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Historia sobre ruedas

La familia Cortez guarda cinco vehículos clásicos que por su estado y su historia participan en inauguraciones y actividades de La Paz.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 19 de julio de 2015

Son 206 años del grito libertario, tiempo en que los desfiles cívicos atraviesan las principales calles de esta urbe protegida por el inmortal Illimani. Entre los gritos de ¡Viva La Paz y nadie más! de parte de ciudadanos que demuestran su cariño por este territorio, un grupo de coches se diferencia de los demás que acompañan la caminata porque mantienen el brillo y la hermosura de décadas pasadas, cuando recorrían la urbe de subidas y bajadas, con caminos de tierra,  adoquines o empedrados, en un mundo que parecía pintado en blanco y negro.

Se trata de un Cadillac Coupe negro de 1950, un Nash Ambassador azul de 1936, un Ford A Coupe verde de 1929, un Ford A Phantom rojo de 1928 y un Jaguar Vanden negro de 1984, que son las joyas más preciadas de Marcelo Cortez, un odontólogo especializado en implantología oral que desde niño se inclinó por la afición hacia estos vehículos. Sin duda alguna, una de las mayores influencias para Marcelo fue su padre Daniel, quien se decantaba por los coches raros, como aquel Volkswagen Karmann Ghia de dos asientos con el que compartieron varias experiencias.

El odontólogo afirma que su gusto por lo clásico se fortificó cuando tuvo la oportunidad de viajar a tierras japonesas y conocer su cultura. “Más que un valor económico, las antigüedades en Japón tienen un valor moral, y la gente aprecia mucho estos detalles, mientras que nosotros pasamos por las iglesias sin mirar ni siquiera sus detalles, los cuadros”.

Cuando estaba terminando la secundaria, a mediados de los años 90, Marcelo obtuvo la primera máquina con la que comenzó su vida de coleccionista, un Cadillac negro que adquirió, asegura, con una racha de buena suerte. Las lecturas y las tareas del colegio las combinaba con la búsqueda de ofertas de autos en los clasificados del periódico. Fue el momento en que la suerte acudió por primera vez en favor del aficionado a la mecánica. El anuncio señalaba que se ofrecía un coche Cadillac Coupe de Ville modelo 1950, de dos puertas, con la parrilla y los parachoques grandes y vistosos, con el capó y la maletera amplios, con un motor de 5.000 centímetros cúbicos, “el mejor de aquellas épocas”. Con ese vehículo aprendió la parte interna de estas máquinas y empezó a buscar los repuestos en el país y en el exterior para poner el Cadillac en su punto. Cuando paseaba por la zona Sur “era el auto más llamativo”, recuerda hoy.

Fue el inicio para que se encendiera la chispa de curiosidad por los autos de décadas pasadas. En sus viajes por el resto del país, en los clasificados de periódicos, en las calles y en los resquicios de La Paz, Marcelo intentaba hallar alguna otra joya. Así, el año 2000 encontró, compró y restauró un Ford A Coupe modelo 1929 que estaba en el rincón de un garaje. “Para este auto nos hemos preocupado por traer absolutamente todo, hasta el termómetro que lleva en el radiador”, comenta mientras señala una especie de adorno que se encuentra encima del capó y que indica la temperatura de la máquina.

Es un auto verde descapotable que enciende a manivela y que tiene todos los detalles, desde el piso de madera hasta la maleta de cuero que se acomoda en un costado del auto. Por su vistosidad es el más requerido en los desfiles. El año siguiente, el novel recopilador de joyas mecánicas se encontró con una imagen entre dramática y feliz, pues encima de algunos troncos estaba abandonado, como chatarra, un Nash Ambassador de 1936. “Prácticamente no había nada, incluso el motor estaba tirado. Con este coche hemos hecho todo, desde la plancha hasta rectificados de motor, ejes, llantas y frenos, absolutamente todo”.

A este panorama se añadía otro problema: la fábrica estadounidense Nash Motor Company dejó de fabricar automóviles en los años 50, lo que complicaba la obtención de los repuestos. Entonces, tras la compra del coche comenzó una tarea ardua que duró tres años. En ese tiempo, Marcelo estudiaba en la universidad, donde conoció a Leslie Alanes, quien lo asesoraba desde la importación de los repuestos, la búsqueda de la madera apropiada para la refacción, hasta la compra de pernos.  “Ahí me empezaron a gustar los autos antiguos”, sostiene quien ahora es la esposa del coleccionista y que confiesa que es el auto que más le gusta porque “he puesto mis días de sol, con el que he vivido todos los pasos, desde el inicio del proyecto”. Ya había tres coches con los cuales compartir la vida y generar admiración en otras personas; no obstante, Marcelo quería más, así es que volvió a apelar a los clasificados del periódico donde encontró un ejemplar especial, un Ford A Phaetom 1928 Sedán de color guindo, descapotable, a manivela, con la llanta de auxilio radial en un costado, prueba de la ostentación que había en la década de los años 20.

Este vehículo, que no lleva bomba de gasolina, sino que el carburante llega al motor por declive, había recorrido las rutas paceñas por mucho tiempo, hasta que se lo llevaron a Cochabamba, de donde retornó a la sede de gobierno en 2004.

