Escape

Demorados, la angustia por el paso del tiempo

Hay una vivencia colectiva de la simultaneidad, que comienza a fines del siglo XIX, que nos obliga a vivir inmersos en un caótico presente.

Instantes. El tiempo es motivo de inquietud; el tiempo propio choca cada vez más con el tiempo social. Foto: Internet

Instantes. El tiempo es motivo de inquietud; el tiempo propio choca cada vez más con el tiempo social. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Iñigo Domínguez / El País

00:00 / 11 de junio de 2017

Pasamos mucho tiempo hablando del poco tiempo que tenemos. De cómo gestionar nuestros aparatitos. De la constante interpelación a intervenir, en una disposición operativa perenne. Con expectativas incesantes de respuestas y novedades. ¿Por qué se nos escapa el tiempo y, sobre todo, pasa esto más que antes? El tiempo, tal cual, es motivo de inquietud y están surgiendo muchos libros sobre ello. Y eso que es un tema sesudo, aparece Heidegger en cuanto te despistas.

Acaban de publicarse Cronometrados, de Simon Garfield (Taurus), un paseo de anécdotas históricas; Tiempo (Tusquets), del filósofo alemán Rüdiger Safranski; Ser sin tiempo (Herder), un “manual de instrucciones” para esta era alocada, de Manuel Cruz, y Cronografías (Anagrama), de Graciela Speranza, sobre cómo el arte contemporáneo destripa la idea de tiempo. Están llenos de pistas para interpretar lo que nos está pasando.

Se podría decir que el tiempo propio choca cada vez más con el tiempo social. Viene de lejos, los griegos ya se quejaban de que el reloj de sol del ágora era una intrusión en el ritmo de la vida privada. Pero la homogeneización social del tiempo empieza con los trenes, cuando en 1830 se puso en marcha la línea Liverpool-Manchester, e irrumpe en la historia la puntualidad. Los trenes tenían horarios, pero no existía una hora común y esto causaba accidentes. Cada ciudad tenía su hora, en su campanario, y la idea de unificarla fue vista como una imposición de las máquinas. Hay artículos divertidísimos de la época, citados por Garfield, como un diario de Edimburgo, Escocia, que proclamaba en 1851: “¡Ingleses, que nuestro grito de guerra sea: el tren o el sol!”. Perdieron, claro. En 1880 el ferrocarril británico se unificó con la hora de Londres. Siguieron todos los países. Lo curioso es que hoy viajar en tren es símbolo de lentitud y tranquilidad.

Los nuevos inventos, tren, telégrafo, fotografía, comenzaron a comprimir el tiempo y espacio, y aparece otro factor decisivo, hoy desquiciante: lo simultáneo. Robinson Crusoe llega a una isla en 1659 y lo primero que se hace es un calendario, para sentirse en conexión con el mundo civilizado, un consuelo contra la soledad. Hoy buscamos la isla desierta para desconectar. La vivencia colectiva de la simultaneidad arranca a finales del XIX. Entonces solo era coetáneo el espacio cercano, de lo demás te enterabas mucho más tarde. Más allá del horizonte solo había diversos niveles de retraso. Cada uno era, explica Safranski, “una pequeña isla de presente rodeada de un océano de pasado”.

Hoy vivimos inmersos en un presente que nos ahoga, podemos saber a qué hora pasa el autobús por nuestra parada y tenemos imágenes en directo de un robot en Marte. Esta exaltación del presente es un fenómeno nuevo. Antes el tiempo rey era el pasado, la tradición, incluso lo nuevo se enlazaba con lo antiguo —el Renacimiento— y había una proyección al futuro, en Occidente, por un relato cristiano de salvación.

La homogeneización social del tiempo empieza con los trenes, cuando en 1830 se puso en marcha la línea Liverpool-Manchester, e irrumpe en la historia la puntualidad.

Ataque

Hoy el cineasta Alexander Kluge habla de “un ataque del presente al resto del tiempo”. El pasado es muy manejable, se puede buscar al compañero de pupitre o a una exnovia, y almacenamos cantidades increíbles de datos. Al mismo tiempo se consume el futuro: cuando nos endeudamos, al destruir el medio ambiente para las próximas generaciones. Ha muerto el largo plazo, todo es a corto: el tacticismo político, la remuneración salarial por objetivos. “La destrucción de toda posible experiencia de continuidad crea angustia e inquietud, el mundo se ha quedado sin tiempo”, concluye Cruz. Hay demasiada realidad, es muy penetrante, deja poco espacio y poco tiempo.

