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Una feliz visita al ‘infierno’

La llamada Capilla Sixtina de los Andes, en Curahuara de Carangas, ha sido afectada por lluvias

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Urquiola Flores

00:00 / 03 de abril de 2019

Cayó la lluvia durante toda la noche anterior. Aunque ha escampado hace ya un par de horas, el recuerdo de la tormenta permanece en el aire que se respira. Son las siete de la mañana y una claridad plomiza le da otro matiz al frío que desciende desde las montañas nevadas con las que El Alto comparte hábitat. Estamos en la terminal interprovincial y tenemos una misión: visitar uno de los más valiosos tesoros que esconde nuestro país.

La noticia de que el templo de Santiago de Curahuara —a 200 km de La Paz—, construcción también conocida como la Capilla Sixtina del Altiplano debido a sus preciosos murales, estaba en riesgo de desplome —La Razón, el 31 de enero— hizo que varias personas, nosotros entre ellas, se movilizaran para conocerla antes de una eventual catástrofe.

“El infierno”, le digo a Tatiana Suárez, antropóloga y restauradora, mientras me froto las manos para librarlas del entumecimiento que me ha dejado el frío alteño y dejo que escape vapor de mis labios, “eso es lo que quiero ver, el infierno”. Tatiana tiene los ojos grandes y la sonrisa amplia. “El barroco mestizo”, alecciona ella, “es lo más hermoso que ha dejado la Corona española después de tanto sufrimiento”.

Avanza el minibús que nos llevará hasta Patacamaya por el Altiplano y la última palabra que ha dicho Tatiana permanece flotando en el aire que, poco a poco, y gracias a la presencia de todos los pasajeros, va ganando algo de tibieza: sufrimiento.

La imposición de una nueva deidad en las tierras indígenas supuso una batalla entre conquistadores y conquistados que no solamente se reduce a la lucha por las armas. No menos sangrienta, la educación religiosa utilizó la fuerza para inculcar la cultura de los vencedores. Sin embargo, hubo algo con lo que no contaban los dueños del nuevo dios y los pregoneros de nuevas tradiciones que habrían de prolongarse hasta nuestros tiempos: la rebeldía artística de los derrotados.

Tatiana se pone súbitamente seria y enuncia, como si su voz fuera aquella que pudiera corresponder a aquellos artistas anónimos que han sufrido los vejámenes de la Iglesia Católica: “Me estás obligando a hacer una portada para tu dios, pero puedo hacer algo nuevo de eso”. Con la portada, Tatiana se refería a los detalles irrepetibles que se pueden encontrar tallados en la piedra del portal de la iglesia de San Francisco, o, por qué no, a la luna y el sol, deidades indígenas que acompañan a la Virgen de Copacabana. Se refería también, por supuesto, a los murales que se hallan en el templo de Curahuara.

El minibús ha llegado a Patacamaya. Antes de subirnos a otro minibús, el que habrá de llevarnos hasta Curahuara, nos aprovisionamos de alimentos, en el pueblo no hay sitios donde comer. Esperamos durante más de 45 minutos a que el vehículo se llene de pasajeros, es quizás lo más difícil que hay que soportar para llegar hasta el lugar donde se yergue la Capilla Sixtina del Altiplano: la espera en medio del ambiente frío pleno de vientos. Varios pasajeros se abrigan con chamarras y chalinas y prefieren quedarse dormidos. Se escucha la voz de voceadores que gritan, casi sin convicción: “¡Sale a Curahuara! ¡Sale a Curahuara!”.

Quizás debido a la violencia del frío vuelvo a pensar en el infierno, en el calor que tortura a los pecadores, pero esa no es solo una amenaza de los sacerdotes del colonizador, es también una de las representaciones que se hallan en el templo y que me parece de las más significativas y, por los detalles, magníficas y útiles para comprender cómo es que la Iglesia pudo insertar una nueva creencia en estas tierras. “El miedo es un instrumento de la fe”, dice Tatiana mientras observa el paisaje a través de la ventana del minibús que por fin se ha puesto a andar. Los sufrimientos del infierno, las torturas, han sido descritos por los colonizadores de una manera verbal y lo que han hecho los artistas locales ha sido interpretarlos de acuerdo con su propia realidad. Entonces, el infierno que se tiene en Curahuara no es solamente el infierno europeo, es también una relectura, una reinterpretación, un nuevo infierno, uno sudamericano, andino.

