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HOVA mentiroso, mentiroso

El ilustrador peruano Cristhian Hova acarició la fama y el éxito, pero preso del embuste cavó su propia tumba, ética y profesional.

El ilustrador peruano Cristhian Hova. Foto: Internet

El ilustrador peruano Cristhian Hova. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 20 de agosto de 2017

Cristhian Hova se hizo famoso de un día para otro. Diseñador e ilustrador gráfico digital, egresado de la carrera de Publicidad, su suerte cambió cuando dibujó a Darth Vader con una paleta en la mano, acompañado por la frase: “Helado oscuro”, un juego de palabras que combina el mantecado con uno de los campos de fuerza de Star Wars: el lado oscuro.

De ahí en más todo fue éxitos para el artista peruano, quien incluso fue contactado para producir piezas por encargo de dos grandes de la industria del entretenimiento. Pero sucedió que alguien minucioso desató una tempestad en su vida.

En una entrevista con TVDosis Cultura Alternativa, Cristhian contó que empezó a hacer ilustraciones de niño, a modo de distracción. “Cuando aprendí a dibujar fue por diversión, no pensaba en trabajar en agencias (...), no pensaba nada, solo quería divertirme y seguir trabajando un estilo”.

La revista Variedades, del periódico El Peruano, reseña que le inspiraron clásicos de la caricatura como Looney Tunes, Superman, Astroboy y Meteoro.

De joven desarrolló sensibilidad social, quizá por las carencias que experimentó; cuando Cristhian estudiaba en un centro de estudios superiores debió recurrir a un comedor comunitario para almorzar por 1,5 soles (unos Bs 3). La revista digital Cartel Urbano cuenta que el diseñador retornó años después al lugar para donar una ilustración impresa y rematar unas obras suyas, a fin de que lo recaudado sirviera para la adquisición de utensilios de cocina.

Esas vivencias lo llevaron a interesarse en los problemas sociales, lo que también se reflejó en su trabajo. Produjo ilustraciones para tomar conciencia, por ejemplo, sobre la prevención del cáncer de mama; la imagen elegida fue la de Jessica Rabbit (de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit?), obviamente no era una creación suya al 100%, pero la idea y el mensaje sí.

Otra campaña se enfocó en las mujeres que sufren violencia intrafamiliar y que temen denunciarla, con dibujos acompañados de las frases: “Mis hijos necesitan a su padre”, “Retiro la denuncia”, “Me ha prometido que va a cambiar” y “Tengo miedo a quedarme sola”. Otro eje de su obra apuntó a la preservación de especies en extinción, como el cóndor, el jaguar, el jukumari y el tunki o gallito en las rocas.

Las redes sociales hicieron su parte en su escalada a la notoriedad. Hacerse famoso con la imagen del villano de Star Wars fue un disparador de su carrera, ya que agencias internacionales llevaron su talento a compañías de la talla de Warner Brothers y Marvel Comics. Sus ilustraciones son únicas: una del Guasón y otras de Los Beatles y Kurt Cobain, a quienes admira, hablan por sí solas de su calidad.

Todo era buenas noticias para el joven ilustrador, quien encontró el colofón el sábado 22 de julio, cuando la revista Somos, del periódico El Comercio, publicó que Hova “ha ilustrado cuatro portadas alternativas de películas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, tres tapas para la revista The New Yorker”. Las malas noticias empiezan acá, pues este último dato llamó la atención del periodista peruano Diego Salazar, quien además de ser fanático del diseñador gráfico es suscriptor de la publicación estadounidense hace varios años. “¿Cómo es posible que un artista peruano haya publicado no una sino varias veces en The New Yorker —portadas, de hecho— y no nos hayamos dado cuenta?”, se pregunta Salazar en una nota publicada hace poco en WordPress.

Según la versión de Hova y de la agencia de comunicación que había contratado para promocionarse, un ilustrador de The New Yorker que conoció tiempo atrás lo contactó para que produzca algunas portadas, entre ellas una en la que se ve al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sentado en un coche mecánico que se mueve activado por unas monedas.

Salazar no recordaba haber visto una tapa de esas características y menos de  la autoría del dibujante, así es que buscó en el archivo digital de la revista, 75 portadas entre 2016 y 2017, en las que no encontró la obra comentada.

Con más dudas que certezas, revisó el muro del ilustrador en Facebook, donde halló que ese dibujo no se publicó en primera plana, sino en las páginas interiores, en un artículo escrito por Jeffrey Frank y titulado Trump Can’t Stop Himself. Pero había algo raro, pues el diseño del peruano es diferente al estilo del medio. Salazar volvió al archivo digital en busca del artículo y nada. Al seguir escudriñando descubrió que no era parte de la revista impresa, sino de la sección web denominada Daily Comment, donde tampoco aparecía la ilustración de Hova, sino una fotografía de Al Drago, empleado de The New Yorker.

La caja de Pandora ya estaba abierta. Somos señalaba que el artista había producido tres tapas para la revista estadounidense. El periodista siguió buscando en las cuentas de Facebook e Instagram de Hova y así llegó a una publicación del 16 de marzo, en la que el ilustrador presenta una portada suya con la imagen de David Bowie, en homenaje a su reciente fallecimiento. Salazar entró nuevamente a newyorker.com para ubicar al artículo Growing up with David Bowie, escrito por Sarah Larson, pero una vez más la nota no llevaba la ilustración del peruano, sino una fotografía tomada al cantante inglés.

“Había fabricado esa otra página de The New Yorker cogiendo un titular de aquí, un arranque de artículo de allá y pegando la ilustración obra de Cristhian Hova”, describe Salazar. Pero había más, el 16 de abril, Hova posteó en Facebook que había publicado una caricatura de Stephen King para la misma revista. En efecto, la nota salió, pero con una ilustración distinta a la que él mostraba. Lo mismo ocurrió el 2 de junio con otra portada, cuyo artículo está en la versión digital, pero con una foto y no la pieza artística.

Entonces Salazar contactó a Genevieve Bormes, asistente editorial de la editora de arte de la revista, a quien preguntó si las imágenes de Hova habían sido encargadas y publicadas. “Hasta donde tengo conocimiento, puedo afirmar que este artista no tiene relación con The New Yorker ni con sus portadas”, fue la respuesta.

De inmediato se comunicó con los responsables de Somos, quienes estaban sorprendidos por la revelación. El periodista intentó inútilmente ubicar a Hova.A las 05.09 del martes 25 de julio, dos horas después de que Salazar publicara su artículo (No hemos entendido nada), Hova posteó en Facebook para disculparse “por haber mentido en mis redes sociales”. El Comercio y la revista Somos también presentaron excusas con sus lectores: “Disculpas a propósito de la tinta aguada de un ilustrador con más licencias imaginativas que portafolio”.

El escándalo para la prensa tuvo su propia resonancia, con debates sobre la falta de comprobación de los datos recogidos de los entrevistados y la ética periodística.

Días después, pareciera que la obra de Hova fue solo un espejismo, ya que las notas fueron eliminadas de la red internet, mientras que el artista eliminó sus cuentas en las redes sociales, un triste final de un artista que estaba tocando el cielo, pero cayó al infierno de la culpa.

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