practica el migi kesa giri, corte diagonal de arriba abajo que comienza en la derecha, por la base del cuello. Foto: Wara Vargas

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

00:00 / 06 de diciembre de 2017

Beatriz Gutiérrez quedó impactada cuando vio en la calle a una persona que cargaba su sable. Sintió curiosidad por saber de qué se trataba, así es que cuando entró al gimnasio donde está instalado el dojo, vio que aquel hombre estaba de rodillas, con la espalda recta y los ojos cerrados, en el preámbulo de una práctica de iaido, un arte marcial japonés antiguo que se practica también en La Paz.

“Parece fácil, pero en el momento en que estás practicando, los detalles son los que cuentan, en qué ángulo terminas, con qué fuerza agarras la katana, tiene que verse estéticamente bien, cada movimiento, cada corte”, explica la joven que lleva un año y medio entre sables nipones.

El iaido —que era practicado por los samuráis, guerreros japoneses de la época medieval— no solo es el arte de desenvainar y envainar la katana, sino que enseña a reaccionar de forma correcta ante cualquier situación inesperada. No obstante, era desconocido en Bolivia, hasta la llegada de Hiroshi Ezaki, diplomático japonés que encontró en Diego Komori, Óscar Porcel y Arturo Machicado a sus primeros estudiantes.

Una keikosha (practicante) extiende sus dos sables.

“Los fines de semana, en feriados o en día de elecciones, aunque no había vehículos, igual íbamos a practicar”, recuerda Diego, cuarto dan en mugairyu iaido (estilo de un sable) y tercer dan en genko nito-ryu (estilo que utiliza dos sables).

“Es un arte marcial muy exigente, requiere mucha concentración, mucha práctica, se busca la perfección en los movimientos”, dice Óscar, tercer dan en genko nito-ryu y quien dirige la práctica en el dojo de un gimnasio en la plaza Abaroa de La Paz.

La práctica comienza desde el momento en que toca vestirse. Con mucha paciencia, Diego explica cómo ponerse el keiko-gi (traje de práctica), que consiste en una chaqueta, un pantalón ancho y una faja de cuatro metros que debe ser envuelta de modo que permita que haya un espacio para guardar la katana.

Ingresar al dojo es otro ritual: hay que hacerlo de tal manera que jamás se dé la espalda al shomen, la pared principal del dojo. Además, en el saludo de reverencia se tiene que bajar la cabeza y la vista, como señal de confianza.

Diego y Óscar hacen un saludo de reverencia a sus katanas.

“Hajimemasho (del japonés, que significa ‘comencemos la clase’)”, ordena Óscar. Es el momento en que los sempai (guías) y los keikosha (practicantes) se arrodillan, hacen una reverencia a la parte principal, luego al instructor y por último a la katana, con ambas manos juntas formando un triángulo en el piso.

“Mokuso (cerrar los ojos y meditar)”, pide el instructor. En ese momento todos los asistentes se toman unos segundos para vaciar los pensamientos y concentrarse en la práctica del arte marcial. Funciona. El sentido del oído ya no percibe la música que inunda el gimnasio ni el ruido de las máquinas que operan en un ambiente contiguo.

Cada movimiento y posición del cuerpo tienen su explicación, pues el objetivo primigenio del iaido es desenvainar la katana y atacar lo antes posible. Por esa razón, Diego enseña al aprendiz desde la posición de los dedos para sostener el sable dentro de su saya (estuche).

Para los principiantes, el desenvainado del sable japonés es el momento más esperado, para lo cual se debe seguir, también, un rito especial. En el aprendizaje del iaido hay seis cortes básicos. Diego y Óscar empiezan la práctica con el  principal, el makko giri o corte vertical de arriba abajo. En apariencia fácil, cada movimiento tiene una razón de ser, con el pie derecho adelante y el sable encima de la cabeza, de manera perpendicular a los antebrazos que están levantados. El movimiento debe ser repetido las veces que sean necesarias, de tal manera que parezca un corte letal y —como parte del aprendizaje— se escuche el sonido silbante de la hoja de la katana que cruza el aire.

Representación del iaido.

“La verdad, al inicio tenía tanta makhurka (fatiga muscular) en los brazos que ni siquiera podía levantarlos para agarrar una jarra del café”, confiesa Beatriz.“Desde afuera uno cree que se puede, pero para hacerlo se necesitan constancia y concentración con el fin de perfeccionar los movimientos”, comenta Ana Lucía Komori, quien empezó la práctica de esta disciplina cuando acompañaba a su esposo Diego y ahora está fascinada con el iaido. “Cuando uno se equivoca quiere decir que las cosas avanzan; si uno no se equivoca, no va a saber qué está mal y qué está bien”, reflexiona Óscar.

“Cuando creas que ya sabes es el momento de volver a aprender”, es la lección de Diego, quien hace dos años logró el segundo lugar en un campeonato mundial que se realizó en Japón.

Al final de la sesión, con los brazos adoloridos pero satisfecho, el practicante cae en cuenta de que más que un arte de guerra, el iaido es un camino para encontrar la paz.

Ana somete a su sempai o guía.

Clases de iaido

  • Las clases en el gimnasio Spazio son lunes, viernes y sábado. Los domingos, en el Automóvil Club Boliviano.
  • Para aprender mugairyu (estilo de un sable) llamar al 60107351. Para genko nitoryu (dos sables), al 71596174

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