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Eutanasia en la Alemania NAZI

La sociedad exige saber qué es lo que pasó con niños y adultos con discapacidad.

Experimentos. Entre 1939 y 1945, unos 300.000 niños y adultos con discapacidad o enfermedades mentales fueron asesinados en Alemania. Foto: Internet

Experimentos. Entre 1939 y 1945, unos 300.000 niños y adultos con discapacidad o enfermedades mentales fueron asesinados en Alemania. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Nuño Domínguez / El País

00:00 / 18 de junio de 2017

Entre 1939 y 1945, unos 300.000 niños y adultos con discapacidad o enfermedades mentales fueron asesinados en Alemania. A un número desconocido les extrajeron el cerebro. Los órganos se enviaban a centros de investigación del país, donde se cortaban en rodajas y se preparaban como muestras para estudiar enfermedades mentales. En aquellos años, Julius Hallervorden, uno de los neurólogos más respetados del país, recordaba haber dicho: “Si realmente van a matar a toda esa gente, sacarle al menos el cerebro para que puedan ser útiles. Ellos me preguntaron: ‘¿Cuántos podría analizar?’ Yo les dije: ‘Un número ilimitado, cuantos más, mejor’”.

Casi 80 años después, la Sociedad Max Planck de Alemania ha puesto en marcha una investigación independiente para identificar, por primera vez, a todas las víctimas de la ley de eutanasia nazi cuyos cerebros laminados siguen en los archivos de este organismo de investigación científica, uno de los más prestigiosos del país. La entidad ha anunciado este mes que un equipo de cuatro investigadores ajenos a la institución comenzará en junio a cotejar las miles de muestras existentes con los archivos de los psiquiátricos, donde los pacientes recibían inyecciones letales o eran gaseados usando las mismas técnicas que después se aplicarían en los campos de exterminio.

“Tenemos que analizar todos los archivos de neuropatología en los archivos de la Sociedad Max Planck de Berlín y el Instituto de Psicología Max Planck de Munich”, expresa Gerrit Hohendorf, uno de los responsables de la investigación, dotada con 1,5 millones de dólares y que durará tres años. “Iremos nombre por nombre para recuperar la cifra exacta de personas cuyos cerebros fueron usados para investigación neuropatológica, calculamos que habrá entre 2.000 y 3.000 víctimas”, señala.

El objetivo final será crear una base de datos pública que contribuya a rememorar este episodio que apenas se recuerda dentro y fuera de Alemania. Cada 27 de enero, fecha de la liberación de Auschwitz, el parlamento alemán rinde homenaje a las víctimas del Holocausto. Por primera vez, este año los diputados recordaron también a las 300.000 víctimas de la ley de eutanasia, según Deutsche Welle. “Lo más sobrecogedor es que la mayoría eran niños”, indica Patricia Heberer-Rice, historiadora del Museo del Holocausto de EEUU y miembro del equipo de investigación. Heberer-Rice estudia los archivos del hospital psiquiátrico de Kaufbeuren, al sur de Alemania, donde médicos y enfermeras asesinaron a 1.500 pacientes durante el nazismo, explica. En 2000 se enviaron al Museo del Holocausto copias de los historiales médicos del hospital alemán. Entre los documentos hay cartas entre los médicos que enviaban los cerebros y los neurólogos que los recibían y relataban cómo los habían preservado para los estudios de neuropatología. Una de las 118 víctimas ya identificadas por Heberer-Rice es Ernestine D. Nació el 1 de noviembre de 1929 en Bavaria. “Era hija ilegítima y parece que la separaron de su madre en algún momento. Sufría discapacidad intelectual, era medio ciega y sorda, y padecía ataques epilépticos. Murió el 21 de marzo de 1943 en Kaufbeuren por una sobredosis letal de medicamentos. Tenía 13 años”, dice Heberer-Rice Adolf H., otra de las víctimas, sufrió daño cerebral durante el nacimiento y padecía epilepsia. Tenía ocho años cuando fue asesinado. Los cerebros de estos y otros niños se enviaban a la Sociedad Kaiser Guillermo, de la que el Max Planck es heredera. Hallervorden, jefe de Neuropatología de la institución, llegó a reunir 697 cerebros. En una entrevista con el neuropsiquiatra estadounidense Leo Alexander, médico experto durante los juicios de Nuremberg, Hallervorden contaba cómo conseguía su material de estudio de los centros de eutanasia: “Les di fijadores, jarras y cajas e instrucciones para extraer y fijar los cerebros y ellos me los enviaban puntualmente como si fueran muebles. Había un material maravilloso entre esos cerebros, bellísimos defectuosos mentales, malformaciones y enfermedades infantiles. Yo acepté los cerebros, por supuesto. De dónde vinieran y cómo llegaban hasta mí no era asunto mío”. Hallervorden sobrevivió a la guerra y continuó su carrera científica sin sufrir pena alguna. Hoy su apellido sigue dando nombre a una enfermedad neurológica que describió junto a Hugo Spatz.

“La historia de esas muestras continuó durante mucho tiempo y se siguieron utilizando para hacer estudios científicos hasta los años 80”, afirma Paul Weindling, historiador de la Medicina de la Universidad Oxford Brookes (Reino Unido). La Max Planck tardó varios años en tomar en serio las denuncias sobre el origen de las muestras y abrir su propia investigación, según explicaba el investigador en un estudio de 2012. “Estamos ante una institución muy prestigiosa, con un enorme presupuesto de investigación y que hace ciencia rompedora. Pensaron que dañaría su reputación reconocer todo esto, pero ahora han cambiado de opinión, lo que es un indicativo de que las investigaciones futuras se harán en las mejores condiciones posibles”, dice Weindling, que también participa en el proyecto de Max Planck.

En 1990 la Max Planck retiró todas las muestras humanas recogidas durante la era nazi y las enterró como parte de una ceremonia de homenaje a las víctimas, pero sin identificarlas ni aclarar cuántas muestras había. Una investigación posterior demostró que aún quedaban más láminas en el Instituto de Psiquiatría Max Planck que podían ser de víctimas. La sociedad hizo una nueva auditoría de sus archivos en 2016 en la que se listaron 24.500 muestras tomadas entre 1920 y 1980. Es parte del material que el equipo analizará ahora. En último término, opina Weindling, es posible que haya que desenterrar el material inhumado en 1990, “aunque será decisión de la Max Planck”, señala. Los investigadores reconocen el reto de publicar los nombres de todas las víctimas por las leyes de protección de datos, pero creen que será viable y necesario. “Puede que las familias de los fallecidos sepan que uno de sus parientes fue asesinado”, explica Wiendling. “Lo que seguro será nuevo para ellos es que los cerebros de sus abuelos o tíos siguieron usándose para investigaciones científicas durante mucho tiempo y ahora están o bien en los archivos del Max Planck o bien enterrados en Múnich”, concluye.  

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