La última pieza de su colección es un Jaguar Vanden Plas negro de 1984, un vehículo con caja secuencial, dirección hidráulica, con los vidrios, espejos y techo eléctricos, un modelo conocido porque transportó, entre otras celebridades, a la reina Isabel II de Inglaterra, a The Beatles y a Elvis Presley. En los desfiles, los “Fordsitos” verde y guindo, como los llama Marcelo, llevan vitrolas que tocan música de mediados del siglo pasado. Es otra de las aficiones de la familia Cortez, la búsqueda y restauración de aparatos antiguos, como una cámara fotográfica de inicios del siglo pasado y radios que deben calentar al menos 15 minutos para funcionar.

Marcelo es de la idea de que los objetos clásicos deben funcionar a la perfección y mostrarlos a los demás, porque “estos autos están hechos para que se los vea, para que la gente los disfrute, de nada sirve que los tengan guardados en un garaje”. Es por ello que los autos también participan en los actos especiales de La Paz, porque son el orgullo de un paceño coleccionista de fierros.

La ‘Belle Époque’ de los años 20 y el cambio a los coches ‘útiles’

Despúes de que concluyó la Primera Guerra Mundial, llamada también la Gran Guerra, en el orbe surgió una tendencia de drástico cambio de vida. La denominada Belle Époque tuvo gran influencia en los diseños de los automóviles de aquellos tiempos. Eran máquinas exquisitas que satisfacían los gustos del más exigente cliente, vehículos que en la actualidad son codiciadísimas piezas de colección.

Pese a que no se han fabricado dos modelos iguales, las características de estas máquinas son comunes: líneas armoniosas, colores finos, volúmenes generosos, motores muy potentes pero a la vez dóciles y, en especial, extremadamente costosos. El arte hecho automóvil había llegado en estos años a su máxima expresión.

Si bien los principales países fabricantes de estos coches eran Francia e Italia, fueron muchas las marcas en el ámbito que propusieron entre sus catálogos modelos de lujo.

Para entonces salieron memorables diseñadores y carroceros como Auburn, Cord, Cadillac, Duesenberg, Lincoln, Pierce-Arrow, Packard, Labourdette, Fernández y Darrin, Saoutchick, Touring, Salam Castagna, Pininfarina, etcétera etcétera. Por otro lado, grandes constructores como Ford, Mercedes y Fiat se encargaban del desarrollo de los motores y chasises. La unión de un famoso carrocero con un gran constructor daba como resultado un auto colosal.

La crisis económica como consecuencia de la estrepitosa caída de la bolsa de Nueva York afectó de gran manera a la industria automotriz.

Muchas casas pequeñas cerraron sus fábricas, lo que ocasionó que las tendencias cambiaran. La inestabilidad económica y social de los años 30 (especialmente en la segunda mitad) obligó a los compradores a preferir los autos seguros que a los elegantes. El lujo había cedido su lugar a la fiabilidad. Incluso así, los autos divinos no desaparecieron del todo. Se produjeron autos fabulosos como el Rolls Royce, el Auburn Speedster y el Mercedes 540K, con el fin de tratar de destronar como el auto más bello del mundo al Bugatti 41 Royale, exquisito auto de hermosas líneas y mecánica casi perfecta, pero, como dicen los que lo manejaron, extremadamente difícil de maniobrar.

Bugatti no se durmió en sus laureles y lanzó el Bugatti Atalante, uno de los últimos autos de esta especie que ya estaba condenada a morir.

Pero así como los vehículos preciosos nacieron al concluir la Gran Guerra y absorbieron un terrible golpe a causa de la Gran Depresión, llegaron a su fin definitivo cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.

Varias fábricas cambiaron sus divinidades motoras por armatostes bélicos; los autos finos fueron cambiados por utilitarios militares. Nunca más aparecieron estos hermosos autos. La depresión posguerra cambió la mentalidad del mundo para siempre: desde aquel instante, la tendencia solo limitaba a sobrevivir. Más joyas de la familia CortezAdemás de los vehículos clásicos, la familia Cortez reúne objetos antiguos, que también restauran. Entre las reliquias que conservan están las vitrolas que Marcelo suele acomodar en la parte trasera de los vehículos Ford que se lucen en algún desfile cívico o en la inauguración de una obra.

Los domingos, el odontólogo y su esposa Leslie suelen recorrer la feria 16 de Julio, en El Alto, en busca de alguna joya perdida en el tiempo que necesite pequeños arreglos. Entre las viejas radios que atesoran destaca una Philco Tropic de mediados del siglo XX. Para escucharla es necesario esperar de 10 a 15 minutos a fin de que calienten las válvulas triodo, un antiguo componente electrónico.

Una pequeña caja rectangular negra de cuero, que puede extenderse cual si fuera un acordeón, llama la atención entre las rarezas que guardan.

Se trata de una cámara fotográfica de la marca Eastman Kodak, de fabricación estadounidense y que perteneció a Diego Cortez, padre de Marcelo. Lamentan que el equipo haya quedado inservible porque no existe un lugar donde se puedan revelar las fotografías, pero igual es motivo para contar muchas historias.

Marcelo se sienta en un banquillo y acerca los dedos a las teclas de marfil de un piano blanco de cola Rönisch de finales del siglo XIX. Arribó al país en barco, fue trasladado a Sucre y de allí llegó a La Paz a lomo de llama; hoy aún anima las fiestas de los Cortez. El sonido es insuperable, pues cada nota retrotrae a los tiempos en que el mundo parecía en blanco y negro.

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