El mundo empezó a tener la sensación de que todo iba más deprisa con la Revolución Francesa, en 1789, porque la historia ya podía hacerse, quedaba en manos de la gente. En 1820 los médicos franceses ya diagnosticaban la nostalgia como una enfermedad, la primera asociada al tiempo. Luego es la revolución industrial la que exprime el uso del tiempo en sentido económico. El taylorismo, la organización científica de las fábricas, se especializa en buscar, desenterrar y anular reservas ocultas de tiempo libre.

El tiempo empezó a ser dinero, lo dijo Benjamin Franklin ya en el siglo XVIII. Hoy esta coacción ya se la hace uno solito con hojas Excel, organizándose el tiempo por franjas de media hora. Luego Amazon te entrega el paquete hoy mismo. Kindle te dice cuánto tiempo tardarás en leer un libro. Un reloj mide tus pulsaciones cardiacas. Por no hablar de lo que duran algunos entrenadores. El sociólogo alemán Hartmut Rosa habla de “inmovilidad frenética” y diagnostica de forma apocalíptica que nos hallamos en un colapso entre la expansión tecnológica y la creciente sensación de que nunca conseguiremos los objetivos que nos planteamos.

Los expertos avanzan que un gran debate cultural del futuro será capitalismo digital acelerado contra desaceleración. El poder político, democrático, por ejemplo, se mueve con mucho retraso respecto al económico. Tras el derrumbe de 700 puntos del índice Dow Jones en 2010, con una pérdida de 1 billón de dólares, tardaron cinco años en encontrar al responsable, un tipo de 36 años que lo hizo en pijama con el ordenador de casa de sus padres en Londres.

Es difícil imaginar cómo era la sensación interna del tiempo en el pasado. Los inuit esquimales no tienen una palabra que signifique “tiempo”. La luz, la luna, las estaciones, las migraciones de animales marcaban el ritmo de su vida. El tiempo es una duración de un antes y un después, y en medio, los intervalos, decía Aristóteles. Y hoy está desapareciendo el intervalo, los ratos en los que no sucede nada. La ciencia ha calculado que el tiempo de percepción del presente en la conciencia es de unos tres minutos. Quizá para un campesino medieval era un rato largo, pero ahora en ese lapso recibimos varios mensajes, contestamos otros, actualizamos 10 veces la web que estamos viendo y mientras nos hacemos una foto y pensamos en lo que haremos luego.

La pregunta es dónde queda el tiempo propio, personal. Piense en la última vez que se aburrió, quizá por insomnio, o en un aeropuerto. Ya es una experiencia rara. El filósofo alemán Rüdiger Safranski dedica un capítulo muy interesante al aburrimiento, donde se produce “el encuentro paralizante con el puro pasar del tiempo”.

El problema, obviamente, es existencial. Apagar el móvil puede llegar a ser como cuando entras en un hospital: aparece el tiempo y, por tanto, la muerte. Este horror vacui se cubre con un “tapiz de sucesos”, dice el filósofo, pero “se hace cada vez más corto el espacio de tiempo de la atención y cada vez más fragmentada la secuencia de la vivencia”. Goethe predijo ya hace dos siglos que el hombre está hecho para vivir en “una situación limitada”, y que el vértigo de la anulación de distancias le haría desgraciado. La cantidad de estímulos e información supera con mucho la capacidad de respuesta, la acción.

En todo caso, San Agustín o Wittgenstein sí veían en vivir intensamente el presente la clave de la atemporalidad, de la eternidad. La cineasta argentina Graciela Speranza recuerda Boyhood (2014), la magnífica película rodada en el tiempo de la vida real de los actores, en la que el protagonista dice al final: “El ahora es lo único que existe”. Hoy es difícil tener una sensación de eternidad, salvo quien tiene una hipoteca. Se impone pararse un rato a pensar. Y olvidarse a sí mismo, que es olvidar el tiempo, una bendición que da el arte o el amor. Wagner es capaz de levantar una experiencia estética total que anula el tiempo, una ópera de cinco horas, por ejemplo. Aunque en la actualidad la experiencia artística es a menudo industria del entretenimiento. No son momentos densos, a simple mirada se advierte el tiempo que se escapa.

Todo esto es nuevo para el mundo y los más jóvenes viven ya en ese mundo nuevo. El también filósofo español Manuel Cruz cuenta que en una clase sobre el concepto de generación preguntó a sus alumnos cuál sería el evento distintivo que les podría definir como tal, como generación del 68 o de la Transición. Hubo desconcierto y al final uno respondió: la introducción de la tarifa plana de internet.

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