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Cultura cautivante de Taypi Ayca

El fotógrafo potosino Edwing Romay refleja la historia, identidad, música y danza de los sikuris.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 05 de diciembre de 2018

El amanecer de junio parecía ser igual o más frío que de costumbre en la comunidad Taypi Ayca (municipio de Mocomoco, en la provincia Camacho en La Paz) hasta que, de repente, de todos los rincones de la plaza principal salió gente vistiendo trajes con rojos, verdes, amarillos y fucsias intensos. A través de los sikus que dejaban escuchar la música cadenciosa del khantu, los movimientos lentos de los bailarines contrastaban con la alegría y la tranquilidad que reflejan sus rostros.

Eso es lo que el publicista y fotógrafo potosino Edwing Romay ha querido mostrar a través de sus imágenes, que resumen el día en que se sintió —según confiesa— más boliviano que nunca.

A las 06.00, cuando todavía no salían los primeros rayos del sol tras la montaña, un minibús blanco llegó al pueblo, donde Edwing y la comitiva llegaron para oír el sikuri.

“El sikuri, imponente, majestuoso, sencillo, místico y melancólico, es una perfecta complementariedad. El sonido individual de cada uno de los componentes hace que todo converja en una sola melodía, de ese modo el mecanismo del clavicordio es un infante comparado con ello”, definen el investigador Boris Bernal, y Nemecio Huanacu, miembro de los Sicuris Mallkus de Taypi Ayca, en un artículo publicado en La Razón.

“El sikuri, como conjunto musical, probablemente sea de carácter ceremonial, tanto guerrero como religioso, pues en muchos de los casos las melodías que ejecutan tienen estructuras musicales marciales y otras de carácter solemne. Entre los conjuntos de mayor fama en la región andina están los sikuris de Italaque, provincia Camacho de La Paz, de la comunidad Taypi Ayca. La maestría con que ejecutan la zampoña es realmente asombrosa, por la técnica diagonal que imprimen entre los instrumentos”, comenta Rigoberto Paredes Candia en su libro La danza folklórica y popular en Bolivia.

Es momento de comprobarlo. Mientras que los invitados saboreaban un pesq’e sustancioso con leche, los habitantes llegaban de a poco en buses, camiones, minibuses y motos, todos ellos con vestimentas de colores intensos, con las que iban a interpretar la danza de carácter militar y solemne.

El arribo de los comunarios a la cancha del pueblo transformó el paisaje altiplánico en una imagen de rojos, verdes, amarillos y fucsias, como señal de que estaba a punto de comenzar la fiesta de la Pachamama.

“En los alrededores del campo deportivo se formaron grupos de personas que acomodaban sus bombos uno encima del otro, hasta formar una pirámide, y después comenzaron a vestirse con sus trajes tradicionales”, recuerda Edwing.

Por el valor cultural y el significado que tiene para los pobladores, la vestimenta solo se puede utilizar en las fiestas dentro de su región. Al respecto, el científico francés Alcides D’Orbigny, en su libro Viaje por la América Meridional, describió la ropa de los sikuris de 1830: “Unos tenían en la cabeza un armazón de plumas de avestruz tan altos como sus cuerpos; otros llevaban una máscara, que sostenían levantando un brazo. Cada banda, compuesta por ocho a diez individuos, estaba formada por seis a ocho músicos y dos bailarines. Los músicos tenían en la mano izquierda sea una flauta de tres agujeros, sea flautas de pan de diversas acotabas, mientras que con la derecha golpeaban acompasadamente sobre un tamboril chato y ancho, colgado del lado izquierdo”.

Con el tiempo, el atuendo se ha ido modificando. Por ejemplo, el escritor paceño Antonio Paredes Candia menciona que llevaban “un calzón corto hasta la rodilla, confeccionado con bayeta de color negro, sostenida a la cintura por una ancha faja multicolor nombrada en aymara wakha. Un chaleco de la misma tela y color, con ribete rojo. Encima y cruzándole el pecho, dos bolsas autóctonas (chuspas). Un saco llamado por ellos chamarra, de bayeta negra, con bordados de trencillas (chejchis) en los puños, codos y en la parte inferior de la espalda”.

Los descendientes han conservado los trajes, en especial los que han sido elaborados con bayeta de la tierra. En algunos casos, los objetos más preciosos están guardados en una especie de repositorio, debido a la importancia de las plumas de avestruz que adornan los penachos.

Esta música es solemne. Por ello, los ejecutantes están descalzos, en conexión con la Pachamama, porque deben absorber la energía de la Madre Tierra para que les ayude a expresarla en su música. En un principio, las melodías parecen monótonas y lúgubres, pero al escuchar con detenimiento, uno se da cuenta de que existen varias composiciones. Dicen que son más de una centena, con una mayoría de canciones antiguas, mientras que otras fueron creadas hace poco.

Mientras más se acercaba el mediodía, los visitantes y principalmente los músicos mostraban ansiedad y algo de nerviosismo ante el inicio del acto central, hasta que el resonar de un pututu dio inicio a la actuación. Ante la presencia de autoridades locales, invitados especiales y visitantes, más de 500 sikuris comenzaron a soplar el siku y, de manera acompasada, el bombo. No era una canción cualquiera, sino que interpretaban las notas del Himno Nacional.

“Hicieron temblar la tierra y, sobre todo, los corazones de todos los asistentes. Me sentí más boliviano que nunca”. El espectáculo apenas comenzaba. Después de los actos oficiales, el pututu volvió a apoderarse del pueblo como anuncio de que iba a empezar la demostración de música y baile de cada comunidad. “Las mujeres estaban bellamente ataviadas y los varones, con sus instrumentos nativos, demostraron una cultura ancestral que continúa latente”.

La demostración se convirtió en una pequeña entrada musical, en la que mientras los varones soplaban los sikus y golpeaban los tambores, mujeres y niños bailaban la melodía cadenciosa.

La fiesta cultural terminó cuando los rayos del sol se perdían en el horizonte, porque, después, cada agrupación tomó uno de los resquicios de la cancha, donde continuaron con el khantu para celebrar, una vez más, la riqueza cultural de Taypi Ayca, en el municipio de Mocomoco.

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