“No sería extraño encontrar a Jesús comiendo cuy en una representación de la última cena”, dice Tatiana, “lo que hacen los artistas del barroco mestizo es apropiarse del arte del conquistador y, de alguna manera, hacerlo propio”. Y no sucede esto solamente con los símbolos representados, también ocurre con los materiales que se usan para crearlos: la pintura del templo de Curahuara fue obtenida de recursos naturales de la zona.

Si bien en aquella terrible época de la conquista el objetivo de una iglesia era lograr convertir a los paganos a una nueva fe, ahora, tantos años después, una iglesia como ésta no es más importante por su función religiosa sino por ser un objeto de testimonio del paso de la historia, es una construcción en la que se puede observar, quizás, a la memoria de una nación en un objeto. Posee, es cierto, algún grado de significación religiosa para quienes viven alrededor de ella, pero es más importante por su valor histórico.

Las creencias religiosas todavía arraigadas han servido para proteger este monumento en el que se puede leer diversos recovecos del paso del tiempo. “Es peligroso que el Altiplano se esté haciendo evangélico”, razona Tatiana, “con el tiempo, las autoridades podrían dejar de pensar que es importante cuidar las construcciones católicas”.

Cuando llegamos al pueblo todavía sopla un viento helado que desciende del Sajama, el nevado que está a poca distancia y cuya presencia no puede dejar de advertirse. El cielo carece de nubes y el sol brilla. El viento silba cuando se encuentra con la paja. Las calles de tierra, los muros y las casas de adobe, los techos de paja y un silencio profundo imposible de encontrar en las ciudades completan el resto del paisaje. También se escuchan los susurros de los habitantes en aymara, nos observan, pareciera que no les agradan mucho los turistas.

No hay que caminar mucho para llegar a la joya arquitectónica que hemos venido a visitar. Las paredes blancas y la torre la hacen distinguible desde la distancia. Su construcción empezó en 1587 y se estima que fue concluida hacia 1608. Es apabullante hacer matemáticas y pensar que durante tanto tiempo se ha conservado con vida. Sí, está viva y es por eso que hay que cuidarla. “La piedra está viva”, dice Tatiana, “no es insensible, absorbe, exuda pigmentos, crecen hongos sobre ella, la piedra sufre el paso de los años”.

Esta afirmación sobre la vida de las piedras me recuerda una de las afirmaciones más contundentes del artista español Francisco de Goya (1746-1828): “El tiempo también pinta”.

Entramos a la iglesia y lo primero que advertimos es el techo, adornado con innumerables flores. Veo de lejos el  “infierno” y se me viene a la mente otra frase de Goya: “La fantasía, aislada de la razón, solo produce monstruos imposibles”.

Es impresionante: en la tierra se ve a un gigantesco Jesucristo que parece dividir a las multitudes que acuden a él, pocos son los elegidos sugiere esta acción, y sobre unos brilla un sol claro y sobre los otros brilla algo que también parece ser un sol, pero que es más opaco. En el subsuelo hacia la derecha, un leviatán devora cuerpos, mientras un ángel justiciero observa los sufrimientos. Detrás del leviatán hay una maquinaria que sobrevive al fuego y que arrastra dolor en las personas atrapadas en sus puntas. Mientras se observa la pintura, el frío cordillerano parece haber desaparecido y haber sido reemplazado por un calor súbito. No es difícil imaginar el terror que debió haber significado ver los monstruos subterráneos que amenazaban al eventual pecador en aquellas épocas tan distantes donde uno no tenía las posibilidades que brinda la tecnología y estaba a merced no solo de su imaginación, sino también a merced de la imaginación de los demás.

Salimos de la iglesia, Tatiana suspira y dice: “Es tan hermoso este lugar, tan bello”, se queda observando algún lugar en la distancia y añade: “Es necesario que haya una política de conservación de este patrimonio. Hay que hacer un trabajo total, no como se acostumbraba antes a hacerlo por partes, tiene que ser un trabajo grande, completo”.

Cuando nos vamos de Curahuara, todavía permanece en el recuerdo la alegría de haber visto aquel “infierno” tan particular, aquellas demás pinturas plenas de símbolos y, por supuesto, a la sombra de la iglesia, sentir, quizás, un poco de aquello que pudieron haber sentido nuestros ancestros hace siglos.

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