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Economía básica de un artista (Parte I: el lado oscuro)

El arte es entendido como producto, cuando su lógica es la del proceso. ¿Se puede vivir siendo un artista?

Economía básica de un artista.

Economía básica de un artista.

La Razón (Edición Impresa) / Percy Jiménez / Director y autor de teatro

00:00 / 25 de abril de 2018

El arte como producto. ¿Cuáles son las especificidades de la producción artística? Y ¿cuáles las dificultades de producir arte en una economía que prioriza el rendimiento económico?

— Es que quiero dedicarme al teatro, quiero ser artista.

En cualquier familia esta afirmación puede desencadenar, por decir lo menos, un momento de incomodidad que podría fácilmente desembocar en una tragedia. Se preguntarán los padres afligidos, “¿serán los amigos que lo están llevando por mal camino?”, “el Rey se quiere dedicar al arte, si ni siquiera sabe limpiarse los mocos, arte, ¿con qué se come eso? ¿Por qué no hace algo útil? O será uno de esos…”. Y tal vez tengan razón —más allá de quién sea el joven en cuestión y sus propósitos personales— el arte, en primera instancia, no es útil, es poético —del griego “crear, hacer”—. Es decir, el arte a diferencia de cualquier otro producto de la economía —en primera instancia, una vez más, pues luego hablaremos de su otra cara— no busca el “rendimiento marginal”, o dicho en llano, la ganancia. El arte funciona igual que la ciencia o la educación, el trabajo allí no tiene como primer objetivo el lucro sino el descubrimiento, la Aletheia, que podríamos traducir como des-ocultar. Eso es en términos artísticos la creación de algo único, o más poéticamente hablando, hacer aparecer algo donde antes no existía.

—¿Así que vas a ser actor?, ¿de qué vas a vivir? Porque para eso nosotros no te ayudamos—, aúllan los padres rasgándose las vestiduras, mientras los hermanos, todavía niños, lloran desconsoladamente. ¡Oh catástrofe! Pensar que pueda ser un inútil.

Para colmo de los males, además de ser inútil, el arte es caro. No tanto por los materiales o la tecnología, aunque en algunos casos como en el cine, es determinante, sino porque las formas de producción del arte priorizan el proceso y no el producto. Imaginemos un músico que pasa seis o más horas practicando su instrumento, no está produciendo nada, simplemente está ejerciendo, o un escritor que pasa la misma cantidad de horas sentado frente a su computadora, tras lo cual no ha escrito más que un párrafo. ¿Cuánto tiempo tarda en escribir una novela? ¿Quién financiaría eso? De aquí se puede deducir, que el problema del arte no es un tema de carácter privado, quiero decir, no es un tema de tener o no tener habilidades o virtudes o dones, sino es un tema estructural.

Para cualquier joven que está iniciándose en el camino del arte, aquel ataque de los padres es devastador, buscará una respuesta, pero será difícil encontrar una y que, además, satisfaga a sus progenitores. ¿Por qué? En un sistema que no admite nada que no tenga rendimiento económico, el arte se hace inviable. Y esto es así porque padecemos de una total incomprensión de las formas de producción y desarrollo del arte.

Bajemos a la realidad. En nuestro medio, además de unos buenos samaritanos que, desde el sector privado, financian la exigua actividad artística, pero que, es importante la precisión, en la mayoría de los casos lo hacen como si estuvieran comprando un servicio —o una taza, da lo mismo—, padecemos una profunda ausencia del Estado —nos referimos al central, al regional, al municipal, descentralizado o no— que no ha sabido generar una política eficaz en torno al tema. De manera general, podemos decir que su accionar se traduce —insólitamente— en otorgar una variedad de premios, de los cuales el más importante es el Eduardo Abaroa. Y esto es insólito, pues una política de premios solo mira el final de un proceso artístico, el producto, pero, ¿y el principio? ¿y los circuitos artísticos, los fondos concursables, la estructura de salas de ensayo, de exhibición, teatros, museos, etc., y más, el acceso la seguridad médica, a jubilaciones, a seguros contra accidentes, e incluso se puede hilar más fino, las escuelas de arte, el reconocimiento a las horas de trabajo ejercido, la implementación de la mentada educación por entretenimiento, una política impositiva coherente, etc. y etc. y etc.? Una política así, queda claro, deja al arte con todos los problemas sin resolver, premia la obra (el producto) y oscurece el proceso que hay por detrás. Este modo de ver la producción artística distorsiona sus modos de producción, estrangula el proceso y lo empobrece, pues, en el extremo, degrada el trabajo en el arte a la calidad de “pasatiempo”.

— ¿De qué voy a vivir…? eeeh … ¿de lo que hago?

Balbuceará el joven en un acto estoico, haciendo posible lo imposible… En fin, no le queda de otra.

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